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Queridísima Mina: ¿El placer de mirar me convierte en mirona?
Pero guardar las pruebas –las fotos–, me haría declarar culpable ante cualquier tribunal. Dictamen: voyeuse.
14 de mayo 2026
Pero guardar las pruebas –las fotos–, me haría declarar culpable ante cualquier tribunal. Dictamen: voyeuse.
Queridísima Mina:
El otro jueves, caminaba por la calle cuando mi cabeza dijo: “Miremos a la gente”. La cabeza, llamémosla Jimi, dijo también: “Como cada vez es una persona diferente, no pueden darse cuenta de lo indecoroso de los tres segundos encarados”. Y me regodeé y los miré fijamente, los recorrí de arriba abajo.
“Qué chaqueta grande. Qué curiosa manera de colocarse el pelo, como dos paraguas sobre las orejas”, decía Jimi. Los observé con descaro, al primero y a las siguientes. No bajé la mirada y, como ellos no se conocían entre sí, no me delataron. Alguno sí se dio cuenta, mantuvo o apartó los ojos, pero no lo pudo comentar con nadie. Nadie sabía nada, nadie me conocía.
Dijo Jimi: “Es mejor esto que anestesiarte otra vez con música y podcasts. No puedo con otro formato conversacional”. Tenía razón, lo disfrutamos, pero yo luego me sentía muy culpable y tú pensarás que doy escalofríos. ¿El placer de mirar me convierte en mirona?
Desde ese día he estado buscando consuelo en recuerdos y lecturas. Durante las tardes tediosas cuando era niña, mi padre me decía que él no se aburría nunca y me invitaba a "pasear la mirada”. Lo recuerdo observando la habitación, pero allí había objetos, no otras personas.
Me he dado cuenta también de que cuando saco la cámara ya no siento tanta culpa y Jimi es más amable: “Qué bonito aquel pliegue de la mano, cómo cae ese pantalón, mira el reflejo del sol en aquella chica”, me señala con los ojos. Pero guardar las pruebas –las fotos–, me haría declarar culpable ante cualquier tribunal. Dictamen: voyeuse.
Ante esta revelación, me encerré en mi apartamento con Jimi. Estuvimos pensando, leyendo mucho y en el descenso cayó en mis manos Incensurable de Luna Miguel, que reivindica leer y releer clásicos como Lolita, de Vladimir Nabokov. Adoré Lolita cuando tenía 18 años y, ahora que ya estaba aceptando mi perversión, quería entenderla mejor. No esperaba encontrar en sus páginas una mano de Nabokov dispuesta a volver a sacarme a pasear. Son tres líneas del final de su novela El ojo, que según la autora “airea una filosofía de vida”:
“Me he dado cuenta de que la única felicidad en este mundo consiste en observar, espiar, acechar, escudriñarse a uno mismo y a los demás, no ser más que un gran ojo, ligeramente vítreo, algo inyectado en sangre, imperturbable. Juro que esto es la felicidad”.
Desde entonces, ando buscando El ojo para leerlo, ¿crees que podrías ayudarme a encontrarlo? Podemos salir a pasear juntas en tu próxima visita.
Atentamente tuya,
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