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No sex #59: Manual para un cabreo
A las armas contra la manipulación del ‘no puedo vivir sin ti’.
29 de abril 2026
Aprieto la mirada para descifrar cómo hacerlo, cómo contar lo que me angustia y por qué hacerlo en una columna de amor moderno.
Primer paso: veo a otras mujeres hacerlo con destreza. Las veo practicándolo, me empujan a mí, me empiezo a preguntar por qué no podría yo usar mi voz para decir lo que pienso.
Terminé de leer ‘El invencible verano de Liliana’ en un avión que despegaba de la Ciudad de México. Lo empecé también allí, pero en sus calles. Se me resbaló por la garganta algo: una conjunción de rabia y admiración que se cristalizó en tímidas lágrimas. Generaron un terremoto silencioso pero visible para los demás si se fijaban porque tiendo a llorar con impudicia. Cristina Rivera Garza trata de reconstruir los últimos años de su hermana, los que precedieron a su asesinato a manos de su ex novio.
Hace unos días fue Nerea Pérez de las Heras la que lanzaba un alegato: «hemos trabajado mucho como para estar con el tema del alma gemela a cuestas». Ella gritaba y yo aplaudía, envidiando su capacidad de arrojo, su claridad para usar las palabras justas. Cristina y Nerea me inspiraron para cabrearme y yo, que suelo llevar la alegría por bandera, querría también enarbolar mi derecho al enfado.
Segundo paso: identifico el sujeto de enojo. Doy forma a las ideas que me brotan y vuelco sus matices.
Las medias naranjas, las almas gemelas, el concepto del amor que supera todo y que sobrevive como cucaracha ante la peor radiación.
Tercer paso: escribo.
Me cabrea sobremanera ver que hoy se sigue reproduciendo en parejas de todas las edades una subyugación a los deseos del otro. Estoy en contra de las medias naranjas: el uso metafórico de esta fruta sólo es una manera más de justificar la dependencia de alguien, como si fuésemos un puzzle que se completa cuando encajamos con alguien, como si nuestras aristas sólo funcionasen respecto a y no por sí mismas.
Quisiera también enfrentar la teoría de que hay un encaje único y perfecto entre dos personas, de que hay almas gemelas y por consiguiente queda todo permitido con el fin de la supervivencia de ese vínculo que parece universal e inexpugnable. Escuché demasiadas veces un maltrato seguido de una conjunción adversativa que lo invalidaba al introducir amor como parte clave en la misma oración: te castigo con el silencio y la indiferencia porque ayer saliste con tus amigas, pero yo te amo.
A las armas contra la manipulación del ‘no puedo vivir sin ti’. Escuché demasiados chantajes emocionales basados en esta expresión manida que no hace más que denotar la incapacidad de argumentar cualquier razón real por la cual continuar la relación.
En contra del parejo-centrismo y de la perpetuación del yugo silencioso que ejerce el hipotético final de una relación. ¿Por qué no mejor jugamos a que esto se pueda acabar? Que no valga todo, que haya líneas rojas. Juguemos a que esto se podría terminar porque así de libres somos para decidirlo, y agarrarnos a entender el final como un fracaso nos mantiene en relaciones fracasadas. Tenemos que poder irnos.
«¿Qué será de mi vida? ¿Qué será de la tuya? ¿Qué será de nosotras?» se pregunta Rivera Garza en su texto.
No sé responder yo tampoco, pero ojalá las medias naranjas sólo las usemos de fruta y no sea el amor el que nos acabe exprimiendo a nosotras.
Cuarto y último paso: envío para edición y posterior publicación.
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