Women come and go
¿Por qué no le pido a mi querer que abastezcamos nuestra zapatera juntos para así coser el cielo con la tierra?
16 de abril 2026 · 2 comentarios
Por Fernando Gepé
16 de abril 2026 · 2 comentarios¿Por qué no le pido a mi querer que abastezcamos nuestra zapatera juntos para así coser el cielo con la tierra?
El siguiente texto no pretende objetivizar a ningún grupo de personas; de hecho, su objeto son los zapatos. Este trabajo bajo ningún concepto es una tesis de sexología.
En el hipotético caso de que me preguntaran: “oye, Fernando, ¿qué prefieres? ¿Eres más de chichis o de culos?”, como quien está sirviendo un pollo y pregunta: “¿quieres que te ponga una alita o prefieres un trozo de pechuga?”, yo respondería que el calzado de la dama. “El cartílago, por favor.”
Ante la verosímil posibilidad de que, este texto sea leído por uno de mis semejantes, un amante al estilo de Don Rigoberto, o bien, por una persona de letras que me juzgue desde el púlpito que son sus tacones, es preciso que elabore. No en defensa de mi persona o cualquier reputación que pueda tener, sino para construir un mundo más considerado para con sus penudos más tímidos. Porque, si bien el deseo sexual provocado por tacones de cuero negro bien pulidos es estigmatizado como un fetiche marginal, no debemos ignorar que pertenece a este mundo tanto como la predilección por una carita de ángel, un uniforme de la marina o los sentimientos que la trova ensalza.
Mi fijación por las suelas, los tobillos sintéticos, los tacones autoritarios, las plataformas de idolatría y la ausencia de lengüetas y de agujetas (que considero tan aborrecibles como los pelos de gato, el tacto del mecate y la horca) es un rasgo de mi sexualidad que descubrí hace relativamente poco en una reunión de hasta entonces casi completos desconocidos. El hombre a mi derecha, inventor del glory hole portátil y autor de un libro de recetas de cocina con semen (salsas, repostería y carnes), declaró ser un amante vanilla. Esto, en inglés, significa que no le gusta que le chupen el ombligo ni está interesado en raspar sus pezones contra una caja de cerillos. Otra compañera dijo que lo que lleva en el cuello no es un dije, sino una llave pequeñita con la que abre, a placer, y cierra, también a placer, una jaula metálica muy chiquita en la que tiene encerrado el pene de su novio. Un pajarito que no puede volar, como lo pondría el vernacular. El caballero restante no nos quiso decir qué cosas hace con su esposa, pero hijos no tienen. Un buen matrimonio, si algo, es reservado en su intimidad. Siendo el menor de la mesa, mi turno de hablar fue al final de la ronda. Confesé que a veces me distraigo en el trabajo fantaseando con la idea platónica de un par de zapatos negros de suela dura.
De la misma manera en que Colón no descubrió América, sino que se la encontró después de mucho tiempo sin que nadie que no estuviera en ella la viera, para que a su vez otro le pusiera nombre, yo no descubrí que me excita cierto tipo de calzado, solo lo identifiqué. “Se llama ser un degenerado”, me dijeron. “Un pervertido, un hombre básico, un mentiroso”.
Desde la pubertad tengo poluciones, como casi todos. La primera dedicatoria de esta índole que firmé fue sobre la portada del CD de Mes Courants Électriques… que tenía mi papá en su oficina. Durante años atribuí el despertar de mi libido a quien fuera mi musa: Alizeé. En la portada de su disco, la cantante gala es diminuta y, descalza, se esconde bajo la integral de una zapatilla. Por cierto, según una bruja que conozco, las particularidades en el reino de lo erótico son hereditarias.
Pero, no me gustan los pies; de hecho, en la portada del disco de Alizeé apenas y se distinguen los suyos por el espacio tan reducido que ocupan en la escena. Si lo que me inquietara fueran los pies desnudos de las famosas, no me habría dado cuenta entonces. Me tendría que haber valido de una lupa para apreciarlos: son très petits. Lo cierto es que, aquellos que se deleitan con las palmas de los pies y el movimiento insurrecto de sus artejos, se encuentran en un escenario verdaderamente complicado cuando les llega la hora de sincerarse en una cita romántica. Su lucha ha sido históricamente más castigada, y yo no pretendo apropiarme de su causa.
Pero ahora entiendo que no fue Alizeé con su disfraz de marinerita, sino que mi marcha sexual empezó con el toque de trompeta del zapato monumental detrás de ella en aquel montaje. Viendo este cover art ahora, no me siento tan atraído por Alizeé; supongo que por fin la superé, pero no puedo evitar sentirme identificado con ella. Me noto confundido, pequeño, a punto de ser pisoteado por mi incapacidad de entender el francés de una poeta.
Me puse a meditar. Lo primero que hice fue moralmente reprochable; dibujé a oscuras una tabla en la que encasillé a las mujeres con las que he estado e incluí rasgos personales suyos: porqué había estado con ellas, qué me gustaba, qué no me gustaba y, en definitiva, por qué ya no estamos juntos. El común denominador fue el siguiente: hijas únicas, bisexuales, tatuadas, clientes frecuentes de tiendas de segunda mano y más altas que yo. ¿Por qué estuve con ellas? Porque me vivificaban. ¿Qué me gustaba de ellas? Sus cuerpos, sus caras, su sentido del humor, su ternura, que dividíamos la cuenta. ¿Por qué lo dejamos? Porque se mudaron lejos o por diferencias creativas. ¿Qué no me gustaba de ellas? Sus tenis sucios.
Por otra parte, he salido de manera más casual con otras personas solamente porque este tipo de calzado es característico de su estilo personal, aunque no me caigan bien o no me atraigan en absoluto. Como las europeas no entran con zapatos a su casa, la magia desaparece cuando me invitan a pasar. Entonces no es el indio, es la flecha. No me gusta el gusto de las mujeres que me gustan e, inexplicablemente, me gusta el gusto de las que no me gustan. Deseo dos cosas, un par. Ando en soledad.
Una mujer que amo, si no lleva bototas –como me refiero a mis preciosas de cariño–, no parece atraerme más que una que desprecio pero que está lista para una clase de equitación. Pugno entre el alto arte y la insufrible levedad del ser sexuado. ¿Y por qué no solo abro la boca y me sincero? ¿Por qué no le pido a mi querer que abastezcamos nuestra zapatera juntos para así coser el cielo con la tierra?
Quizás lo emocionante de este apetito es que no descifro cómo saciarlo. Me resultaría sencillo encaminarme a una zapatería y comprar siete pares de botas femeninas diferentes, uno para cada día de la semana. Imagino que primero, las desenvolvería y las sacaría de sus cajas. Las acomodaría sobre un mueble a la altura de mis ojos. Pero no las lamería. No las mordería. No les metería la mano para darme de patadas ni le pediría a mi flatmate que me pisara con ellas la cara. Pero así, inherentes e impersonales, incomprensibles, les escribiría un poema. A mis bototas. Les haría una sesión fotográfica. Las miraría hasta que sus huellas quedaran impresas en mi mente para siempre, para que, cuando sea viejo, cierre los ojos y se me levante el sexo. Tal vez les daría un besito. Quizás luego se las regalaría a una amiga, o a una novia, a alguien que necesite un par de zapatos, aunque nunca se las fuera a poner porque prefiere las sandalias de tela.
You see me walking down the street canta Alizeé en su chanson “Youpidoo”. Por respeto, y porque quiero pensar que soy un varón deconstruido, no me detengo a morbosear traseros por la calle. Preferiría ser golpeado por un camión antes que volver la vista cuando una mujer atraviesa la banqueta y confirmar que soy un simio. Tampoco me le quedo viendo a las señoras en el parque ni me hago el ciego para contemplar los atributos de nadie en una fiesta. Sin embargo, no puedo decir lo mismo respecto a mi conducta pusilánime para con las ejecutivas en las filas del banco, ni con las modernitas que se levantan para pagar un café, ni con las ancianas que pasean a sus perros ya arregladas para el siguiente funeral. Por no incomodar a nadie, bajo la mirada, indigno de una interacción más humana, y veo sus zapatos. Botas, botines, a la rodilla, a media pierna, a un cuarto, negras, blancas, guindas, abiertas, cerradas, nuevas, limpias, lustradas, impolutas, puntiagudas, redondeadas, trapezoides, de aguja, anchas, de bloque, conocidas, ajenas, izquierdas, derechas, hechas en masa, de diseñador, prestadas, adquiridas, regaladas. Y no hace falta preguntarles nada: si son solteras, si son lesbianas, si hablan mi mismo idioma. ¿Quién lleva un anillo en el pie?
He estado enamorado, sí señor, como el que más. He querido con todo mi corazón. He mantenido relaciones sentimentales inspiradas por compatibilidad, por ternura, y he estado con gente que no mueve más en mí que sangre hacia el bajo vientre, solo porque quiero su elegancia, su buen gusto, el tacto de sus cáscaras. Ahora mismo estoy soltero, y sin culpa se me van los ojos siguiendo los pasos de gentes que van y vienen (“women come and go / talking of Michelangelo”). Si Miguel Ángel hubiera sido un genio, habría esculpido sin temor las botas de mi última coordinadora escolar. One of these days women will come and go / with boots made for walkin’ all over me.
Me fascinan las botas para dama, me gustan las mujeres y me entretiene el sexo. En ese orden. Es difícil ser un amante sincero habiendo seducido a alguien a través de convenciones. No es muy chalant mirarle los pies a quien te tiene por simpático y amable, a quien te ha presentado delante de sus amigas y sus hermanas, a quien te ha defendido de verdades incómodas, y decirle: “vida mía contigo, en chanclas, no me caso.”
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