Libros

Escondido en un libro

Estaba, sigue estándolo, enterrado en 'Sueño', la cuarta parte de 'Tu rostro mañana', de Javier Marías.

28 de abril 2026 · 1 comentario


Cuando yo tendría catorce o quince años, mi madre, lectora incondicional de Javier Marías, le envió una tarjeta de navidad a su editorial contándole cuánto le gustaba su obra, y contándole también que yo corría los domingos al quiosco para comprar el país semanal y leer su columna de la última página de la revista. Él nos respondió, amabilísimo, con una copia de su discurso de ingreso en la Real Academia Española, Sobre la dificultad de contar, y una dedicatoria que decía: «A la familia López-Pita y en especial al joven Fernando, confiando en que me aguante un texto más largo».


Muchos años después, se me viene esta otra frase a la cabeza: «La mejor manera de guardar un secreto es escribir un libro». La busco en internet y veo que se le atribuye a Manuel Azaña. Creo que he encontrado un secreto de esa clase, uno escondido en un libro. Una insinuación. Quizá sólo un sueño del autor. Pero, desde luego, un sueño escrito con algún propósito. Quién sabe cuál. Al fin y al cabo, su autor basó gran parte de su obra en pensar sobre lo que se dice y lo que no, en lo esclavos que somos de lo que decimos y, aun peor, de lo que sabemos o escuchamos o nos cuentan sin poder hacer nada por evitarlo.


Hará unos cuatro años que encontré aquel secreto guardado en un libro. Por alguna razón, no le conté a nadie mi hallazgo, y casi me olvido del asunto. Pero lo recordé hace unos días, cuando Bruno Pardo publicó en el ABC un artículo haciéndose eco de la correspondencia aparecida entre Camilo José Cela y Dolores Franco, Lolita, esposa de Julián Marías y madre de otros cinco Marías varones, entre ellos el novelista Javier, antes de convertirse en esposa y madre. Dichas cartas aparecen en un libro de la Fundación Santander editado por el catedrático de literatura española Adolfo Sotelo Vázquez, tras obtener éste acceso al fondo de Julián Marías y el de Lolita Franco, recientemente depositado en la Biblioteca Histórica de la Complutense.


Aunque parece que Lolita retiró del lote las cartas más subidas de tono, aún así se pueden comprobar los torpes intentos galantes de Cela para con la madre de Marías: «Si no me quieres como amigo, quiéreme como a un mueble o como a un perro, pero quiéreme, Lolita». Pardo entrevistó al investigador Sotelo Vázquez, quien se conoce llevaba años detrás de la correspondencia: “Me dediqué a ver si convencía a los hijos de Lolita Franco. Javier Marías siempre me decía: eso son cosas de la revista 'Hola', Adolfo, déjalo”. A Marías, por lo que sea, Cela nunca le hizo gracia — añade el periodista.




Como decía, leí aquello hace años. Estaba, sigue estándolo, enterrado en Sueño, la cuarta parte de Tu rostro mañana, de Javier Marías. Digo cuarta parte porque esta novela, extensísima, está dividida en siete partes, aunque se presentó al público en forma de tres volúmenes: Fiebre y lanza, Baile y sueño, Veneno y sombra y adiós, siguiendo este último título su tan característica manera de emplear las y griegas en las enumeraciones.


En rigor, el argumento de Tu rostro mañana es extraordinariamente sucinto para una novela de su calibre —ya que en este libro Marías sublima su técnica de detener el tiempo, de manera que en cada una de las partes suceden una o dos escenas a lo sumo, en otras apenas si una conversación— y además para el caso que nos ocupa baste con saber que el protagonista es Jaime, Jacobo, Jacques o Jack Deza, como siempre un trasunto del autor. Y que se cruza con diferentes personajes, unos muy turbadores, otros excepcionalmente amables, entre Inglaterra y Madrid. Uno de ellos es su padre, Juan Deza.


En la novela, Juan Deza es inequívocamente Julián Marías, y ya en el primer volumen cuenta la historia de cómo acabó en la cárcel acusado de comunista por el que había sido su mejor amigo, algo muy cercano a la historia oficial, pero que Juan Deza aprovecha para puntualizar y novelar y empezar a reflexionar sobre el pasado, sobre la conveniencia de no decir, la traición que a veces supone hacerlo.


En Sueño, una escena de violencia inesperada en Londres hace que Deza hijo se acuerde de una conversación con su padre, en la que éste le refirió dos eventos insoportablemente salvajes de escuchar —no ya de vivir o contemplar, solo de haberlos oído contar— que tuvieron lugar durante la Guerra Civil española. El segundo, según la narración de su padre, lo escuchó así, durante los años de posguerra en Madrid:

Tampoco me deshice nunca de otro relato de la Guerra que, por ejemplo, mira, no se me ocurrió contarle a vuestra madre entonces, aunque ella estuviera curada de espantos (...) para qué, pensé, para qué angustiarse con algo más (...) Pero no se me ha olvidado, eso era mucho esperar, cómo podía. El regalo me lo hizo un notorio escritor falangista que luego dejó de ser lo segundo, como casi todos (...)


En ese momento, Jaime o Jacobo Deza le pide a su padre le revele el nombre del escritor, pero él se niega explicando que, pese a que le tiene «asco, y una tremenda aversión», y de que durante los cincuenta años siguientes evitó encontráselo cuando ojeaba la prensa o la televisión, conoció y trató a su mujer por trabajo, y que le tenía respeto a ella.


La narración de Juan Deza prosigue explicando que, como no tenían un duro por aquel entonces y para celebrar unos encargos de traducción que le dio un editor, se fueron a celebrarlo (invitaba el editor) al Café Roma de Serrano. Allí, nada más entrar, les llaman a una mesa ciertos conocidos, uno de ellos «el escritor en cuestión, aún flamante falangista». Prosigue el padre:


El escritor, en realidad, sólo empezaba a sonar entonces como tal: había publicado un libro de poesía anticuada (...) más tarde dejó el verso y se dedicó a la novela, que fue con lo que hizo carrera; escribió algo de teatro pedestre y un ensayo pedestre también.


La tertulia de la mesa estaba ya envalentonada contando historias de la Guerra, como se debía de hacer entonces. Dice Juan Deza:


En medio de todo ello, el escritor mencionó un hombre para mí bien conocido y bastante apreciado, el de un antiguo compañero de la Universidad (...) era un hombre que caía bien: Emilio Marés, andaluz, muy simpático, ingenioso, era presumido con gracia y frívolo con deliberación, se las daba de anarquista pero sin ninguna solemnidad (...) El inicio de la Guerra lo había pillado en su Tierra, para el 18 de julio muchos estudiantes que no eran de Madrid ya se habían ido a sus lugares de origen a pasar el verano con sus familias, él era de un pueblo de Málaga o Granada, no estoy seguro, creo que su padre era alcalde socialista (...) Imaginamos que había sido fusilado sin más (...)


Pero no había sido fusilado sin más. El todavía falangista escritor estaba contando la batallita de aquella época, explicando que, a veces, al detenerlos, los rojos se ponían muy dignos si les obligaban a cavar sus propias tumbas antes de fusilarlos. Se acordaba de uno en especial:


“Un lechuguino que se llamaba Emilio Marés”, esas fueron sus palabras, “hijo de un alcalde rojo de por allí”, se negó y les dijo a sus verdugos: “A mí me podréis matar y me vais a matar. Pero a mi no me toreáis”. No estaba dispuesto a hacerles parte del trabajo, vamos. La salida me casó con el personaje que yo conocía, aunque claro, ese día sin su buen humor: un desplante postrero, no debía de quererse ver con una pala en la mano en el momento final sacando tierra, sudando y manchándose (...) «Como que me llamo Emilio Marés, a mí no me toreáis, insistió» (...)


Y prosiguió contando el escritor, en boca de Juan Deza:


“Nada más os digo que en mala hora se le ocurrió emplear esa expresión, porque, ¿sabéis lo que hicimos?” Y el escritor esperó un poco, como para crear expectativa y buscar un mayor efecto, como si en verdad necesitara oírnos decir “No, ¿qué?”, aunque tampoco se lo guardó lo bastante, porque la pregunta era sólo retórica, teatral. Entonces bajó el índice con energía sin llegar a tocar la mesa, como si puntualizara o subrayara, o presumiera de la respuesta, y a la vez que hacía ese gesto se la dio y nos la dio: “Lo toreamos”, dijo con jactancia. Satisfecho de la lección. Me acuerdo que se hizo un silencio inmediato, de estupor, de incomprensión. Yo creo que ninguno acabamos de entenderlo bien (...) “¿Qué quieres decir, que lo toreasteis?” “Eso. Que le tomamos la palabra y lo toreamos, literalmente. Lo lidiamos”, contestó el escritor. “La idea fue del malagueño que le tenía ganas ya de antes. «Conque no, ¿eh?», le dijo. «Tú te vas a enterar.» Y cogió la camioneta, se volvió para la ciudad y en menos de media hora estaba de regreso en el campo con todos los trastos. Allí mismo lo banderilleamos, lo picamos un poquito desde el techo de la camioneta haciéndole pasadas lentas, y luego fue su paisano el que se encargó del estoque. Un tipo atravesado, muy cabrón, y se vio que tenía algo de práctica, le entró muy bien a matar, la primera hasta el fondo, cruzada en el corazón. Yo le puse sólo un par de banderillas cortas, en lo alto de la espalda. Vaya si se enteró, el tal Emilio Marés. A los otros los tuvimos de público y los obligamos a gritar olés. No los fusilamos hasta rematar la faena, en premio por haber cavado. Así pudieron ver de lo que se habían librado. El malagueño se empeñó en cobrarse una oreja. Un poco pasado de rosca, pero tampoco se lo íbamos a impedir los demás.” Eso fue lo que contó durante el aperitivo el famoso y celebrado escritor’, añadió mi padre, y su voz sonó abatida nada más acabar la rememoración; (...)


Entonces la insinuación, el sueño. Solo Marías sabe por qué decidió decir, no callar, por qué decidió escribir estas tres últimas frases para el capítulo:


‘aunque cuando de verdad fue famoso ya sí que no lo volvió a contar. Tuvo exequias solemnes cuando murió. Creo que hasta un ministro muy democrático ayudó a llevar el ataúd’.




Recuerdo la primera vez que leí esto, eran las tantas de la madrugada y no podía dormir, menos después de algo así. Salté de la cama y lo busqué en internet. Ahí estaba.

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