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Leticia Sala: «Antes la presión visual afectaba a las famosas; ahora todos llevamos una cámara en el bolsillo»
Me dio mucha pena descubrir hasta qué punto a las mujeres se les promete juventud, pero no sabiduría
9 de junio 2026
Me dio mucha pena descubrir hasta qué punto a las mujeres se les promete juventud, pero no sabiduría
Niñas que aún no han cumplido los doce años y ya saben lo que es una rutina antiedad, adultos que se pinchan botox para borrar arrugas preventivas. Hay una industria entera empeñada en convencernos de que envejecer es un problema que necesita solución. Sobre todo esto escribe Leticia Sala en ‘Dame veneno que quiero vivir’ (Ed. Anagrama), un ensayo que utiliza la cosmética como puerta de entrada para tratar de explicar nuestra relación con el cuerpo, con el tiempo y con la muerte. Hija, madre y observadora incómoda de su época, analiza cómo hemos aprendido a mirar las arrugas con miedo y por qué quizá ha llegado el momento de empezar a mirarlas de otra manera.
Empieza el libro con una dedicatoria muy concreta: “Para nuestras hijas”. ¿Qué futuro imagina para ellas? ¿Tiene dudas de que las niñas de hoy puedan llegar a ser realmente libres cuando sean mujeres?
Hay motivos para preocuparse. Estamos viendo cómo la presión estética llega antes y cómo las niñas crecen en un contexto que, como madre, puede dar bastante miedo. El libro nace precisamente de intentar hacer algo con ese miedo. En lugar de quedarme paralizada, he querido contribuir a abrir una conversación y a imaginar otro escenario posible. Ojalá cuando ellas lleguen a la edad adulta encuentren un mundo un poco más libre.
La figura de su madre es clave. Cuenta que ella le decía que se sentía invisible. ¿Usted se ha sentido alguna vez así?
Invisible todavía no, pero sí he empezado a notar algo que me hizo entender mejor a mi madre: el miedo a perder la mirada de los demás. Fue esa sensación la que me llevó a recuperar aquel recuerdo. Creo que detrás de muchos retoques estéticos hay algo de eso, más que una lucha contra las arrugas.
¿Cómo le cambió la maternidad? ¿Transformó su relación con el cuerpo y con la muerte?
Todo el mundo te dice que la maternidad te cambia la vida, pero yo no esperaba que también cambiara mi relación con la muerte. De repente hay una persona cuya existencia modifica por completo tu lugar en el mundo. Se trata de cuidarla, educarla, y procurar dejarle una mochila emocional más ligera que la que recibiste tú. Eso, inevitablemente, cambia tu relación con el tiempo y con la propia finitud.
Habla de la cosmética casi siempre desde la experiencia femenina, pero los hombres cada vez participan más de todo esto. ¿Cree que la industria, una vez conquistado el mercado femenino, va ahora claramente a por ellos?
Es evidente. Mi exploración se centra en las mujeres porque nace de mi experiencia como hija y como madre, pero durante la investigación encontré muchos ejemplos de cómo la industria está dirigiéndose más a los hombres. Ya existen tratamientos y campañas específicamente pensados para ellos. La diferencia es que tradicionalmente el envejecimiento masculino no ha estado tan penalizado socialmente, pero eso también está empezando a cambiar.
Comenta cómo las niñas interiorizan las rutinas de belleza a través de TikTok. ¿Qué son exactamente los “Sephora Kids”?
Son niñas y preadolescentes que consumen productos cosméticos y rutinas de cuidado facial. Lo hacen a través de TikTok y de otros contenidos que les presentan estos hábitos como algo deseable. Lo que me preocupa no es sólo el efecto sobre la piel, del que ya alertan muchos dermatólogos, sino el mensaje que reciben de que su rostro es algo que necesita ser corregido o mejorado desde la infancia.
¿Le impresiona que niños y niñas se hayan convertido ya en un nicho de mercado para la industria cosmética?
Me parece uno de los cambios más llamativos de los últimos años. Si no hay límites, la industria está dispuesta a dirigirse a niños muy pequeños para venderles productos que no necesitan. Y eso tiene consecuencias para la salud física y la forma de aprender a relacionarse con su cuerpo.
Muchas niñas empiezan a asociar las arrugas al fracaso antes incluso de haber envejecido. ¿Cree que estamos educando generaciones con miedo a hacerse mayores?
Mi generación creció con mucha presión alrededor de la delgadez, pero no con una obsesión tan temprana por las arrugas. Ahora vemos niñas preocupadas por prevenir un envejecimiento que ni siquiera ha comenzado, y eso significa que estamos incorporando un nuevo miedo a edades muy tempranas.
¿Las niñas se sienten más obligadas a cumplir expectativas, se autoexigen más?
Las niñas suelen observar e imitar muchísimo a sus madres, por eso digo que las madres somos las primeras influencers de nuestras hijas. Aprenden nuestras palabras, nuestros gestos y también nuestra forma de relacionarnos con el cuerpo. Si queremos cambiar algo de esta situación, no basta con mirar a la industria, tenemos que poner más atención a lo que sucede dentro de casa.
Escribe sobre “violencia estética”, que es una forma de pasar del piropo a señalar la imperfección para luego vender la solución. ¿Diría que vivimos en un sistema que primero genera inseguridad y después factura con ella?
Se toma algo completamente normal —una arruga, una mancha o una textura de la piel— y se convierte en un problema. Después aparece un producto o un tratamiento dispuesto a solucionarlo.
La medicina estética está copando las redes sociales. Vemos cirujanos mostrando operaciones y retoques constantemente, casi como un reality obsceno. ¿Le preocupa que hayamos normalizado tanto intervenir el cuerpo?
Las redes sociales han contribuido a normalizar cosas que hace veinte o treinta años nos habrían parecido extraordinarias. Hay una idea constante de que todo puede mejorarse y optimizarse, y el cuerpo ha terminado entrando también en esa lógica de perfeccionamiento permanente.
¿Operarse o hacerse tratamientos antiedad sigue siendo algo asociado a “las pijas” o esa barrera social ya ha desaparecido?
Cada vez menos. Es verdad que sigue habiendo una cuestión económica, pero todos estamos expuestos a los mismos modelos aspiracionales. Eso hace que personas con recursos muy distintos persigan los mismos ideales estéticos, a veces incluso recurriendo a tratamientos de peor calidad o más inseguros.
¿Qué es la cosmeticorexia?
Es una obsesión por las rutinas cosméticas y por el cuidado de la piel. Lo vemos en adolescentes que sienten ansiedad si olvidan sus productos o si se saltan un paso de la rutina. Cuando una niña de doce años cree que no puede pasar una noche fuera de casa sin su neceser de cosméticos, algo preocupante está ocurriendo.
No sabe uno de qué fiarse, muchas veces lo caro, lo vendido en farmacia o presentado casi como medicina no significa necesariamente que sea mejor. ¿Nos engaña constantemente la industria cosmética?
Creo que la industria utiliza estrategias muy sofisticadas para generar necesidades y para dotar de autoridad a determinados productos. Es importante desarrollar una mirada crítica, cuanto más conscientes seamos de cómo funcionan esos mecanismos, más difícil será que nos manipulen.
Insiste varias veces en que el botox es un veneno muy potente. ¿Usamos palabras como “neuromodulador” para suavizar o esconder esa realidad?
“Neuromodulador” es un término mucho más amable que “toxina botulínica”. Mi intención no es demonizar el botox, sino recordar que estamos hablando de una sustancia concreta y que toda la información debería estar encima de la mesa para que cada uno decida libremente.
Mucha gente joven ya recurre al botox de forma preventiva.
Probablemente es lo que más me inquieta. Que una persona adulta decida ponérselo es una cosa, pero cuando empezamos a hablar de chicos y chicas de veinte años la pregunta es ¿qué consecuencias tendrá normalizar esto durante décadas? Creo que todavía no lo sabemos.
“Las expresiones faciales no sólo comunican emociones, también las producen”. ¿Si paralizamos el rostro estamos limitando nuestra manera de sentir? ¿La cara está dejando de ser el espejo del alma?
Hay investigaciones muy interesantes que apuntan a que las expresiones faciales participan en la experiencia emocional, comunican lo que sentimos y forman parte de cómo lo sentimos. Por eso me parece una cuestión que merece mucha más atención de la que suele recibir.
Puede afectar incluso a los vínculos maternofiliales, una fisionomía pétrea dificulta la conexión emocional.
Algunos especialistas plantean que sí. Los bebés aprenden a interpretar el mundo a través de los rostros de quienes les cuidan. Por eso la expresividad facial no es un asunto menor ni una cuestión exclusivamente estética.
El botox no hace a nadie más joven, simplemente elimina arrugas. ¿Confundimos juventud con ausencia de signos de vida?
Esa diferencia es importante porque nos obliga a preguntarnos qué entendemos realmente por juventud y qué estamos intentando perseguir cuando eliminamos cualquier huella del paso del tiempo.
¿Envejecer es en realidad un triunfo que hemos aprendido a vivir como una derrota?
Envejecer significa que seguimos vivos. Sin embargo, hemos construido una cultura que nos anima a percibirlo como un fracaso. En el fondo, gran parte del libro trata de cómo se está alterando nuestra relación con el envejecimiento y con la muerte.
No quiere ponerse botox, aunque no está segura de mantener esa posición. ¿Es difícil sostener esa decisión cuando la presión estética es tan constante?
Sería poco honesto por mi parte presentarme como alguien inmune a esa presión. Hoy no quiero hacerlo, pero tampoco sé cómo viviré mi envejecimiento dentro de veinte años. Prefiero reconocer esa complejidad que adoptar una postura absoluta.
¿Hay alguna alternativa real al botox?
Más que una alternativa cosmética, creo que necesitamos una alternativa de mirada. Si dejamos de jugar una partida en la que siempre gana la industria de la belleza y empezamos a valorar más la experiencia, la sabiduría o la vida interior, aparece una relación mucho más libre con el cuerpo.
En un momento propone cambiar el foco hacia la espiritualidad, la sabiduría o una vida más plena. ¿Cree que desde ahí puede aparecer una relación más libre con el cuerpo?
Me dio mucha pena descubrir hasta qué punto a las mujeres se les promete juventud, pero no sabiduría. Creo que cuando dejamos de mirar únicamente hacia fuera y empezamos a mirar hacia dentro aparece un lugar mucho más amable desde el que relacionarnos con nuestro cuerpo y con el paso del tiempo.
¿Le parece normal sufrir por sentirse guapa?
Lo hemos normalizado durante mucho tiempo. La frase “para presumir hay que sufrir” ya nos da una pista de que esto no es nuevo. Lo que ocurre es que ahora la industria es mucho más sofisticada y tiene muchas más herramientas para convertir ese sufrimiento en negocio.
¿Por qué es tan difícil distinguir cuándo una se cuida desde el amor propio y cuándo lo hace desde la culpa o el miedo?
Es una frontera muy difusa, no creo que haya una respuesta sencilla. Quizá una pista sea preguntarnos cómo nos hace sentir aquello que estamos haciendo, si nos aporta libertad y bienestar o si nace de la ansiedad, la inseguridad o la necesidad de aprobación.
Cita a Chloë Sevigny cuando dice que “es demasiado difícil envejecer frente a una cámara”. Antes eso les ocurría a las actrices, ahora todos envejecemos frente a la cámara del móvil.
Uno de los grandes cambios de nuestra época, nunca antes habíamos pasado tantas horas observándonos. Antes la presión visual afectaba sobre todo a las personas famosas, ahora todos llevamos una cámara en el bolsillo y estamos constantemente expuestos a nuestra propia imagen. Es lógico que eso tenga consecuencias.
¿Las arrugas serán de izquierdas o de derechas?
Me interesaba más plantear la pregunta que responderla. Hay fenómenos muy curiosos, como determinados entornos donde incluso se buscan retoques exageradamente visibles. Creo que la relación entre estética, política y clase social es mucho más compleja de lo que parece y merece una reflexión propia.
¿Sigue preguntándose cómo envejecerá este libro?
Estoy muy agradecida por la acogida que está teniendo y me sorprende que esté conectando con generaciones tan distintas. Ojalá contribuya, aunque sea modestamente, a abrir una reflexión sobre nuestra relación con el envejecimiento. Pero cómo envejece un libro, igual que cómo envejecemos nosotros, responderá el paso del tiempo.
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