Contra el esquí

Las estaciones son los centros comerciales de la naturaleza. Hacer cola, una de las pasiones del hombre moderno.

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En un pasaje de Harry Potter, uno de esos que se te quedan pegados para siempre, recuerdo que Papá Weasley (experto en asuntos muggles, es decir, en el estilo de vida no-mágico), le preguntaba a Hermione (hija de muggles y por tanto ducha en estos temas) que cuál era la función exacta de a) el patito de goma y b) el esquí alpino. 

El filósofo Slavoj Žižek, natural de Eslovenia, dice que el esquí es una actividad humana imbecilizante, la más cercana posible a subirse voluntariamente a una rueda de hámster: «escalas (o te arrastran) a la cima de una montaña. ¿Para qué? Para volver a bajar esquiando… ¿No sería mejor simplemente quedarse abajo leyendo un buen libro?»

Más allá de bromas: cuando llega cada temporada de esquí, la sociedad española en su totalidad cae víctima de un caso claro de enajenación colectiva, en el que todos cierran filas en torno a la práctica del deslizamiento sobre nieve.


Una prueba clara de este fenómeno es la sobrerrepresentación de las estaciones en los telediarios, que durante al menos cuatro meses al año disfrutan de su cuota de minutos en conexión en directo (!) para que la gente de Badajoz o Pontevedra tome buena nota de cuántos kilómetros de pistas abiertas disponen, de cómo luce el día en el valle de Arán y de cuál es la textura más parecida de la nieve en ese momento (papilla, polvo, metanfetamina, etc). ¿Os imagináis que hicieran lo mismo con todos los senderistas, ciclistas o patinadores del país? ¿No, verdad? Es porque la razón de ser de las estaciones de esquí es precisamente la de aglutinar masas para hacer rentable una inversión fabulosa. Son los centros comerciales de la naturaleza. Hasta disponen de sus propias escaleras mecánicas, llamadas remontes, en los que, básicamente, se hace cola. Emplear días de vacaciones. Interminables viajes en coche o avión. Subida a la montaña más remota disponible conduciendo sobre el hielo. Alquiler de material y de casas, estupendos madrugones, dolores en la tibia y en el hombro, eso cuando no rotura de ligamentos y de huesos hasta entonces desconocidos. Para luego hacer cola.

Porque hacer cola es una de las pasiones del hombre moderno. La fila india es el símbolo último de estatus, pues muestra que has elegido un bien o servicio (persona autónoma) por el que más gente ha optado (pero tampoco estás loco). Las colas, además, funcionan como un fabuloso ascensor social en miniatura: sabemos que ponerse el último es humillante, pero transitorio. Unos minutos de esconder la cabeza, y luego siempre aparece más gente dispuesta a engrosar la denigrante retarguardia. Lo soportan porque, al poco, se puede lucir la frente bien alta al saberse miembro del noble segmento medio de la cola; ni os cuento al llegar a ese olimpo formado por los primeros de la misma. Esos instantes en los que uno está en el percentil 10 de la fila de una discoteca toca el mismo cielo con los dedos. Ser famoso debe de ser algo así, estar permanentemente a la vanguardia de una cola, a punto de entrar, sonriendo con generosidad y diciéndole a la gente que aguante, que al final llegarán. Así, recorrer las caras de una cola de una discoteca o de una heladería es transitar todo el rango del orgullo humano, todo el espectro de emociones. Por eso funcionan el Berghain y el Kahlúa de la calle Fuencarral de Madrid, por el mecanismo borgiano de la lotería de Babilonia. Son simulacros de epicidad, pero la heladería no es tan guay porque no está la posibilidad de que te castiguen sin helado al final; como mucho, te escupen en la tarrina. Me pregunto si lo petaría una estación con remontes selectivos, que solo te admitiesen en función de la impresión que le des a un monitor de esquí con gafas de aviador y cristales de espejo azul. Seguro que sí.

Marin Parr, The New Queue

Como decíamos, ir a esquiar es en realidad ir a hacer cola en la cota más alta posible, lo cual tiene mucho sentido para con la dinámica de las colas. Alquilar el material es hacer cola. El dolor de las botas en la tibia es hacer cola. Pernoctar cerca o lejos de la estación en función del presupuesto, es una cola. Esperar para mojar el pan en la fondue es una cola. Incluso las conexiones de los telediarios de las que hablábamos son pura cola, siendo las apariciones de los Reyes en Baqueira a 2.000 metros s.n.m. el summum de estar los primeros a la cola, y los telespectadores a ras de mediterráneo, los últimos de la misma.

Os imagino a los esquiadores que me leáis echando nieve polvo por las orejas. A vosotros deciros que sí que he ido a esquiar, y que me gusta mucho el deslizamiento, la sensación de velocidad. Lo que ocurre es que esta sensación sucede cada muchas colas, y no sé si merece la pena pasar por todo ese trastorno burocrático y humillante. También se puede ir a toda hostia cuesta abajo en bici, en moto o en patines. En cuanto al otro argumento, el de la naturaleza, me pasa lo mismo: estás en sitios muy bonitos pero rodeado de hordas de gente, igual que intentando ver los cuadros más famosos de un museo (pero sin destacamentos de japoneses alrededor). Un argumento que se me ha dado es el de que hay que ir a los Alpes para estar solo y disfrutar de una naturaleza sobrecogedora. Es decir, que hay que ir a una cola mejor. Pero a mí me da la sensación que la conexión con la naturaleza es también una disposición del ánimo: igual que uno se puede emocionar con un músico en el metro y maldecir por agobio en el Louvre, quizá un paseo por la sierra de Gredos o los alrededores de una estación de servicio en Zamora pueda convertirse en igual o más decisivo que un atardecer en el Matterhorn.

Nos vemos en el Après ski

Pronto haremos más bolsas, que llevan meses agotadas.
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El filósofo Slavoj Žižek, natural de Eslovenia, dice que el esquí es una actividad humana imbecilizante, la más cercana posible a subirse voluntariamente a una rueda de hámster: «escalas (o te arrastran) a la cima de una montaña. ¿Para qué? Para volver a bajar esquiando… ¿No sería mejor simplemente quedarse abajo leyendo un buen libro?»

Más allá de bromas: cuando llega cada temporada de esquí, la sociedad española en su totalidad cae víctima de un caso claro de enajenación colectiva, en el que todos cierran filas en torno a la práctica del deslizamiento sobre nieve.


Una prueba clara de este fenómeno es la sobrerrepresentación de las estaciones en los telediarios, que durante al menos cuatro meses al año disfrutan de su cuota de minutos en conexión en directo (!) para que la gente de Badajoz o Pontevedra tome buena nota de cuántos kilómetros de pistas abiertas disponen, de cómo luce el día en el valle de Arán y de cuál es la textura más parecida de la nieve en ese momento (papilla, polvo, metanfetamina, etc). ¿Os imagináis que hicieran lo mismo con todos los senderistas, ciclistas o patinadores del país? ¿No, verdad? Es porque la razón de ser de las estaciones de esquí es precisamente la de aglutinar masas para hacer rentable una inversión fabulosa. Son los centros comerciales de la naturaleza. Hasta disponen de sus propias escaleras mecánicas, llamadas remontes, en los que, básicamente, se hace cola. Emplear días de vacaciones. Interminables viajes en coche o avión. Subida a la montaña más remota disponible conduciendo sobre el hielo. Alquiler de material y de casas, estupendos madrugones, dolores en la tibia y en el hombro, eso cuando no rotura de ligamentos y de huesos hasta entonces desconocidos. Para luego hacer cola.

Porque hacer cola es una de las pasiones del hombre moderno. La fila india es el símbolo último de estatus, pues muestra que has elegido un bien o servicio (persona autónoma) por el que más gente ha optado (pero tampoco estás loco). Las colas, además, funcionan como un fabuloso ascensor social en miniatura: sabemos que ponerse el último es humillante, pero transitorio. Unos minutos de esconder la cabeza, y luego siempre aparece más gente dispuesta a engrosar la denigrante retarguardia. Lo soportan porque, al poco, se puede lucir la frente bien alta al saberse miembro del noble segmento medio de la cola; ni os cuento al llegar a ese olimpo formado por los primeros de la misma. Esos instantes en los que uno está en el percentil 10 de la fila de una discoteca toca el mismo cielo con los dedos. Ser famoso debe de ser algo así, estar permanentemente a la vanguardia de una cola, a punto de entrar, sonriendo con generosidad y diciéndole a la gente que aguante, que al final llegarán. Así, recorrer las caras de una cola de una discoteca o de una heladería es transitar todo el rango del orgullo humano, todo el espectro de emociones. Por eso funcionan el Berghain y el Kahlúa de la calle Fuencarral de Madrid, por el mecanismo borgiano de la lotería de Babilonia. Son simulacros de epicidad, pero la heladería no es tan guay porque no está la posibilidad de que te castiguen sin helado al final; como mucho, te escupen en la tarrina. Me pregunto si lo petaría una estación con remontes selectivos, que solo te admitiesen en función de la impresión que le des a un monitor de esquí con gafas de aviador y cristales de espejo azul. Seguro que sí.

Marin Parr, The New Queue

Como decíamos, ir a esquiar es en realidad ir a hacer cola en la cota más alta posible, lo cual tiene mucho sentido para con la dinámica de las colas. Alquilar el material es hacer cola. El dolor de las botas en la tibia es hacer cola. Pernoctar cerca o lejos de la estación en función del presupuesto, es una cola. Esperar para mojar el pan en la fondue es una cola. Incluso las conexiones de los telediarios de las que hablábamos son pura cola, siendo las apariciones de los Reyes en Baqueira a 2.000 metros s.n.m. el summum de estar los primeros a la cola, y los telespectadores a ras de mediterráneo, los últimos de la misma.

Os imagino a los esquiadores que me leáis echando nieve polvo por las orejas. A vosotros deciros que sí que he ido a esquiar, y que me gusta mucho el deslizamiento, la sensación de velocidad. Lo que ocurre es que esta sensación sucede cada muchas colas, y no sé si merece la pena pasar por todo ese trastorno burocrático y humillante. También se puede ir a toda hostia cuesta abajo en bici, en moto o en patines. En cuanto al otro argumento, el de la naturaleza, me pasa lo mismo: estás en sitios muy bonitos pero rodeado de hordas de gente, igual que intentando ver los cuadros más famosos de un museo (pero sin destacamentos de japoneses alrededor). Un argumento que se me ha dado es el de que hay que ir a los Alpes para estar solo y disfrutar de una naturaleza sobrecogedora. Es decir, que hay que ir a una cola mejor. Pero a mí me da la sensación que la conexión con la naturaleza es también una disposición del ánimo: igual que uno se puede emocionar con un músico en el metro y maldecir por agobio en el Louvre, quizá un paseo por la sierra de Gredos o los alrededores de una estación de servicio en Zamora pueda convertirse en igual o más decisivo que un atardecer en el Matterhorn.

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