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Pararlo todo
Solo podemos rendirnos ante quien detiene el tiempo, ya sea en forma de verso, de mano a mano contra el portero o, como es el caso de Morante, en forma de verónica infinita.
8 de abril 2026
Tiene el ser humano un problema con el tiempo. Pretendemos pararlo todo: los trenes que se están yendo cuando llegamos al andén, los amores que por alguna razón se esfumaron, los recuerdos, los días perfectos, pero es imposible para el tiempo. Porque lloverá (y yo veré), saldrá el sol y volverá la lluvia al son de algún trueno ruidoso, pero el otro, el de las manecillas, no vuelve. Y claro, frente a ese devenir catastrófico que es la imposibilidad de deshacer lo andado, los okupas del tiempo pasado somos echados con una patada en el trasero de nuestro pequeño oasis que es el recuerdo.
A los que nos incomoda el paso del tiempo solo podemos rendirnos ante quien lo para, ya sea en forma de verso, de mano a mano contra el portero o, como es el caso de Morante, en forma de verónica infinita. Me gusta imaginar que al lance se le llama verónica porque era el nombre de la muchacha a la que un torero amaba locamente y que, para no perderla, quiso ralentizar el tiempo que pasaba con ella hasta el extremo. De modo que, aunque supiese que se diluiría como el último hielo de un vaso de tubo postrado en la columna de una discoteca, él saborearía lo máximo aquel momento. Y si aquello iba a ser un amor de dos días, pues que lo fuese, porque a él le daba igual el tiempo. Él solo quería pararlo para acordarse siempre de ella.
Morante volvió a jugar con nosotros, también con el tiempo (y con nuestras retinas, porque vaya trajecito). Por eso se puede escribir sobre él un miércoles habiendo toreado un domingo. Porque somos presos de un tipo que le da al play y al pause cuando le da la real gana. Cuando Gentil se detuvo antes de embestir el vuelo petrificado de aquel capote, allí no quería arrancarse ni el flamenco más pobrecito de todos por el mayor de los cheques. Las manos del artista se paralizaron frente a la bestia, rígidos pero con alma, muertos pero vivos. Como los brazos estirados del Cristo de la Buena Muerte. Como cuando sales del embroque de los labios de otra persona con los ojos cerrados todavía.
Qué suerte tienen los que pueden parar el tiempo para quedarse un ratito más en ese reducto de felicidad. También los que soñamos con hacerlo pero lo vivimos como espectadores.
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