Cuenta la leyenda que cuando Jorge Herralde leyó por primera vez el manuscrito de La literatura nazi en América, hizo llamar a Roberto Bolaño a su oficina. Bolaño, un humilde exiliado chileno que malvivía por aquel entonces en Barcelona, alternando trabajos temporales con su sueño de vivir de la literatura, había escrito un artefacto literario de lo más inusual. Una “antología ficticia” de poetas, novelistas y artistas latinoamericanos que, inspirados por los criminales de guerra huidos de la Alemania nazi, habían compuesto algo así como una “corriente artística” que ensalzaba el totalitarismo del 3er Reich.
La enciclopedia y sus personajes eran falsos, pero con ellas Bolaño describe un momento turbulento de la historia Latinoamericana. En los años 70 y 80 más de 800.000 disidentes políticos salen de Chile y Argentina hacia Ciudad de México, Barcelona o Madrid. Desde la urgencia con la que se extiende la diáspora, muchos perderán el contacto de familiares, amigos y compañeros militantes con los que no volverán a encontrarse hasta décadas después, incluso a pesar de haber huido a los mismos países, a las mismas ciudades.
Desde el horror, el pánico y las historias de persecución política, se establecen relatos sobre lo ocurrido en las cárceles y centros de tortura de sus países. La verdad, la fabulación y la violencia se vuelven indisociables. Un interregno de terror en el que crecieron mitos y nombres oscuros, como los de los torturadores Alfredo Astiz y Jorge “el Tigre” Acosta en Argentina, o el de Miguel Krassnoff Martchenko alias “el Ruso” en Chile. Es a través de esos relatos donde crecen los mitos, es a través de esos mitos donde Bolaño nos dice que crece la literatura.
De entre todo el compendio de poetas, artistas y monstruos que componen La literatura nazi, Herralde parecía especialmente fascinado por uno de ellos: Carlos Wieder. Un piloto ficticio de la Fuerza Aérea de Chile que, durante el auge de la dictadura de Augusto Pinochet, crea una poesía revolucionaria relacionada con la violencia y el asesinato. Con la estela de su avión, escribe sobre el cielo poemas inspirados en versículos de la Biblia y en los poetas modernistas a los que admira.
Esta es la historia que Bolaño amplía en Estrella distante.
Por las tardes, Wieder asiste a talleres de poesía. Por la noche, Wieder monta exposiciones de fotografía en su departamento, en las que muestra imágenes de militantes comunistas tomadas en el mismo instante de su muerte. Por las tardes Wieder se codea con poetas de la escena literaria de Santiago de Chile que aún no saben que serán sus próximas víctimas. Por la noche pinta el cielo de la ciudad de frases como:
“la muerte es comunión”, “la muerte es mi corazón”, “toma mi corazón”.
Espoleado por el ascenso imparable del fascismo en su país, Wieder convierte la barbarie en un -ismo literario. En el que la violencia y el sadismo son puestos al servicio de la
escritura, como un acto de exaltación del poder y de la soberanía que decide sobre la vida y la muerte. La violencia antidemocrática de un golpe de estado convertida paradójicamente en la epifanía artística de un militar encargado de torturar y matar a decenas de poetas.
Hoy, 50 años después de que el ficticio Carlos Wieder proyectara sus poemas sobre Santiago, en un momento sumamente antipolítico, el hijo de uno de esos militares nazis fugados a Latinoamérica con los que Bolaño fabulaba en su novela ha ganado las elecciones presidenciales en Chile. Y lo ha hecho, al igual que el poeta que imaginó Bolaño, utilizando palabras grandilocuentes, como libertad, justicia o paz, cargadas de forma, pero carentes de cualquier significado. Palabras que sin duda se esfumarán en unas horas del cielo chileno, dando paso a un proyecto totalitario todavía más crudo y agresivo del que nos muestra hoy la Argentina de Javier Milei.
También hoy, al igual que en la Latinoamérica que nos describe Bolaño en sus dos novelas, la ultraderecha en todo el mundo vive un momento de euforia. Enardecida por un ascenso al que no ven límites, se atreven por primera vez en décadas a reivindicar el arte y la vanguardia como algo que les puede ser propio. En un mundo sin utopías, ni proyectos progresistas que muestren una alternativa comunal y sostenible al tecnofeudalismo de los Musk y los Zuckerberg, la izquierda resignada y ensimismada en su propia frustración se encierra en un yo melancólico. Mientras que los verdaderos artistas reniegan hoy de lo universal y del momento histórico al que asisten, los fascistas lo cabalgan impunemente sin que nadie les pare.
Chile, tan distante y a la vez tan cercana, es un ejemplo más de cómo el totalitarismo ha vuelto a vestirse de poesía para convencer a las masas. No pueden caber más excusas ni medias tintas en este contexto para que los artistas tomen posición. Como cantan los madrileños Biznaga “no digás más, joder no sé, están pasando cosas en la calle”.
Como dijo también otro chileno, Pablo Neruda, en su poemario sobre la Guerra Civil Española, España en el corazón:
PREGUNTARÉIS: ¿Y dónde están las lilas?
¿Y la metafísica cubierta de amapolas?
(...)
Preguntaréis por qué su poesía
no nos habla del sueño, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?
Venid a ver la sangre por las calles,
venid a ver
la sangre por las calles,
venid a ver la sangre
por las calles!