__MESSAGE__
No me digas la verdad
Sólo quiero una explicación plausible de por qué pasan las cosas que pasan
17 de noviembre 2025
Sólo quiero una explicación plausible de por qué pasan las cosas que pasan
Eran las seis de la tarde de un martes oscuro y frío en la ciudad de Gante, en Bélgica, cuando llegué al hotel y me tumbé un momento sobre la cama. Estaba derrotado por los vaivenes del avión, el paseo posterior con un guía bruselense y la cerveza de 8 grados que me había bebido por educación (pero sin ninguna gana) mientras el tipo nos contaba —a mí y a la encargada de prensa, una señora con dos hijos pequeños que vive en Vallecas— historias de cuando empezó por accidente sus andanzas como guía turístico.
Su táctica era infalible: primero se aseguraba de que los presentes no tenían ni la más remota idea del lugar en el que estaban con una pregunta inocente pero certera: “¿Alguno de vosotros ha estado aquí antes?”. Luego procedía a realizar un recorrido por la ciudad contando historias que no eran más que un fruto aleatorio de su mente fantasiosa. Porque en este mundo todo es relativo y volátil, como el avión de papel que se estrella contra el suelo nada más despegar: no se trata de saber más que el resto del mundo, sino de saber un poco más que la gente que te rodea.
Cuando al calor de la cerveza nos hizo esta confesión, me quedé pensando. Analizadas a la luz de este nuevo dato, algunas de las explicaciones que había dado a nuestras preguntas más extravagantes se volvieron extremadamente sospechosas, rocambolescas, extraordinarias, pero en el mal sentido de la palabra. En un ocasión, le pregunté por un edificio cuya fachada estaba inclinada hacia delante y el tipo no tardó ni dos segundos en contarme que ese era el antiguo edificio del gremio de los panaderos, y que la pared estaba así para que los sacos de harina no se rozaran al subirlos para meterlos por el tejado. La explicación no parecía muy certera, pero me la creí (o había querido creérmela) porque ya había dado al hombre un grado altísimo de autoridad.
Cuando la idea que me había hecho de ese hombre empezó a derrumbarse, pensé: “Para, no te hagas esto”. ¿Qué hay mejor que una mentira piadosa que calma el corazón inquieto de un alma dubitativa? Nada. ¿Yo quería una explicación? El señor me había dado una explicación magnífica. ¿Para qué indagar? ¿Por qué empeñarse en conocer la verdad cuando la fantasía era suficiente para justificar nuestra existencia, la suya y la mía? Su misión no es saber cada maldito detalle de la ciudad de Gante. Su verdadera misión es hacernos pasar un buen rato, fingir que nuestras preguntas eran interesantes, inventar una respuesta curiosa que contar cuando estuviéramos de vuelta en casa y dejarnos la sensación de que el esfuerzo había merecido la pena.
Yo no quiero la verdad, sólo quiero una explicación plausible de por qué pasan las cosas que pasan, y eso es mucho más de lo que se puede pedir a la verdad, siempre tan complicada. El corazón no quiere la verdad ni aunque la busque con ahínco. Cuando llega no puede soportarla y se deshace entre los dedos justo cuando estamos a punto de tocarla, como las nubes que se disipan cuando el avión las atraviesa. No merece la pena seguir pensando en esto, me dije, me levanté de la cama y me metí en la ducha. No sirvió de nada. La suciedad metafísica que se me había pegado al cerebro aquella tarde no se quitaba ni con jabón de lavanda.
Sigue a Daniel Alonso Viña
Recibe un email con todos los nuevos artículos de Daniel Alonso Viña
¿Qué opinas?
Sin comentarios10 minutos antes
Por Daniel Alonso Viña
Ya casi no me cuesta subirme en el autobús de vuelta a Madrid.
Y preocupado por la muerte, me morí
Por Daniel Alonso Viña
Estoy empezando a salir de la enfermedad del espíritu esa de la que tanto habla Nietzsche.
El sufrimiento correcto
Por Daniel Alonso Viña
No sé si es que estaba yo de bajón, pero Alysa Liu, la patinadora que se ha alzado con la medalla de oro de patinaje artístico en los Juegos Olímpicos, me ha levantado el espíritu
Pepe "el Marlboro"
Por Álvaro González
En un mundo cada vez más homogéneo, en el que todas las ciudades abrazan a las mismas franquicias y quienes las habitamos vestimos con cuatro colores contados, hay un reducto de personalidad en cada uno de nosotros que traspasa nuestro nombre y nuestro apellido (qué divertido era encontrar a alguien en tuenti con tu mismo nombre y dos apellidos, ¿eh?): los motes.
Despedida de soltero
Por Luis Alonso Agúndez
Este fin de semana ha sido el mejor de mi vida.
Queridísima Mina: ¿El placer de mirar me convierte en mirona?
Por Sofía Lemoine
Queridísima Mina: El otro jueves, caminaba por la calle cuando mi cabeza dijo: “Miremos a la gente”.
Abónate a sustrato.
Apoya el trabajo de Daniel Alonso Viña
Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.
VER PLANES