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Pepe "el Marlboro"
En aquellas noches eternas, estiradas siempre de más, conocimos al Marlboro.
20 de mayo 2026
En aquellas noches eternas, estiradas siempre de más, conocimos al Marlboro.
En un mundo cada vez más homogéneo, en el que todas las ciudades abrazan a las mismas franquicias y quienes las habitamos vestimos con cuatro colores contados, hay un reducto de personalidad en cada uno de nosotros que traspasa nuestro nombre y nuestro apellido (qué divertido era encontrar a alguien en tuenti con tu mismo nombre y dos apellidos, ¿eh?): los motes.
Hay tantos tipos de motes como marcas de cerveza: los hay horrorosos, indescifrables y con malicia, pero también hay lugar para los apodos ingeniosos, genéricos y obvios. No importa cuál fuese –o sea– el tuyo, porque un mote siempre será diferencial por la historia que tiene detrás, como por ejemplo Federico “Barbour”, cuyo apodo hace alusión a que nunca se quitaba cierto chaquetón británico ni cuando se podía freír un huevo en asfalto del calor; otro mote que me fascina es el del “Ketama”, que en realidad se llama Joaquín, pero creo que si buscan “Ketama Cádiz” en google seguramente entiendan el porqué de su apodo. Aunque si tengo que elegir uno que me teletransporte a la juventud ese es Pepe “El Marlboro”. Insuperable.
Conocí al Marlboro en La Batería, un pub de la ciudad que era el garito de moda en nuestro años universitarios, los cuales se alargaron, en parte, por la amplia carta de chupitos que tenían y el bajo coste de cualquiera de las bebidas que pidieses. Aquel sitio era como entrar en la cantina de Star Wars. Sonaba música de fondo, pero era muy complicado saber el qué, pues los decibelios de las voces de los parroquianos se escuchaban siempre por encima de cualquier melodía. De la puerta de entrada a la pared del fondo no habría más de diez metros, pues bien, creo que es el sitio en el que más he tardado en recorrer diez metros en mi vida. Te encontrabas con uno y te parabas, le saludabas, te quedabas hablando con él maquinando la próxima fiesta o buscando gente para jugar una pachanga la semana siguiente. Al despedirte de uno te encontrabas con otro y volvía a pasar lo mismo, distinta persona, misma historia. El día de la marmota en versión sociabilidad extrema. Una maravilla, pero hay que ver cómo cansa saludar a tanta gente. Fue ahí cuando entendí por qué los reyes tienen tronos.
En aquellas noches eternas, estiradas siempre de más, conocimos al Marlboro. Fue entre chupito y chupito cuando se nos presentó haciendo alusión a su mote, pues solo fumaba dicha marcha de cigarrillos, y también se ganaba unos eurillos trayéndola desde Gibraltar. No sé si era ilegal, pues él pasaba la frontera con lo permitido. Ya saben, el consumo propio de toda la vida. Y aunque pareciese algo extraordinario, creo que por aquí había más gente que trabajaba esos ingresos pasivos, sin ir más lejos un compañero de facultad que ahora es un abogado muy afamado de una localidad de la provincia, se ve que entendió los vacíos legales desde el primer día de clase. Pepe “El Marlboro” no era únicamente conocido por su condición de hombre que se ganaba la vida como podía, sino que era un personaje en sí. Un gran contador de historias de dudosa veracidad, pero cómo él las contaba, nadie. Era hipnótico verle liar cigarros para otros mientras narraba cualquier anécdota que para él era cotidiana mientras que para nosotros era fantasiosa. Marcaba las pausas como nadie, lamía el papel mirándote a los ojos y lo terminaba de liar a lo Laudrup, sin mirar, mientras le ponía el broche final a la historia que estaba contando. Un genio malgastado. Un trovador del siglo XXI.
Lo curioso de todo esto es que ayer le vi por la calle. Seguía llevando riñonera y aún le quedaba bien esa chaqueta de chandal Kelme a la que hoy se le llama vintage pero que en otros tiempos te hacía portador de antecedentes penales solo con tocarla. Estaba algo más calvo, pero todavía le da el pelo para cogerse una coleta junto a los pelillos de la parte de atrás del cogote. Iba fumando, como siempre, y aunque no ví la cajetilla intuyo qué marca era.
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