Lugares

¿Para quién son las ciudades?

Se puede optar por una arquitectura como la de Lina Bo Bardi: que no solo respete los modos de vida preexistentes sino que además los defienda y los ponga en el corazón del proyecto.

21 de septiembre 2026


Dar un paseo por un parque temático es probablemente menos estresante que darlo por el centro de València. La comparación no es accidental, por supuesto. Cualquiera que haya puesto un pie en la Plaza del Mercado, la de la Reina, la del Ayuntamiento o alguna de las calles adyacentes a esas zonas sabe bien de qué hablo. Para quienes no hayáis tenido la suerte de hacerlo (o desgracia, según se vea), dejadme que os lo describa.

Mientras caminas por la calle te rodean más personas de las que alcanzas a ver, te tropiezas con las que se paran a hacer una foto al rincón más feo y absurdo que han podido encontrar (pero que a ellas les parece encantador, mediterráneo, muy europeo) y que te miran mal si se te ocurre pasar por delante de la cámara. Caminan lento por la calle porque nunca tienen prisa, total, están de vacaciones. Tienes que ir sorteando a gente por el escaso hueco que queda en la acera, que está ocupada por terrazas donde hay gente cenando paella mediocre y cara a las cinco de la tarde. Todos los comercios y restaurantes por los que pasas tienen el mismo aspecto, y si te abstraes mínimamente casi podrías sentir que estás en cualquier otra ciudad con el mismo tipo de comercios y restaurantes. Finalmente llegas a la parada del bus, y si tienes suerte no estará lleno de turistas que van a la playa. Pero como hay mucho turista y poco transporte público, se complica ir a casa, al trabajo o a ver a tus amigos. Y cuando llegas a casa te sientes sobreestimulada y expulsada.


Hoy en día los centros de las ciudades se han transformado en escenarios: decorados para el que viene de vacaciones a consumir en los que, como si de un parque temático se tratara, todo es artificial e impostado. En la España vaciada mueren los pueblos y con su muerte muere también todo su patrimonio inmaterial, pero es que en la España llena(da) también mueren los barrios y las ciudades, y con ello su patrimonio. Y todo esto parece muy nuevo y muy reciente, pero en la década de los 80 la arquitecta Lina Bo Bardi ya intuía todo lo que se nos venía encima.

Lina Bo Bardi nació en Roma en 1914, pero para poder ver alguno de sus proyectos es necesario viajar hasta Brasil, donde contribuyó a la modernización arquitectónica del país junto a otros arquitectos como Niemeyer o Vilanova Artigas. En 1987 se le invitó a intervenir el barrio del Pelourinho, ubicado en el centro histórico de Salvador de Bahía, que se encontraba en un estado de deterioro inadmisible para una zona que apenas dos años atrás había sido añadida a la lista del Patrimonio Cultural de la Humanidad de la UNESCO. En este proyecto, al igual que en el resto de proyectos que llevó a cabo a lo largo de su vida, la arquitectura se entendía como algo puesto al servicio de lo colectivo y comprometido con el contexto que ocupa: una arquitectura que en ocasiones se olvida, pero que casi cuarenta años más tarde sigue siendo no solo relevante, sino más necesaria que nunca.

El objetivo de la italiana era recuperar el papel tradicional del centro de la ciudad como lugar de trabajo, reunión, vivienda y ocio de la población. En ciudades como Roma, Bolonia o Venecia ya se estaban dando las situaciones que se viven hoy en día en buena parte de las grandes ciudades europeas: la base social de los centros históricos se había transformado, expulsando a la población que llevaba generaciones habitando en ellos y dándoles otras soluciones en la periferia de las ciudades, atrayendo en su lugar a los visitantes con tiendas y servicios turísticamente atractivos. La propuesta de Lina iba más allá de la mera transformación de los edificios: lo que ella pretendía era preservar el “alma popular de la ciudad”.

De todo esto tan solo se pudo llevar a cabo la rehabilitación de una zona como proyecto piloto, la Ladeira da Misericórdia, donde la restauración de los edificios se llevó a cabo concibiéndolos de manera que las primeras plantas estuvieran destinadas a apartamentos para personas de bajos ingresos y las plantas bajas a pequeños comercios familiares. Pero el proyecto no llegó a su término. ¿El problema? El de siempre: los cambios políticos, los intereses económicos. La administración municipal de la ciudad cambió y el proyecto se fue abandonando hasta acabar expropiando los edificios, obligando a la población más pobre a marcharse. Con el tiempo, el centro histórico acabó perdiendo su carácter residencial y se convirtió en lo que es ahora el centro de València: un centro comercial dedicado al consumismo y al turismo, precisamente lo que Lina Bo Bardí quería evitar.

Frente a los rasgos únicos e identificativos de los barrios y ciudades que van formándose y conformando su tejido socioeconómico de manera orgánica, todas las ciudades invadidas por el consumismo y el turismo acaban teniendo algo de similar, algo que sentimos que ya hemos visto o que al menos podríamos ver en otros lugares. La raíz del problema –como la de la inmensa mayoría– es económica. Ya lo dijo Guy Debord en La sociedad del espectáculo: el sistema capitalista unifica el espacio y elimina las cualidades y autonomías de los lugares, homogeneizando el territorio que habitamos. El aspecto de nuestras ciudades y las actividades que se llevan a cabo en ellas ya no dependen de los propios intereses y particularidades de las comunidades que habitan en su interior, sino que vienen impuestas por las propias dinámicas del mercado, que para sobrevivir necesita ser lo más global posible, caricaturizando y exotizando lo local para hacerlo atractivo y que el visitante quiera seguir viniendo a disfrutar de algo aparentemente distinto a lo que ya conoce.

Obras de rehabilitación en la Ladeira da Misericórdia.jpg

Donde antes había un restaurante que solo se podía encontrar ahí ahora hay una franquicia que está por todas partes y todos los negocios empiezan a tener el mismo aspecto, incluso sin pertenecer a la misma empresa. El lugar al que antes ibas a merendar chocolate con churros con tus amigos estando rodeados de señoras mayores cierra y en su lugar abre un lugar de brunch, y una no puede evitar preguntarse qué narices hacen lugares como estos en València, cuando aquí lo que se ha hecho siempre es ir de almuerzo y no de brunch. Las tradiciones y costumbres de quienes siempre han vivido aquí van cambiando y se van adoptando otras de gente que ni siquiera vive aquí, que solamente está de paso. Y aunque los centros de las ciudades están repletos de gente, la realidad es que se han vaciado de toda la vida cotidiana que un día tuvieron. ¿Podemos, por lo tanto, seguir considerando el centro urbano como un lugar que poder habitar?

No es cuestión, por supuesto, de una vuelta al pasado ni de mirar atrás con nostalgia. Es cuestión de plantearse las razones por las que nos hemos acabado encontrando en una situación como esta, qué se hizo mal, cómo se podría haber hecho mejor, y qué podemos hacer ahora. La arquitectura y el urbanismo no solo configuran el aspecto de las ciudades, sino que también dictan quiénes pueden vivir en ellas y de qué manera. Se puede dar forma a edificios y ciudades con los que algunos sacan tajada mientras otros sufrimos las consecuencias, o bien se puede optar por una arquitectura como la de Lina Bo Bardi: que no solo respete los modos de vida preexistentes sino que además los defienda y los ponga en el corazón del proyecto. Tal vez el abandono de la rehabilitación del Pelourinho cuarenta años atrás no era más que un presagio de todo lo que estaba por venir, pero no por ello debemos rendirnos y aceptar que nuestras ciudades se vendan al mejor postor sin ofrecer resistencia y alternativas.

Hoy en día vivir en el centro de una ciudad se considera un privilegio, una pesadilla o ambas, por lo que es más necesario que nunca poner sobre la mesa otras posibilidades y repensar nuestras ciudades: abogar por una arquitectura que no solo construya vivienda sin más, sino que en el corazón del proyecto esté el bienestar físico, económico y social de sus habitantes. ¿No sería acaso bonito poder elegir vivir en cualquier zona de nuestras ciudades sin sentir que nos están tratando de expulsar de ellas?

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