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10 minutos antes
Aunque siempre espero hasta el último momento, ya casi no me cuesta subirme al autobús de vuelta a Madrid.
5 de mayo 2026
Aunque siempre espero hasta el último momento, ya casi no me cuesta subirme al autobús de vuelta a Madrid.
Ya casi no me cuesta subirme en el autobús de vuelta a Madrid. Me doy un último baño en la piscina que con tanto esfuerzo monetario hizo construir mi madre hace unos años. El agua está un poco fría, pero da igual. Salgo rápido, me seco con una toalla verde, subo corriendo y descalzo porque cuando estoy en esa casa intento estar descalzo el mayor tiempo posible, aunque la pizarra caliente queme mis pies de piel blanda y delicada, me cambio a toda prisa, meto en la mochila el par de camisetas sucias, el ordenador y un libro que no me he molestado en abrir y bajo corriendo, todavía con el pelo mojado.
Abajo en el coche me espera mi hermana, paciente como una espartana. Siempre voy con el tiempo justo. Ellos no se dan cuenta pero yo tengo la misión de aprovechar hasta el último segundo de cada rayo de sol y de cada brizna de aire antes de volverme a la desolación de la capital, así que bajo corriendo. Ya casi empiezo a sentir que voy a llegar tarde a por mi autobús. Mi padre me dice una y otra vez ¿seguro que lo has cogido todo? Cargador, ordenadores, móvil. Y yo le digo que sí para tranquilizarle, porque en realidad quién sabe. Luego siempre se me olvida algo, un cepillo de dientes, unos auriculares, un jersey, pero no pasa nada.
Mi madre se ha metido en la piscina con el neopreno (esta vez se ha puesto hasta la capucha, parece que va a hacer una inmersión en las gélidas aguas del ártico, pero es una piscina de tres metros en Valladolid y hace 20 grados). Desde allí dentro, con su cara aplastada por la goma, me grita desesperada ¡pero Dani! Siempre igual, siempre tienes que salir en el último momento, de verdad, que tu hermana te está esperando, no puede ser esto. Y yo me agacho y le doy un beso en la mejilla mojada y a mi padre le doy un abrazo fuerte y le digo que le quiero y él me dice ala venga, vete ya que vas a llegar tarde, como haciéndose el duro, pero yo sé que en el fondo se muere de pena de que me vaya. Pero es que me tengo que ir, no puedo vivir en esta burbuja eternamente.
Así que abro la puerta de atrás del coche, tiro la mochila, cierro la puerta y me meto en el asiento del copiloto. Mi hermana ya está acostumbrada a mis desmanes así que ni se enfada, solo dice, voy a tener que meterle caña si queremos llegar a tiempo y yo le digo dale. Y ella le mete caña, y hace eso de acelerar en la curva (en vez de esperar a la recta) antes de salir a la autovía. Hay un atasco terrible, un montón de coches que vuelven a Valladolid después de un fin de semana en el pueblo. Ella los esquiva, acelera, adelanta, frena para que no le pille el radar (suena Bad Bunny en los altavoces del coche), acelera, decide ir por una salida diferente a la que tomamos normalmente y en 15 minutos estamos en la.
Como dice un amigo mío, no es por ponerme cadenitas, pero llegué a la estación 10 minutos antes de que saliese el autobús. Compré unos cascos en la máquina para intentar ver una película (Wally a poder ser) pero el autobús no tenía pantallas. Intenté ser productivo y saqué el ordenador, pero no tenía batería, y no me apetecía leer el periódico del domingo. Me quedé mirando por la ventana hasta que me vino este pequeño texto a la cabeza.
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