Deportes

El sufrimiento correcto

Un pequeño pensamiento que me ha surgido de ver a Alysa Liu, la deportista de Estados Unidos que se alzó con el oro en la prueba de patinaje artístico de los Juegos Olímpicos

9 de marzo 2026


No sé si es que estaba yo de bajón, pero Alysa Liu, la patinadora que se ha alzado con la medalla de oro de patinaje artístico en los Juegos Olímpicos, me ha levantado el espíritu mucho más que los tipos que comen carne cruda en mi lupa de Instagram. La chica dejó el deporte cuando estaba en lo más alto. Tenía 16 años, había ganado algún mundial y ya se perfilaba como una de las atletas más competitivas de Estados Unidos. Pero se cansó. Se cansó de vivir bajo el paraguas de hierro de su padre, que había convertido a sus hijos en un proyecto de inversión, y el de sus entrenadores, que le imponían la música que debía hacerla vibrar y hasta lo que debía comer. Tampoco tenía claro si quería dedicarse a ese deporte durante el resto de su vida.  


Así que se fue, lo dejó todo y se dedicó a disfrutar un poco de la vida. Camino hasta el campamento base del Everest, se tragó todas las series de anime habidas y por haber, persiguió hobbies inexplorados hasta ese momento y pasó todo el tiempo que pudo con sus amigos. A los 18 años se había convertido en otra persona, un adulto más adulto que la mayoría de adultos que vuelven a casa después del trabajo medio dormidos en el metro. Algo más tuvo que hacer en ese intermedio porque Liu parece completamente consciente de sus límites, de sus deseos, de su cuerpo, de sus pasiones y de su lugar en el mundo. 


Parece un monje budista que ha alcanzado el nirvana (“estado supremo de liberación, paz y felicidad total en el budismo”), o como decían unos cuantos en redes sociales, el superhombre de Nietzsche (“representa un ideal de evolución humana marcado por la superación de la moral tradicional y el nihilismo"). Un día, esa chica nueva se puso unos patines, empezó a deslizarse por el hielo y vio que, después de dos años sin entrenar, todavía podía hacer un doble axel. Y lo mejor de todo, disfrutaba con ello. Solo entonces decidió que era eso lo que quería dedicarse a hacer el resto de su vida.  


Llamó a su antiguo entrenador y le dijo que volvería, pero solo si la dejaban escoger su propia música, montar su propia coreografía y comer lo que ella quisiese, sin restricciones de peso. Le dijeron que sí. Por eso el otro día vimos aquel espectáculo. Con apenas 20 años, Liu se ha convertido en un icono de talla mundial que ni siquiera compite para ganar (por eso gana). Disfruta del sufrimiento que conlleva entrenar y disfruta haciendo disfrutar a los demás, transmitiendo con su triple axel y sus bailes sobre el hielo la alegría de vivir, y la paz del que frena el juicio de los demás antes de que toque su corazón.  

Desde que vi a Liu deslizarse por el hielo con esa sonrisa tan honesta, no paro de preguntarme si a mí me pasaría lo mismo. Desde hace tiempo siento que escribo por obligación. Nadie me ha obligado a estar aquí (más bien al contrario), pero siento que mi yo ingenuo e inconsciente del pasado tomó una mala decisión tras otra hasta acabar en esta vida extraña, dedicándome con ahínco a una tarea que no se me da muy bien y que cada vez siento que me representa menos. Me siento atrapado, como si hubiera caído en una trampa tejida cuidadosamente por la estética bohemia y los diarios de gente muy privilegiada que me conquistaron con sus palabras amables sobre la nobleza que hay en el sufrimiento de escribir. Así que me pregunto una y otra vez qué haría yo al coger un bolígrafo después de dos años dedicados a hacer ese otro montón de cosas que me encantaría hacer. Quizás entonces sí, podría volver sobre estas páginas y escribir desde la alegría y no desde el cansancio que produce la sensación de que quizás esto no va a ninguna parte. Porque estoy cansado: una cosa es sufrir, pero otra cosa muy distinta es sufrir porque no sabes si has escogido el sufrimiento correcto.



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