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El preverano
Un purgatorio de belleza y fina brisa que nos hace oler de lejos lo que viene.
6 de mayo 2026 · 2 comentarios
Ya sé que hasta el cuarenta de mayo no hay que quitarse el sayo, ¿pero qué hacemos mientras esperamos a la última tormenta antes del verano? ¿Me resguardo por si acaso? ¿Le rezo a quien sea para que caiga ya o para que no caiga todavía? Mis amigos con alma de marinero, que de vientos y temporales saben un rato, llevan todo abril diciendo que aún queda una tormenta más por salir de su escondite, y que por eso no hay que bajar la guardia con respecto a los días maravillosamente luminosos que han reinado los últimos fines de semana por aquí. Pero me niego a quedarme sentado esperando a que pasen las cosas, porque yo a la vida voy a robarle todos los muletazos que tenga, y me da igual si en algunos sople el viento, nieve o truene.
Fue así como llegó el preverano, viviendo en gerundio. Saliendo a la calle. Llenando los adoquines de la ciudad de pisadas firmes hechas de risas con amigos. De disfrute y de un “lo vamos viendo” que te hace ir flotando por la vida. Porque el preverano –no hay que ser un mostro para entender este término inventado– es el limbo que nos regala el buen tiempo entre la primavera y el verano. Un purgatorio de belleza y fina brisa que nos hace oler de lejos lo que viene. La antesala de los días eternos. El entrante de las ensaladas y el gazpacho recién llegados de la playa. El epílogo a la arena y la marca que deja el moreno.
Lo que más me gusta de esta época del año es la sensación de poder vivir como si fuese verano pero sin el bullicio que mucha veces mata a quien ve cómo sus calles se llenan de gente que viene a pasar unos días en verano. La alegría de poder comerte unas sardinas con los amigos o pedirte tu helado preferido con la rebequita atada en la cintura por si acaso. Un disfrute sin colas ni reseñas de tripadvisor. Una especie de verano con silenciador. El verdadero lujo y el más simple de todos a la vez.
Junto con el preverano, una gota fría cae por la espalda. Es la expectación de lo que viene. La incertidumbre ante el devenir del que seguramente creas en algún momento que está siendo el mejor verano de tu vida porque tampoco sabes si es el último. Por eso sonríes tanto cuando el sol te da el cara y te tiras a la piscina helada de cabeza. Por eso el verano nos hace sentirnos vivos y el preverano afortunados. Y son esos los momentos en los que uno entiende al de fuera. ¿Cómo no van a querer venir? Lo que seguro que no van a querer es irse.
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