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Borracho seco I: El pilates
En cada clase me asalta la pulsión destructora. Fantaseo con fumarme un árbol y comer cruasanes hasta reventar.
8 de mayo 2026
En cada clase me asalta la pulsión destructora. Fantaseo con fumarme un árbol y comer cruasanes hasta reventar.
Hay días en que quiero matar a mi instructor de pilates. Es un tipo majete, menudo y fibrado, que se ríe mucho. Me cae bien y es bueno en lo suyo. Pero hacemos las clases muy temprano por la mañana y a mi no me gusta que me den órdenes, especialmente cuando estoy sudando, sin desayunar, subido a una máquina llena de cuerdas y poleas que más bien parece una versión moderna de un potro de torturas medieval.
Mi profesor tiene pinta de haber vivido varias vidas y haberse corrido unas juergas descomunales, y aún así, con casi sesenta, tiene un físico que yo jamás tendré. Empezó en lo del pilates tarde, pasados los cincuenta, después de ser surfero, hacerse empresario, tener una hija, divorciarse, y vender los negocios que tenía. “A la mierda el estrés”, se dijo. Es un ejemplo más de que nunca es demasiado tarde para volver a empezar. Siempre que tengas la disposición de ánimo, los recursos, o el valor.
Yo también me sumé a lo del pilates bastante tarde, y obligado. No porque me guste ir por ahí en mallas, sino porque tuve una hernia discal, que me dejó hecho polvo el nervio ciático y me llevó al quirófano. “Necesitas recuperarte”, me decían el cirujano, mis padres, los colegas. Y también: “vas a cumplir cuarenta, ya va siendo hora de que te cuides”. Y yo, que a estas alturas del partido todavía no tengo muy claro qué es “cuidarse”, asiento y murmuro “sí, sí”, porque la parte racional de mi mente sabe que tienen razón. Pero yo, que dejé de beber ahora hace tres años por pura supervivencia, después de una década y pico de alcoholismo, soy un adicto. Y los adictos no somos gente que nos manejemos mediante el raciocinio y el cálculo.
Soy lo que se conoce como un borracho seco. Eso significa que no bebo, pero todavía arrastro cantidad de taras y malos hábitos de esos años, y fumo demasiado y me pirra el chocolate y llevo meses pagando una cuota de gimnasio sin ir, como si me sobrara el dinero. Me siento más cerca de mi gato, una adorable bola de pelo naranja y a la que no hay manera de quitarle el kilo y medio que le sobra, que de los amigos que se desviven en darme consejos, o de mi novia que a veces, cuando le explico mis paranoias, me mira con cara de “espabila de una vez, que tienes más años que la playa”. Ella también tiene razón, qué os voy a contar.
Así que voy dos veces por semana a dejar que mi profesor me torture, me ponga del revés y del derecho, me haga estirar y doblar la columna, anteversión, retroversión, el culo hacia arriba, la pierna a un lado, la lengua fuera. A que me diga, mientras mi pelvis cuelga en el vacío, mi rostro se congestiona, me falta el aire y estoy a punto de echar el hígado por la boca, que me fije bien, que estoy separando demasiado las rodillas. Tus muertos. Ni siquiera soy consciente de tener rodillas ahora mismo, maldito sádico. No le digo nada. Termino mi ejercicio como puedo, pensando en maneras de atropellarle y hacer que parezca un accidente. En acabar la sesión, liberarme de mis obligaciones y fumarme un cigarro. O cuatro.
Y está bien el pilates, y en verdad me gusta mi profesor. Charlamos y nos contamos la vida en los minutos previos y posteriores a la clase. Después de un año he aprendido a apreciarle. Mi columna ha mejorado mucho, y toda esta contorsión me ahorra muchos dolores. Pero aún así, en cada clase me asalta la pulsión destructora. Fantaseo con fumarme un árbol y comer cruasanes hasta reventar. Me asaltan imágenes del pasado, pensamientos funestos. Trato de apartarlos. En estos años he aprendido que, cada vez que algo me sienta bien, mi yo autodestructivo se pone a maquinar maneras de boicotearlo. Así funciona el cerebro del adicto. Tantos años haciéndonos polvo que al final el bienestar se nos hace raro.
Pero acabo la clase, sudado y, en el fondo, agradecido. El profesor suelta una risotada al verme rojo de pies a cabeza, bufando como un cochino, y yo me cambio y salgo a las calles del Poble Nou. Rodeado de estudiantes de diseño y expats que caminan con su macha latte en la mano (quizás camino de yoga, de barre, de su taller de cerámica), de pieles jóvenes e hidratadas, de gente que viste más moderno y mejor que yo, y que tienen una energía que vete a saber dónde se me quedó, pienso si llegará el día en que disfrute de cuidarme como es debido. Como esa gente que, menuda rabia, dice que se han enganchado a correr, o al pádel. Cómo serán mis próximos años, ahora que oficialmente soy un señor que tiene que preocuparse por su cuerpo, si yo sólo me engancho a cosas que me hacen daño.
Enfilo hacia el trabajo subido al patinete eléctrico que me compré cuando la lesión empezó a impedirme ir en bici. Me dije a mi mismo que jamás usaría un cacharro de estos, pero la vida va cómo va. Y aunque te sientes muy poco sexy, y tienes muchas más probabilidades de que alguno de los tres mil policías de nuestro querido alcalde te ponga una multa, hay que decir que no está tan mal. Con la edad, y aunque me joda, es verdad que va asentándose un cierto pragmatismo, y se hace muy obvia y real sensación de que ya nada es como antes. Ni la ciudad, ni tus amigos, ni tú mismo, empezando por tu cuerpo traidor. Puedes vivirlo con pena, con nostalgia, te puede dar rabia. Yo prefiero concentrarme en uno de los mantras de Alcohólicos Anónimos: si consigues no beber hoy (sustituyan beber por la mierda dañina que les plazca), mañana será otro día. Todo lo demás, ya nos lo iremos encontrando.
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