Ideas

Memoria digital, olvido permanente

¿Qué pasaría si en 300 años conocemos mejor el siglo XVI que el XXI porque nadie sabe abrir un .doc?

19 de mayo 2026 · 1 comentario


Los seres vivos no son más que carcasas con genes en su interior que la biología se empeña en preservar. Y el pensamiento no es más que otra herramienta de supervivencia, que nos permite dictar juicios sobre lo más adecuado para evitar la muerte. El pensamiento no parece una parte esencial, sino un útil apéndice, en contraposición con la tradición cultural occidental que, herencia platónica, sitúa la razón y el intelecto en el centro.

Un análisis de la supervivencia de los animales apunta a la tendencia a la asociación y el gregarismo como forma de sobrevivir en muchas especies. Grupos de semejantes se forman con el objetivo común de proteger la vida y los genes del conjunto, el individuo pierde importancia; puede que algunos perezcan, pero la redundancia ofrece mayor protección y, mientras sobrevivan algunos, el grupo no desaparecerá (este es, de hecho, el pilar central de mi especialidad como científico aunque en un área tan diferente como la física cuántica).

En el contexto de un grupo, experiencia que todos compartimos de nuestra época escolar, a pesar de tener más capacidad, la organización y la comprensión entre miembros es necesaria para beneficiarse de las ventajas de serlo. Cuando se busca sobrevivir y actuar conjuntamente, el pensamiento común es necesario; cada uno debe compartirlo, para unirse y obtener los mejores resultados. Y esto es comunicación: el proceso de intercambio de información entre dos individuos o más.

Para que una comunicación sea satisfactoria, debe haber un canal mutuo y un lenguaje inteligible para los comunicadores. Este se define como un sistema estructurado de signos, señales, sonidos… que permiten la expresión de pensamientos o sentimientos. Cabe remarcar que lenguaje es una palabra, de alguna manera polisémica, incluyendo lenguaje no verbal como expresiones posturales o señales, a pesar de que a veces nos induzca a pensar de manera errónea o sesgada únicamente en el caso del lenguaje verbal. Es evidente, y nadie duda sobre la importancia del lenguaje no verbal, pero la semántica muchas veces lo aleja de nuestra mente. Como ejemplo, todo dueño de un perro es capaz de interpretar sus pensamientos al ver su forma de actuar, y esta es, en última instancia, la magia de la comunicación.

Los gestos, las palabras, las miradas, son efímeras en tanto que tras un instante se pierden. Con la creación de religiones, instituciones, burocracia y leyes, herramientas de supervivencia ante el inminente ataque de un depredador se convierten en un eje central de cómo actuar, códigos que deben ser conocidos por todo el mundo y perdurar, una cultura. Para los humanos, esta nueva función del lenguaje desembocaría en la forma definitiva de comunicación capaz de perdurar en el tiempo: la escritura1. Este invento cambió nuestro devenir tan notablemente, que se considera el inicio de la historia: lo que en un principio podía pasar por un medio para registrar tareas o datos y facilitar la cotidianeidad, con el tiempo pasó a ser una fuente de conocimiento. Un texto permitía a una persona viajar a eventos remotos y ver, en palabras de los presentes, aquello que de ninguna otra manera podría ver sin pasar por la degradación habitual de las historias de tradición oral.

Las aventuradas elucubraciones a partir de restos arqueológicos dieron paso a los relatos (más o menos fiables) de testigos. De hecho, hay numerosos ejemplos de civilizaciones con sistemas de escritura todavía no descifrados (o sin escritura), que son una incógnita para los historiadores, o sobre las que se ha podido aprender a través de escritos de otras. Por ejemplo, los primeros registros sobre los habitantes de Japón gracias a textos de los exploradores chinos como el libro de Han.

Me imagino con cierta épica la trascendencia del momento en el que una persona que sabía escribir fue consciente del poder que le confería y, lo utilizó deliberadamente, produciendo textos para ser leídos por personas de otros tiempos. En algunos casos, las crónicas, los relatos o los archivos históricos están tan engrandecidas u ornamentadas de elementos mágicos y mitológicos que hacen que los investigadores deban cuidar cómo interpretarlos, pero esa inventiva no es más que otra parte de la cosmovisión del autor y, presumiblemente, de su época, preservada gracias a la escritura.

La conservación del conocimiento por escrito ha atravesado prácticamente todo lo que conocemos desde los mayas, griegos, romanos, monjes medievales, el imperio arábigo, hasta la “Europa moderna”, del renacimiento, pasando por la enciclopedia de la ilustración. El afán por la documentación histórica y la creación de historias ha sido una constante en el mundo occidental. Y así llegamos al siglo XX, con una cantidad ingente de información: bibliotecas repletas de volúmenes que nunca podrán ser leídos al completo. Y, sin embargo, este no sería el estadio final de la información, aún quedaba otra revolución por llegar.

La informática se dedica al estudio de máquinas capaces de almacenar, procesar y crear información a gran velocidad. Este aspecto ha cobrado mayor importancia con el surgimiento del Big Data, “la era de los datos”, la inteligencia artificial… Una época en la que casi que se producen más datos de los que pueden ser guardados. Importantemente, la informática crea un nuevo medio extremadamente denso: lo que antes eran libros enteros, se condensa en discos compactos, bandas electrónicas, discos duros… esto supone una compresión del espacio físico que ocupa; lo que antes requería una estantería de 2 metros, pasa a almacenarse en un disco duro del tamaño de un libro de bolsillo. Como epítome de esto, se crean servidores, almacenamiento en la nube donde ya ni siquiera hay un medio físico, al menos aparentemente (el tema de los servidores da para otro artículo).

Esta comprensión esconde una fragilidad inédita. Un libro abandonado en un desván puede sobrevivir el paso de siglos, pero un archivo digital es guardado en un formato específico, en una arquitectura concreta; comprender de arriba abajo esta tecnología está fuera del alcance de la mayoría. Las fotografías, que antes llenaban las casas, o este texto que escribo ahora mismo, se quedan en ese mundo informático del que todos formamos parte, pero que no sabemos exactamente cómo funciona. Se asume que la información digital es eterna, pero la experiencia ya nos dice que todo formato podría quedar obsoleto. Tenemos ejemplos como los casetes, o los VHS, que ahora mismo apenas queda quien los pueda reproducir: el contenido guardado únicamente en ese medio se va perdiendo. La Biblioteca Nacional de España es consciente de esta posibilidad y así, guarda una copia de cada libro publicado en el país.

Tal vez mi preocupación por la preservación de la información no sea más que un delirio de grandeza: el ser humano queriendo dejar una huella eterna en el universo para huir de la dolorosa idea de la efimeridad e irrelevancia de su existencia. ¿Es realmente toda la información que generamos ahora merecedora de ser guardada? ¿Quién juzga qué es importante y qué no? Puede que tengamos la impresión de que registrar grandes acontecimientos como batallas, reyes o tratados sea lo más útil para el futuro, pero, ¿y si eso que consideramos trivial se convierte en lo más valioso? (stories, selfies, memes…) A veces se enfoca la historia desde un punto de vista objetivo en el que lo importante son hechos fríos, sin embargo, lo que define a una época es la gente que vive en ella y cómo lo hacen, su forma de entender el mundo, sus ambiciones.

Los historiadores del futuro se verán obligados a entender nuestros formatos y programas específicos. Así que yo me planteo, ¿qué pasaría si en 300 años conocemos mejor el siglo XVI que el XXI porque nadie sabe abrir un .doc? Tal vez ese sea el olvido definitivo: memoria digital, eterna para la máquina, invisible para la historia.


1 Nótese que, la cultura no necesita de la escritura. No es una condición indispensable, pero sí una herramienta eficaz para su preservación.

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