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Buenas tardes, Jorge
José Luis lleva una semana de baja. No ha colgado ninguna circular. Y José Luis deja circulares para todo.
20 de febrero 2026
José Luis lleva una semana de baja. No ha colgado ninguna circular. Y José Luis deja circulares para todo.
Mi portero, José Luis, podría ser bibliotecario o concursante de saber y ganar. Su corte de pelo, su ropa, su nombre (José Luis), sus gafas de funcionario A2, sus viajes anodinos al Mercadona. Escucha Onda Cero y, en Navidad, expone un Belén con musgo, serrín, un río de papel de plata y seis figuras: San José, María, Jesús, el buey, la mula y un pastor solitario al que le falta un brazo. Pasa la escoba, riega las plantas, recoge los paquetes y confunde mi nombre con el de mi compañero de piso. "Buenos días, Jorge", me suelta. Buenos días, José Luis, le respondo.
José Luis tiene un nuevo armario. No sé qué guarda en ese nuevo armario. El cubo, la regadera, el ambientador de pino, las llaves, la tinta de la impresora, los folios dinA4 para circulares, el celofán, las pilas y el cargador le cabían de sobra en el antiguo.
José Luis lleva una semana de baja. No ha colgado ninguna circular. Y José Luis deja circulares para todo. "Voy a la ferretería. 15 minutos" "Se ruega eviten los portazos" "Obras en la portería por instalación de nuevo armario. Disculpen las molestias"
Hoy me he encontrado a José Luis en el Mercadona. Le he visto incómodo, como a un impuesto fuera de plazo. Si fuera un astronauta llevaría un casco para respirar. Es como si le hubiera descubierto. Me he intentado hacer el loco, pero necesitaba pan integral y suavizante. Ya es casualidad que a él también le faltara aceite y tomate frito. Y doble mala pata que compartamos fila en la única caja rápida habilitada.
Nunca había visto sudar a José Luis. Ni en verano. La portería no tiene ventilador. Y él siempre lleva el mismo look: camisa larga de cuadros, con su bolsillo de plastón para guardar un boli bic azul, arremetida por dentro de un pantalón beis.
José Luis ha amagado con colarse. Incluso con irse sin pagar. Encima canturreaba. "Paparapa, paparapa". Si no fuera por el repentino aroma a mostaza que de pronto ha inundado mis fosas nasales ya me olería a chamusquina. "José Luis no canturrea", he mascullado. Después he simulado agacharme para atarme los cordones y cortarle el paso.
Ha intentado driblarme. Ha soltado las bolsas y su compra se ha desparramado. La antigua docena de huevos se ha fundido en un charco de yema y cáscaras rotas. Y ni con esas ha detenido su cantito. “Paparapa, paparapapa”. He decidido actuar. “José Luis no canturrea”.
Le he zancadilleado. Se ha tropezado y se ha caído sobre su propia piscina de tortilla cruda. Le he amarrado las muñecas. Me he puesto encima. Mis rodillas en sus cuádriceps. En algún contexto podría ser erótico. No ha sido nada erótico. Olía a mostaza. Y la gramola erre que erre. "Paparapa, paparapapa".
"¡José Luis no canturrea!, le he gritado. "Buenos días, Jorge", me ha respondido. Y de su boli bic azul ha salido un polvillo. Como el serrín del Belén, pero con olor a mostaza.
Han pasado tres horas. Me acabo de despertar. Estoy en la silla del gerente del Mercadona. Me duele la cabeza. Nadie me pregunta nada. Solo me regalan una gorra y una bolsa de rafia. En el portal, José Luis actúa como si nada. De pronto ya no está de baja.
"Buenas tardes, Jorge", me suelta. Ha cambiado de ambientador. Huele más a mostaza. Al menos ya no canturrea.
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