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Y preocupado por la muerte, me morí

El pensamiento del pensamiento del pensamiento (es decir, la irrealidad), ese es el terreno en el que me muevo yo más cómodamente.

17 de abril 2026


Una montaña nevada en los Pirineos, cerca de Canfranc.


No se trata de pensar hasta encontrar el sentido a la vida, sino de aparcar por un momento el pensamiento y empezar a hacer, a probar, en pequeñas dosis, la vida que tanto queremos vivir a la perfección. Y así, de imperfección en imperfección, se hace el camino. He pasado tanto tiempo pensando que pensando descubriría la solución a todos mis problemas que ya no sé vivir de otra manera. Quiero dedicarme simplemente a vivir, a probar, a jugar con la vida como si la vida no fuera una flecha directa hacia la muerte, sino como si fuera, simplemente, una flecha que viaja por el cielo. Y qué bonito es el cielo, que montañas se observan desde ahí arriba, que árboles, qué ríos, qué sonrisas veo en la cara de los que me rodean cuando en vez de pasarme el día enfurruñado me relajo, me fumo un cigarrillo y trato de hacer alguna tontería. Dice Nietzsche que “desde este aislamiento enfermizo, desde el desierto de estos años de ensayos, es muy largo todavía el camino que hay que recorrer hasta llegar a esa inmensa seguridad y desbordante salud, que no puede prescindir de la enfermedad como medio y sistema de conocimiento hacia esa libertad madurada del espíritu”. Y yo no sé lo que significa eso que escribe pero a veces pienso que quizás sí lo sé, porque quizás estoy empezando a salir de la enfermedad del espíritu esa de la que tanto habla y abriendo las puertas a otra forma de estar en el mundo, una que combina la ligereza de estar aquí con la voluntad de conseguir algo, aunque no sea mucho, pero algo suficiente para satisfacer las necesidades mínimas del corazón y del cuerpo en este tiempo, en esta hecatombe en la que se ha convertido la vida.


Y “adelantamos en la curación: el espíritu libre vuelve a acercarse a la vida, lentamente, casi a su pesar, desconfiado. Todo en torno de él le parece que se hiciera más cálido, más dorado, por decirlo así; sus sentimientos y simpatías adquieren profundidad, brisas tibias pasan delante de él”, y así sigue, sin parar, sin dejar respirar a su interlocutor, sin pararse a pensar ni por un segundo que alguien mucho tiempo después puede estar leyendo eso con la impresión de que ha sido escrito para uno mismo, con el impacto que imprimen las primeras palabras en un niño pequeño, los primeros versos de amor en un adolescente confuso. ¿Y si la vida no es un calvario? ¿Y si no hay que estar el rato preocupado por todo lo que puede salir mal? Me preocupo y me preocupo y luego van las cosas, los proyectos, las aventuras amorosas, y salen mal por las razones más inesperadas, las que no había tenido capacidad de imaginar, y me quedo ahí, tieso, medio llorando pero sin ser capaz todavía de llorar, y pienso, joder, y ¿para qué me he rayado tanto? Si llego a saber que esto iba a salir así de mal de esta forma así de rara no me habría preocupado tanto, habría disfrutado más.


A veces siento que la vida me susurra consejos, pero yo tengo los oídos tan cerrados que no escucho. A veces, puede ser (no lo sé con seguridad) que cuando estoy en lo alto de una montaña y miro al horizonte, escucho un aliento, una brizna de aire llegada de no sé dónde que me dice: relájate un poco, que la vida no está hecha para andar todo el día tan tenso, tan agarrado, tan metido para adentro. Imagínate que yo, que siempre ando preocupado por la muerte y su trascendencia para la vida, resucito después de morir. O peor todavía, imagina que mi alma verdaderamente sale disparada de mi cuerpo y me convierto en uno con el todo, o me voy al reino de los cielos con el bueno de mi abuelo, o algo parecido. Sería una catástrofe. Tanto rallarse para nada, tanto intentar sobrevivir en este fango para no tener una muerte tranquila y definitiva. Bueno, seguro que encontraría la manera de volver a preocuparme. Empezaría a pensar en lo que hay después de eso. Ell mecanismo en mi cabeza es infalible, infinita mi capacidad para pensar escenarios catastróficos. Creo que podría ser el hombre objetivamente (si es que se puede objetivar eso) más feliz del mundo y no darme cuenta porque estoy preocupado por esto y por lo otro. Eso me jode. No quiero vivir así.


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