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Acab...aré llamando a mi madre
Si la policía es el Papá Estado, este se ha ido a por cigarros
2 de abril 2026
Si la policía es el Papá Estado, este se ha ido a por cigarros
Si uno googlea la frase “si no te gusta la policía cuando tengas un problema…” seguramente encontrará en una gran posición de búsqueda un jpg de muy mala calidad en la que la sentencia se completa con una solución irónica: “llama a tu madre”. Este cuñadismo de postín ha sido, por suerte, puesto en cuestión por quienes comparan el número de veces que la policía les ha echado un cable frente a las que lo ha hecho su madre:
La dicotomía es horrible. Y admito que fiar todos los problemas a que sean solucionados por tu madre es un plan con lagunas. Pero el hecho fáctico, duro y material es que la experiencia de la mayoría se corresponde con esta respuesta. El marcador actualizado nos indica que las madres van ganando por unos tres millones de goles a los patrulleros. Pero en realidad sería injusto atribuir el problema a una cuestión de cantidad. Las estadísticas oficiales nos indican que, como máximo, una persona española llama a la policía en torno a una vez cada cuatro años. Las llamadas al 091 en 2024 no alcanzaron los cinco millones. Un número, por cierto, increíblemente similar a los oyentes que, como mínimo, tiene la banda The Police en Spotify España. También quiero dejar constancia notarial de mi oposición frontal a ninguna policía, oficial o musical. Y eso que adoro Every Breath You Take, pero bueno, menos de cinco contradicciones es dogma.
Sabiendo que gastamos unos 12.000 millones de euros en policía al año y que somos 48 millones de habitantes, eso significa que la policía nos cuesta unos 250 euros al año a cada ciudadano. Si nos diera por acudir a un concierto de Sting al año solo nos dejaríamos en torno a la mitad de esa cantidad. Son cuentas de la vieja del todo espureas, pero, visto desde el punto de vista del cuñadismo pixelado, cada llamada a la policía nos sale por 1.000 euros. Si destinasen, que no lo sé, la mitad del presupuesto a otras cosas, serían 500. Y no creo que sea mucho pedir que, cuando nos gastamos 500 euros, la actuación esté a la altura de tu madre. No me escondo: me encuentro cercano a las posiciones abolicionistas de la policía. Soy de los que piensa, por lo que sea, que la idea de seguridad en una sociedad avanzada, justa e igualitaria no tiene que ver, o al menos no en esta magnitud, con agentes uniformados con porras, sirenas y lecheras y sí, por supuesto, con el abordaje de los problemas sociales y materiales que subyacen. En este caso, sin embargo, quiero preguntarme por qué, además de autoritarios, desproporcionados, discrecionales y brutos, la mayoría de operativos policiales son tan inútiles. En la tarde del jueves, trascendió que un grupo de agentes intentó emular al ICE trumpista al detener, por la cara y con métodos matones, al ex diputado autonómico Sergine Mbaye, al periodista Martín Cuneo y a otras cinco personas más. La primera detención, justifican desde Delegación de Gobierno, tiene que ver con que Mbaye se negó a identificarse en el marco de una investigación de un robo en un vehículo. Las imágenes de lo ocurrido después hablan por sí solas. Y aunque es lo menos importante, a mí me sale cuestionarme, también y sinceramente, es, si después de todo ese bochorno performativo alguien se acordó del robo en el vehículo. De ese Seat al que le habrían robado la radio y los cincuenta pavos de la guantera. Y no creo que sea muy atrevido imaginar la respuesta.
La cuestión no llegó a mí cerebro por ciencia infusa. Al día siguiente de los hechos acaecidos en Usera, a mi pareja le rompieron, en San Blas, por segunda vez la luna de su coche. La última vez había sido hace unos pocos meses y en la misma calle. En esa primera ocasión sí llamamos a la policía de forma automática, más que nada para saber qué hacer. Comodín de la llamada: ha llegado la hora de los quinientos euros. Y aunque llevamos el coche a la comisaría más cercana, interpusimos denuncia y, se supone, la policía científica tomó huellas, lo cierto es que las únicas que después llamaron para interesarse por el seguimiento del caso por él fueron nuestras madres. Por eso, esta segunda ocasión mi pareja se reservó la carta. Si ni siquiera el seguro pedía la denuncia.
El problema llegó cuando la misma tarde, y ya es mala suerte, una furgoneta se le echó encima. Por suerte solo salió dañado el vehículo. En este caso sí hubo que llamar a la policía. Aunque hubiera venido mi madre, su madre, la madre tierra o las madres de la plaza de Mayo. La actuación de los munipas se limitó a unas fotos con el móvil, a verificar que la puerta no abría (correcto: no se abría) y preguntar sin entusiasmo a un par de testigos. Chequearon en minutos, porque son caros pero eficaces y rápidos, que en la calle no había cámaras ni más testigos posibles que se hubieran podido quedar con la matrícula o con detalles significativos del siniestro y reconocieron, honestidad brutal, que no iban a intentar ni llamar a sus compañeros de la científica para verificar, por ejemplo, si había transferencia de pintura. Para esas cosas no estaba la científica, hombre.En Los Simpson, una vez explicaban que el Gobierno de Estados Unidos no podía ocuparse de los problemas porque estaba demasiado ocupado en programas antitabaco, programas protabaco, matar burros salvajes e Israel. Mutatis mutandis, mi humilde experiencia con las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, me ha enseñado que si la policía es el Papá Estado este se ha ido a por cigarros. Es contradictorio, porque en los barrios obreros las comisarías florecen al ritmo de las inmobiliarias, las casas de apuestas y los candados de los pisos turísticos. Esos agentes que patrullan y merodean sin ton ni son no pueden hacer nada por los coches de los vecinos de Vallecas o Prosperidad porque están ocupados violentando manifestantes, preparando redadas racistas, desahuciando a pobres, multando a chavales por llevar litronas por la calle y acudiendo a tu casa para que bajes la música.
Acab, perdón por la tos. La próxima acabaré llamando a mi madre.
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