Los muertos de mi abuela

Cada vez que la veo me cuenta el calvario que pasó su familia durante la Guerra Civil, pero nunca sé qué hacer con sus historias

Evento relacionado
al
·

Las flores en la galería de la casa de mi abuela. 

Una de las historias que más repite mi abuela empieza en un viaje en autobús que hizo con los jubilados. De camino a otro sitio pasó de casualidad por una calle de Burgos que le resultó vagamente reconocible. No sabía de qué, así que preguntó a ver si alguien sabía cuál era aquel edificio. Uno le dijo que se trataba de la antigua cárcel de la ciudad. “¡Ahí es donde estuvo encarcelado mi padre!”, recordó de pronto. Lo sabía porque un día, con apenas 6 años, fue con su madre a visitarle a la cárcel. “En esa pared estuve yo haciendo cola para llevarle comida”, me cuenta ahora frente a una taza de café con leche, en el salón de la casa de mis padres. Los dos hemos venido aquí a pasar las Navidades y cada vez que me junto con ella acabamos hablando de la Guerra Civil, y ella vuelve a contarme las historias de siempre y alguna nueva, que rescata de su memoria como de forma providencial. Apenas tenía dos años cuando estalló la contienda y seis o siete cuando su padre salió de la cárcel. 

La madre de mi abuela, mi bisabuela, llevaba comida a su marido de forma regular para que no se muriese de hambre o de cualquier otra cosa en los años que pasó en la cárcel después de la Guerra Civil que arrasó los pueblos de España. Mi abuela fue solo una vez a visitarle, pero todavía se acuerda del penal y de los presos distribuidos en celdas a un lado y a otro del pasillo por el que pasaron ellas. Cuando volvió a casa, mi bisabuelo no debía contar demasiadas cosas de aquella época, pero por los resquicios se acabaron colando historias, de las “lentejas con gusanos y piedras”, o de los reclusos que se comían las cáscaras de mandarina que tiraban al patio los más afortunados. “Al poco se morían”, asegura ella.  

Mi tío me ha contado que a los presos de aquella época les duchaban a manguerazo limpio, en pleno invierno en Burgos, que el frío que hacía en aquellos sitios era insoportable. “Les ponían a rezar todos los días y al que no rezaba, le molían a palos”, cuenta también. “Así que no, yo no voy a la iglesia ni muerta”, interviene mi abuela, enfadada como si todo esto hubiera pasado hace nada, y no hace casi 90 años. Todavía se acuerda de Felines, el hermano de su padre, su tío, al que detuvieron y mataron con apenas 18 años. “¿Y por qué lo mataron?”, se pregunta, enfadada todavía. “¿Por qué no le hicieron un juicio? Si él no había hecho nada, era un chaval guapísimo, y más listo que el hambre”, dice mirando al horizonte pensando en una foto, la única que queda de él, en la que aparece aquel chaval con un pañuelo blanco al cuello, muy elegante. Al resto de hermanos de aquella familia pobre, cuyo único sustento era el campo que habían aprendido a trabajar desde pequeños, les metieron en la cárcel. Mi bisabuelo estuvo cinco años, otros estuvieron más tiempo.  

Aquí, de espaldas a la televisión siempre encendida del salón, le pregunto: ¿Cómo sabes que lo mataron? Muchos muertos de aquella época siguen desaparecidos, enterrados en alguna fosa inencontrable de algún pinar. Ella me contesta: “¡Hombre, porque llamaron a mi abuela para que se despidiera de él!”. Su abuela tuvo que coger un tren hasta Valladolid para despedirse de su hijo. Por la tarde estaba de vuelta. “Siempre que contaba esa historia mi abuela decía lo mismo: lo que he sufrido yo no lo sabe nadie”, cuenta. Yo pregunto: “Pero, y si fue a despedirle, ¿no sabemos dónde está enterrado?”. “No la dijeron nada”, sentencia. “Se volvió a casa y ya no sabemos qué fue de él”.  

A veces, como en intento malísimo de consolarse a sí misma, y con una mueca cansada, dice: “Pero bueno hijo, supongo que la guerra es así”. Luego, al rato, le vuelve la rabia: “¿Por qué no les hicieron un juicio? Si ellos no habían hecho nada”. Yo nunca sé qué decirla. ¿Qué puedo hacer yo? Me da rabia solo de pensarlo. Mis padres nunca me contaron estas historias, esa parte del temario se cuenta tarde y mal en los colegios, y los últimos testimonios casi directos de aquella época se están muriendo. Mi abuela tiene 91 años y casi todas las amigas de su generación han fallecido. Aunque es la más mayor del pueblo (y a mucha honra) su salud no está para tirar cohetes, y con ella se irá una parte de la historia que todavía no hemos examinado a fondo.  

Me quedo pensando en lo que ha dicho antes —“¿por qué no les hicieron un juicio?”— y acabo concluyendo que lo que quiere mi abuela y el resto de abuelas de España con familias devastadas por la guerra no es memoria histórica. Lo que quieren es justicia. Quiere saber quién mató injustamente a su tío y quiere que esa persona sea juzgada por ello. Derecho a la memoria histórica es lo mínimo que deberíamos ser capaz de dar a esta pobre gente, y todavía nos cuesta horrores que esas leyes no se reconviertan hasta la vacuidad en cada comunidad en la que Vox hace un poco de falta para gobernar. Hemos fallado a los hijos de los muertos, y vamos a fallar también a los nietos de los muertos de aquella guerra. Quedan pocos, y con ellos se irá también la voluntad de esta sociedad de encontrar una respuesta y, si acaso, también la oportunidad de aprender algo de aquel periodo.

sustrato funciona gracias a las aportaciones de lectores como tú, que llegas al final de los artículos. Por eso somos de verdad independientes.
Lee a tus autores favoritos y apoya directamente su trabajo independiente y audaz.
VER PLANES
Interiores
Los muertos de mi abuela
Cada vez que la veo me cuenta el calvario que pasó su familia durante la Guerra Civil, pero nunca sé qué hacer con sus historias
Evento relacionado
al
·

Las flores en la galería de la casa de mi abuela. 

Una de las historias que más repite mi abuela empieza en un viaje en autobús que hizo con los jubilados. De camino a otro sitio pasó de casualidad por una calle de Burgos que le resultó vagamente reconocible. No sabía de qué, así que preguntó a ver si alguien sabía cuál era aquel edificio. Uno le dijo que se trataba de la antigua cárcel de la ciudad. “¡Ahí es donde estuvo encarcelado mi padre!”, recordó de pronto. Lo sabía porque un día, con apenas 6 años, fue con su madre a visitarle a la cárcel. “En esa pared estuve yo haciendo cola para llevarle comida”, me cuenta ahora frente a una taza de café con leche, en el salón de la casa de mis padres. Los dos hemos venido aquí a pasar las Navidades y cada vez que me junto con ella acabamos hablando de la Guerra Civil, y ella vuelve a contarme las historias de siempre y alguna nueva, que rescata de su memoria como de forma providencial. Apenas tenía dos años cuando estalló la contienda y seis o siete cuando su padre salió de la cárcel. 

La madre de mi abuela, mi bisabuela, llevaba comida a su marido de forma regular para que no se muriese de hambre o de cualquier otra cosa en los años que pasó en la cárcel después de la Guerra Civil que arrasó los pueblos de España. Mi abuela fue solo una vez a visitarle, pero todavía se acuerda del penal y de los presos distribuidos en celdas a un lado y a otro del pasillo por el que pasaron ellas. Cuando volvió a casa, mi bisabuelo no debía contar demasiadas cosas de aquella época, pero por los resquicios se acabaron colando historias, de las “lentejas con gusanos y piedras”, o de los reclusos que se comían las cáscaras de mandarina que tiraban al patio los más afortunados. “Al poco se morían”, asegura ella.  

Mi tío me ha contado que a los presos de aquella época les duchaban a manguerazo limpio, en pleno invierno en Burgos, que el frío que hacía en aquellos sitios era insoportable. “Les ponían a rezar todos los días y al que no rezaba, le molían a palos”, cuenta también. “Así que no, yo no voy a la iglesia ni muerta”, interviene mi abuela, enfadada como si todo esto hubiera pasado hace nada, y no hace casi 90 años. Todavía se acuerda de Felines, el hermano de su padre, su tío, al que detuvieron y mataron con apenas 18 años. “¿Y por qué lo mataron?”, se pregunta, enfadada todavía. “¿Por qué no le hicieron un juicio? Si él no había hecho nada, era un chaval guapísimo, y más listo que el hambre”, dice mirando al horizonte pensando en una foto, la única que queda de él, en la que aparece aquel chaval con un pañuelo blanco al cuello, muy elegante. Al resto de hermanos de aquella familia pobre, cuyo único sustento era el campo que habían aprendido a trabajar desde pequeños, les metieron en la cárcel. Mi bisabuelo estuvo cinco años, otros estuvieron más tiempo.  

Aquí, de espaldas a la televisión siempre encendida del salón, le pregunto: ¿Cómo sabes que lo mataron? Muchos muertos de aquella época siguen desaparecidos, enterrados en alguna fosa inencontrable de algún pinar. Ella me contesta: “¡Hombre, porque llamaron a mi abuela para que se despidiera de él!”. Su abuela tuvo que coger un tren hasta Valladolid para despedirse de su hijo. Por la tarde estaba de vuelta. “Siempre que contaba esa historia mi abuela decía lo mismo: lo que he sufrido yo no lo sabe nadie”, cuenta. Yo pregunto: “Pero, y si fue a despedirle, ¿no sabemos dónde está enterrado?”. “No la dijeron nada”, sentencia. “Se volvió a casa y ya no sabemos qué fue de él”.  

A veces, como en intento malísimo de consolarse a sí misma, y con una mueca cansada, dice: “Pero bueno hijo, supongo que la guerra es así”. Luego, al rato, le vuelve la rabia: “¿Por qué no les hicieron un juicio? Si ellos no habían hecho nada”. Yo nunca sé qué decirla. ¿Qué puedo hacer yo? Me da rabia solo de pensarlo. Mis padres nunca me contaron estas historias, esa parte del temario se cuenta tarde y mal en los colegios, y los últimos testimonios casi directos de aquella época se están muriendo. Mi abuela tiene 91 años y casi todas las amigas de su generación han fallecido. Aunque es la más mayor del pueblo (y a mucha honra) su salud no está para tirar cohetes, y con ella se irá una parte de la historia que todavía no hemos examinado a fondo.  

Me quedo pensando en lo que ha dicho antes —“¿por qué no les hicieron un juicio?”— y acabo concluyendo que lo que quiere mi abuela y el resto de abuelas de España con familias devastadas por la guerra no es memoria histórica. Lo que quieren es justicia. Quiere saber quién mató injustamente a su tío y quiere que esa persona sea juzgada por ello. Derecho a la memoria histórica es lo mínimo que deberíamos ser capaz de dar a esta pobre gente, y todavía nos cuesta horrores que esas leyes no se reconviertan hasta la vacuidad en cada comunidad en la que Vox hace un poco de falta para gobernar. Hemos fallado a los hijos de los muertos, y vamos a fallar también a los nietos de los muertos de aquella guerra. Quedan pocos, y con ellos se irá también la voluntad de esta sociedad de encontrar una respuesta y, si acaso, también la oportunidad de aprender algo de aquel periodo.

sustrato se mantiene independiente y original gracias a las aportaciones de lectores como tú, que llegas al final de los artículos.
Lo que hacemos es repartir vuestras cuotas de manera justa y directa entre los autores.
Lee a tus autores favoritos y apoya directamente su trabajo independiente y audaz.
VER PLANES