Ideas

¿España necesita conocer tu opinión de mierda?

Notas sobre la inflación del comentario cultural

6 de mayo 2026


Habitamos un tiempo de inflación cultural. El hecho, señalado hasta la náusea, de que nunca se han producido tantos libros, canciones e imágenes como hoy es solo un aspecto de este fenómeno. Mucho más importante es el modo en que esta sobreproducción —que debería medirse en términos de cualidad antes que de cantidad o calidad— se relaciona con las formas predominantes de consumo de la cultura. El contraste es, en este sentido, total. Diciéndolo más claramente, nunca había habido tanta gente haciendo cosas, y al mismo tiempo nunca habíamos prestado menos atención a las cosas que hacen los demás. Da igual que nos refiramos a ese artículo que ha sacado tu colega en Sustrato —y que, maldita sea, de hoy no pasa, aún no te has leído— o a la ronda de álbumes imprescindibles del último mes, con sus debidas dosis de promoción y cobertura mediática. La sensación en todos los casos es la de no llegar a todo lo que deberíamos , ni del modo en que querríamos.

Sin duda, que existan tantísimas mercancías circulando en el hipermercado de La Cultura debe tener alguna relación con que sea tan difícil darles una recepción atenta y meditada. Pero no está tan claro que exista una conexión inmediata, de inexorable línea recta, entre ambas cosas, ni, desde luego, que ese sea el único factor. Al contrario, los últimos años, y especialmente el último, han probado algo que parece apuntar en dirección opuesta. La crítica cultural está de moda. O, al menos, un cierto tipo de crítica cultural y una cierta forma de entenderla.

Todos tus amigos se hacen Substack. Los perfiles de Letterboxd han pasado a ser poco menos que una carta de presentación en sociedad. La gente intenta cuadrar círculos para explicarse su nostalgia por el año 2016. El lanzamiento de un álbum estimula una ola de análisis que acaba adquiriendo el estatus de debate nacional. Parece como si se diesen dos fenómenos paralelos y simultáneos: cualquier cosa que ocurre es ahora susceptible de ser sometida a un profundísimo análisis cultural, y todo el mundo siente una necesidad imperiosa y febril por expresarse, dar su opinión, y/o aportar su granito de arena a dicho análisis. ¿Sucede realmente así, o es una ilusión alimentada por nuestro algoritmo?

Puede que haya un poco de cada cosa, pero en realidad, si nos paramos a pensarlo, esta especie de fiebre analítica tiene bastante lógica. En nuestra época, la difusión de opiniones es extensa, expansiva y considerablemente más difícil de controlar de lo que lo era bajo el dominio de los medios de comunicación tradicionales y el consenso cultural depende —al menos, en apariencia— en mucha mayor medida del consumidor promedio y en mucha menor medida de la figura, hoy un poco anacrónica, del crítico especialista. Al mismo tiempo, resulta mucho más fácil registrar los gustos del público, y al igual que la industria responde bailándole el agua, amplificando sus opiniones y haciéndole sentir importante (desde resucitar a protagonistas de una serie por las críticas de los fans, hasta borrar de escena a reputadísimos críticos musicales por carecer de suficiente buen rollito hacia ciertas tendencias y artistas1), el público se reconoce a sí mismo en su derecho a opinar, cosa que, en efecto, hace: sobre todo y por encima de todas las cosas, todo el tiempo, sin freno, febrilmente. Pero todo esto, que podría haber sido un buen punto de partida para construir una relación más democrática, inteligente y responsable con el consumo cultural, ha acabado dando lugar a la enésima demostración de que el capitalismo es una máquina condenada a hacer de cualquier sueño utópico una pesadilla infernal.

En otras palabras, creo que puede afirmarse que la centralidad de la opinión que han traído consigo internet y las redes sociales ha acabado, relegando al público a una sumisión aún más pronunciada ante las dinámicas automáticas y autoritarias de la industria de la cultura. Por una parte, sus opiniones son usadas como combustible de una maquinaria de procesamiento algorítmico que dicta la norma del gusto con una inflexibilidad sorprendente, incluso para los pobres estándares de este sistema, condenándonos a la repetición y al estancamiento cultural y artístico. Por otra parte, la constante multiplicación de productos y de opiniones nos presiona a ceder ante las lógicas de una economía de la atención que nos carga con la obligación de estar todo el rato haciéndonos notar, cosa que en un mercado cultural saturado e hiperfragmentado solo puede hacerse de una manera: produciendo. La exigencia de la producción, ahora subsidiaria de la de ser percibido y reconocido, ha acabado siendo tan omnipresente que parece haber arrinconado a la experiencia del mero consumidor de arte a una especie de espacio liminal, indigno e inútil. Dani Offline, productora, cantante y escritora estadounidense, hablaba sobre esto hace unos meses en un excelente artículo elocuentemente titulado Todo el mundo quiere ser DJ, nadie quiere bailar2. Seguramente podría decirse algo parecido de la aparente moda de la crítica, o más bien del comentario cultural. Incluso aunque uno se relacione con gente interesada de manera seria en la escritura o el mundo de la crítica, se dará cuenta de que en muchos casos ésta no está ligada tanto al placer de aprender del otro o disentir con él, siempre desde el modesto y silencioso lado opuesto del texto, como a la ansiosa necesidad de fabricar interpretaciones, opiniones y lecturas, de hacerlas competir, de hacerlas destacar; de hacerse destacar. El comentario cultural pasa de tal modo a ser, al mismo tiempo, un complemento del proceso de consumo y un intento de hacer del consumo un acto de producción, algo legible como “útil”. Funciona como forma de exhibir fidelidad a ciertos productos o modas —así, la tendencia al sobreanálisis en larguísimos hilos en X de capítulos de series, canciones, etc., como parte normal de la cultura stan—, pero también como modo de distinción.

Además de esta necesidad de distinción, ocurre también otra cosa. No es solo que se producen, como ya he dicho antes, mercancías culturales en una cantidad desconocida hasta hoy, sino que también el ritmo al cual se producen es imposible de asimilar. En esta circunstancia, en la que la cultura aparece como una sopa de sinsentido y luces estroboscópicas, el comentario y el sobreanálisis ofrecen el consuelo de un significado. Por supuesto, es un significado que solo puede ser sucedáneo y fragmentado, administrado como un suero mediante easter eggs para muy cafeteros, pseudodebates confeccionados a partir de un Efecto Mandela autoinducido —¿realmente fue tan especial el 2016 frente a, no sé, el 2015 o el 2017?— y prótesis de espiritualidad ya disponibles en Ticketmaster, pero, al fin y al cabo, significado. La idea, sí, es odiosa, retrógrada, aburrida, enemiga del arte y del placer; ahora bien, resulta indudablemente seductora para un mundo que parece haber perdido del todo el norte, y por si fuera poco, genera una adhesión al objeto de consumo en la que el análisis funciona como mecanismo de apego e identificación.

Esto último es importante. En un artículo fabuloso, Ianko López lo ilustraba con el caso del último álbum de Rosalía (sí, sí, ya lo sé), Lux:

Berghain, el videoclip de adelanto […] ofrecía una ensalada de referencias muy explícitas que iban desde Walt Disney hasta Leonardo da Vinci y las últimas películas de Krzysztof Kieslowski, cineasta particularmente aficionado al registro simbólico. […] Todo indica que esas referencias estaban ahí no tanto con propósitos expresivos como para servir de material de discusión entre los aficionados, y que eran por tanto parte de un astuto engranaje promocional. Ya no nos encontramos ante unos críticos o expertos en semiótica analizando un artefacto cultural más o menos oscuro o minoritario. Ahora el símbolo se convierte en el cebo que se ofrece a un gran público que, como un banco de peces, está más que dispuesto a acudir a él con la intermediación de los comentaristas de TikTok.3

El símbolo pasa a actuar como consuelo, pero también como «cebo», como estimulante comercial, algo que, por cierto, solía corresponder más bien a lo polémico, lo transgresor y lo escandaloso. Esta suplantación tiene sentido, al menos en principio. Dado que ya no hay, según se dice, nada que transgredir —¡ja!—, dado que ya no es posible sorprender ni producir escándalo, la cultura regresa la mirada hacia el extremo contrario. En lugar de inestabilizar, reafirma. En lugar de destruir significantes, los restituye. Aunque cortada por el mismo patrón de falsedad, la lógica es la opuesta a la de la rebeldía administrada de la contracultura. Los niños tienen miedo y están cansados. No quieren mandar a la mierda a sus padres y marchar a lo desconocido, quieren que el mundo les resulte familiar. Esto es algo que puede lograrse de maneras muy diferentes: la nostalgia de época, el retorno al misticismo o el imaginario religioso son algunas entre muchas. Pero en todas opera una dinámica similar de identificación con una simbología, por incoherente o kitsch que esta pueda llegar a resultar.

Parte de la función del sobreanálisis cultural es propiciar esa identificación. Por otro lado, cuando no se encuentra esa simbología a la que referenciarse, la tendencia pasa a ser un desesperado intento de encontrar significantes en cualquier parte. Un caso de esto es la reciente obsesión por hallar recession indicators hasta en los pliegues del gotelé. La cuestión, sea como sea, es que esta especie de paranoia analítica parece responder a un caos en la cultura, a una falta de herramientas para hacernos cargo de lo que ocurre a nuestro alrededor de manera fiable, y sobre todo, a una sobreproducción de acontecimientos insoportable.

¿Tiene sentido entonces esta crítica de la inflación de comentarios, microanálisis y pseudocríticas culturales, teniendo en cuenta la coyuntura de la que es fruto? Ciertamente, si lo que intentamos es armar una panorámica del asunto, puede que sea pecar de aquello de mirar el dedo y no la luna. No es solo que dicha inflación siga a la reacción de un público que busca refugio en la intemperie, sino que también es la traducción de esa sobreproducción de cultura aplicada a lo que, al fin y al cabo, es otra mercancía cultural más: la opinión. En otras palabras, se trata de un fenómeno, guste más o menos, ineludible, un síntoma de época. La paranoia analítica y la inflación de la crítica cultural nacen del ruido, ruido que, por mucho que soñemos con comprar un terrenito en Soria y excluirnos del mundo, es el hábitat natural de nuestra generación. Hay que hacerse paso a través de él, como quien surca la jungla a machetazos, para abrir claros de contexto; para hacer pensar allí donde se pueda y, sobre todo, para enseñar a los otros y a nosotros mismos a no quedarnos mirando hacia atrás, por tentador que pueda resultar. No hace falta para eso ni ser “crítico especialista” ni opinar de todo. Con olfato y un par de buenas ideas basta.



1 A propósito de esto, resulta recomendable la lectura del artículo de Kelefah Sanneh “How Music Criticism Lost Its Edge”, publicado el año pasado en el New Yorker.

2 link al substack

3 link a El País

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