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La banalidad de la cultura
Todo acto de inteligencia ha de apuntar contra un hijo de puta.
28 de septiembre 2026 · 1 comentario
El bello mundo me produce asco. / Si pudiera, lo haría / saltar en pedacitos por los aires / y con él a mí misma.
Carmen Jodra
En 1917, mientras el mundo conocido, a punto de parir un alien por las tripas, se retorcía en sus últimos espasmos, Pío Baroja se encontraba escribiendo en su mohíno caserío de Itzea un libro que acabaría llamándose Juventud, Egolatría. A lo largo de sus trescientas páginas, en las que pone a parir a la plana mayor y menor de la inteligencia europea, desde Platón hasta Antonio Maura, el escritor hila un retrato implícito, poco clemente y no del todo inconsciente de sí mismo y del tipo de intelectual que representa: el sabio escéptico, agudo, dispuesto a renunciar a toda ingenuidad, sí, pero aún más orgullosamente dispuesto a no creer en nada. Al pensar en que, mientras Baroja escribía su obra, parapetado entre columnas de libros, a apenas unos kilómetros de distancia tenían lugar ocupaciones de tierras y fábricas, tiroteos entre obreros y sicarios de la patronal, huelgas, desórdenes y motines, las afiladas disquisiciones del donostiarra sobre la crisis de la modernidad, en las que bajo ningún concepto se casa con nadie, pierden gran parte de su encanto y, sobre todo, de su credibilidad; todos los debates que él se limita a comentar se están decidiendo en realidad ahí fuera, entre manifestaciones, tiros y bombas. El propio Baroja parecerá darse cuenta de esto y afirmará en la última página: «Ahora, al leer las pruebas de mi libro, me parece demasiado poco estridente y desearía que fuera más violento, más anti-burgués».
La razón la explica él mismo en el epílogo de la obra. Hasta entonces indiferente a la política y las contiendas de los hombres, que solo reflejan su unánime imbecilidad, el escritor se da cuenta de pronto de que tiene enemigos. Aún más, se da cuenta de que existen personas, instituciones y prácticas que son siempre enemigas de cualquiera que no sea un estúpido o un sociópata. En su caso, la imagen del enemigo la encarna «una familia madrileña» de lo que hoy llamaríamos clase media, repugnantemente normal, que disfruta de sus vacaciones en San Sebastián y a la que oye comentar en un trayecto de tranvía las revueltas obreras de los últimos días. La frase que lo cambia todo para Baroja la pronuncia la madre, una señorona enjoyada y pálida como una bujía de mala calidad: «Deberían matarlos a todos. Nos han reventado el veraneo».
Existe gente que, sin duda, «es enemiga de uno, igual que uno es enemigo de esa gente», y eso es algo que las personas de cultura olvidan con demasiada facilidad. A menudo, los discretos encantos del arte, la sensación de estar participando de algo distinto y mejor, de pertenecer al reino de la sensibilidad, fácilmente distrae y nos vuelve delicados, poco proclives a la siempre escandalosa ira, inmunes a la indignación. Sin embargo, si la cultura puede aspirar a una labor realmente importante es, de hecho, a la del odio, el odio justo y fundamentado por un mundo que en muchos aspectos merece ser odiado. El odio apunta adonde la inteligencia debe disparar. El odio nos dio a Diderot y a Solanas. El odio despeja los soliloquios del pensamiento y nos recuerda por qué merece la pena pensar. Así es como expió Baroja, ácrata de salón, sus pecados de escritor aburguesado: odiando; no refutando, sino poniendo nombres y rostros al enemigo. Así se libra en los minutos de descuento del lastre imperdonable de la estupidez.
Cuando pienso en qué es lo que me da tanto asco de lo que implica hoy participar de cualquier tipo de «mundillo» cultural y de la clase de gente que los habita, de lo que dicen y lo que hacen, pienso en esto: la cultura ha olvidado cómo tener enemigos. Ha olvidado para qué sirven y por qué es necesario tenerlos, y en la misma medida en que se ha desacostumbrado a odiar, ha perdido también su habilidad para relacionarse críticamente con su época. La cultura es hoy, y de manera además decidida, inofensiva.
Esto lo experimenté como una epifanía el pasado miércoles, siguiendo a cada rato libre en el trabajo el infame desahucio de Maricarmen, y también en la manifestación posterior. El mero gesto de coger un libro al llegar a casa, que era lo que en principio tenía pensado hacer aquella noche, me pareció de pronto insoportablemente cómplice y cínico. ¿Exactamente qué tipo de carácter demuestra seguir tomándose en serio la literatura o la música —y con ellas, el asquerosamente obligado seguimiento de la «actualidad»: los títulos de la reentré, los álbumes de la semana, los debates sobre el estado de la cultura— cuando el mundo está estallando por los cuatro costados, cuando es un hecho que, dadas las circunstancias, un contenedor ardiendo nos iluminará mucho más que mil artículos de denuncia? En realidad, todo sea dicho, pocos gestos que no implicasen un homicidio o una inmolación no me parecían, en ese instante, cómplices, cobardes o burgueses. Pero después de digerir esa sensación, que no sin contradicción experimento con bastante frecuencia, llegué a otra conclusión algo más meditada: apenas existe un espacio, una instancia, una actuación en la producción cultural de este país que no pueda percibir en último término como autorreferencial, incluyendo en primer lugar, más faltaría, lo que yo mismo hago. Yo deseo escribir, y deseo escribir literatura, no panfletos. Sin embargo, la posibilidad de escribir bien y de escribir en todos los casos contra alguien, quiero decir, contra un enemigo común, parece ahora mismo inverosímil y hasta sospechosa. Allí donde falta, en todos los ámbitos, un nosotros al que hablar, falta, también, un ellos contra el que dirigirse.
Cuando una cultura carece de enemigos carece también de propósito y, por lo tanto, está condenada a la banalidad, a ser mediocre. No se trata solamente de que nos hayamos atrincherado desde hace demasiado tiempo en una red de tópicos, modos de hacer e instituciones culturales que se encuentran muy por debajo de lo que exige una época marcada por el resurgimiento de fuerzas que amenazan con llevarnos a todos por delante. También sucede que cuando nos ensimismamos en nuestros refugios corremos el riesgo de precipitarnos muy fácilmente a la complicidad con el estado de las cosas. La banalidad de la cultura es el escapismo, y sobre todo en tiempos en los que lo último que toca es escapar. La banalidad de la cultura es blanquear en tu podcast de modernos al presidente de un Gobierno que no ha hecho nada por frenar los desahucios o dejar de armar a Israel. La banalidad de la cultura es mantenerse a sueldo del sicario informativo de Ferreras. La banalidad de la cultura es el entretenimiento, el comentario sin fin, la cháchara. La banalidad de la cultura somos tú, yo y todos los que, a falta de algo mejor, seguimos regando este árbol podrido, al que bien haríamos en dar un hachazo antes de que otros nos lo tiren encima.
Gilles Deleuze dijo en cierta ocasión que la misión de la filosofía —extendamos nosotros el término y digamos: de la cultura— consiste en «entristecer», o sea, en despojarnos de nuestros consuelos y librar una batalla sin cuartel contra todas las formas de imbecilidad. Para hacer eso y eludir el riesgo de ser cómplice, una cultura necesita enemigos. Los ha tenido siempre: los poderosos y su insufrible suficiencia, sí, pero también la no menos criminal ignorancia de los hombres normales y corrientes, de los ciudadanos respetables y en apariencia inofensivos que no dejan pasar la oportunidad de regocijarse en las injusticias que sufren los otros, los que se encuentran apenas uno o dos escalafones por debajo de ellos. La cultura debe dirigirse, ante todo, contra esta clase de gente. Debe señalar, nombrar y combatir a los Ricardo y Fernando Alonso de este mundo, que especulan con nuestras casas llegando hasta donde haga falta; a las Elena Cortina que firman las órdenes de desahucio e inclinan siempre la justicia del lado de los que ya cuentan con el privilegio; y también, desde luego, a cada uno de los maderos de mierda como los que hace unos días se dedicaron a expulsar violentamente a una mujer de ochenta y siete años de su hogar y, después, de apalear y gasear a quienes protestaron por ello. La cultura debe siempre hablar en contra porque, le pese a quien le pese, debe tener una dirección. Todo acto de inteligencia ha de apuntar contra un hijo de puta.
A quien no le convenza este criterio, que considere al menos el de Baroja:
Ya no oigo la voz de la prudencia que hace unos días iba siguiéndome […]. Vuelve un poco en mí el deseo de lucha y de aventura. El puerto me parece triste. La tranquilidad y la seguridad despreciables. ¡Eh, grumete! ¡Larga la vela! ¡Pon en el mástil de nuestro pequeño falucho la bandera roja revolucionaria y vamos a lanzarnos al mar!
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