Nunca nos cansaremos de compararlos, quizá por lo incomparables que son. Las cosas comparables, conmensurables, ya se comparan y se miden ellas solitas; estos dos mastodontes, estos dos engendros del verbo, no. Menos mal que el calendario de sus muertes arrimó el hombro a la ímproba tarea de ponerlos juntos; si no, ¿a quién se le pasaría por la cabeza comparar alguna vez a Cervantes con Shakespeare? Eso, según dice mi abuela, es querer mezclar «churros y meninas» (sic). Como si quisiéramos comparar el infinito de los pares con el de los impares, mejor dar por buena la palabra de los matemáticos que nos prometen que sí, que son igual de infinitos y que hay infinitos superiores, por encima, infinitos más infinitos más arriba (¿Dante, Homero, Wu Cheng’en, Mahoma, Vyasa?), antes que enumerar uno a uno, con los dedos o con la mente, los elementos que componen a Shakespeare y a Cervantes y comprobar, gozosamente, que no se repiten entre sí; internamente sí, ahí está la gracia.
Por desgracia, algunos matemáticos españoles se han vuelto majaretas intentando cuadrar el círculo de la ciencia nacional de la literatura; no les bastaba con que fuese ciencia, la querían del país, con denominación de origen local, la querían naziencia; y ahora juran y perjuran, en veintitantos iracundos tomos, que los impares no tienen par, que su infinito es muy mejor al de los pares porque «el 1 es el ADN de la aritmética», porque «1+1=2 (QED)»; ¡y ay de quién se sonría con Cervantes!
¿Cómo dices? — PREMISA MAYOR
¿Te sonríes con el Quijote? — PREMISA MENOR
¡Pues yo con tu puta madre! — CONCLUSIÓN
Así nuestros silogismos nazientíficos.
Incurable por la palabra: nuestro complejo de inferioridad. Una cultura nacional necesitada de reafirmar continuamente su supremacía ha perdido de antemano aquella «honesta indiferencia» (véase más abajo) que caracteriza al ser superior. Por muchos pirados que haya en Los Ángeles, dudo que haya alguno empecinado en demostrar que Hitchcock es mejor director de cine que Ozu… Ahora que lo pienso, ¡seguro que lo habrá! Igual que se dan comparaciones odiosas (¿y cuál no?) entre el Prado y el Louvre, la pizza y la hamburguesa, los gatos y los perros… ¿Cerv vs. Shak? Pero si de veras es odiosa la comparación, no será porque odiemos a uno de los términos comparados, al contrario: el odio aflora del falso dilema, del fastidio de tener que comparar y, lo que es peor, elegir entre dos amores plenamente abiertos a la compatibilidad. Pero aquí también se impone a largo plazo la más celosa y cruel y castrante monogamia.
De nada sirve recordar a nuestros nazientíficos que si Cervantes es alguien hoy se debe mayormente a que unos británicos le leyeron en el siglo XVIII y, ¡oh herejía traidora!, puede que hasta le prefiriesen a Shakespeare, dado que encargaron la biografía de uno y no la del otro, quizá porque la del otro, la del «suyo», ya se la sabían (o sabían que no hay nada que saber: mejor me lo ponen estos ilustrados británicos); de donde no cabe deducir la primacía de un escritor sobre el otro, pero sí los ritmos «desiguales pero combinados» de una cultura frente a la otra, y perdón por el ramalazo trotskista. Nuestros nazientíficos, tan amigos de las fechas —se saben de memoria cuándo se fundó la primera universidad en América, pero no la bazofia escolástica que allí se despachaba, como si un yanqui se enorgulleciese porque la primera caseta de perritos calientes en España iniciase su grasiento e insalubre servicio desde una de sus bases aéreas—, deberían tirar cohetes, deberían estar de enhorabuena, deberían brindar y bailar nuestros nazientíficos porque entre la primera biografía en inglés de Cervantes y la primera en castellano de Shakespeare solo transcurrieran sesenta años… ¡a favor de Cervantes! Esto es: a favor de la lengua inglesa. ¿Cómo? Como lo oyen: los ingleses asimilaron más rápido nuestros clásicos que nosotros los suyos, que nosotros los nuestros incluso; deglutieron nuestros grasientos e insalubres perritos calientes antes de que los hubiésemos siquiera calentado; nos comieron la tostada de la modernidad literaria, vaya por Dios.
Algo menos de sesenta años hemos tenido que esperar para ver dos biopics recientes sobre Cervantes y Shakespeare, dioscuros del canon occidental hasta en la gran pantalla. De estreno casi simultáneo, El cautivo y Hamnet están bien, se dejan ver, tienen ritmo y tensión y belleza; el guion solo provoca bochorno o risa involuntaria por breves lapsos, no de continuo. Algunos lapsus, los más bochornosos, obedecen y ceden a la presión filistea por el hit parade. ¿Cómo asegurar a las masas que ehto eh cultura, que ehto eh Chéspir, ojo, si no se pronuncia el tu-bi-or-not-tu-bi (dos veces, por si las moscas, en Hamnet)? Más a capón (y a espadón) nos calzan a Quijote y a Sancho en el otro biopic, dirigido por Alejandro Amenábar y ubicado en pleno cautiverio argelino, antes de que a Cervantes se le ocurriese una sola línea sobre caballeros y escuderos desquiciados. Pero no podía faltar la parejita cervantina, así que Amenábar va soltando prendas sudadamente quijotescas, como en un estriptis de reconocimientos pedantes que en el fondo sabes que te excita (mira este pedazo de baciyelmo, uhhh; ¡se mira pero no se toca, eh!), pero ante el cual preferirías cerrar los ojos, la peli te arroja a la cara las medias rotas de un tal Alonso Quijano, las bragas sucias de un alto y un bajo, de un gordo y un flaco… hasta que al final se queda en cueros, a duras penas cubierta por las pezoneras giratorias de los molinos, ¡no, los molinos no, por favor! ¡Todo menos los molinos!, gritas y te cubres la cara con las manos, dejando tal vez una rendija entre los dedos, para refocilarte en tu pretenciosa abyección secreta.
Eres un cerdo, y lo sabes.
A estas alturas del molinocentrismo, de la molinocracia pedagógica ibérica, más de un bachiller sospechará que el Quijote lleva product placement de la energía eólica. Cervantes, Publicista de la Transición Ecosocial: alguien habrá recibido ya su cum laude por investigar y escribir ese muermo de tesis doctoral. Pero ¿soy yo o la de los molinos es la peor, la menos divertida y enjundiosa de las aventuras de «nuestro inmortal clásico»? Hagámosle boicot, cancelémoslo, rompamos de una vez con ese molinopolio, ¿no? Claro que los batanes o los galeotes, la procesión o el vizcaíno, los rebaños de ovejas o los cueros de vino, por no mencionar aventuras de la superiorísima segunda parte, no son tan espectaculares para los directores de cine y los artistas plásticos que nos han amueblado el imaginario visual: el único que nos queda, el único que siempre tuvimos. Nos resta molinopolio para rato. Resignémonos.
Los británicos, qué duda cabe que son más pudibundos. Hamnet nos expone a una Inglaterra más guarra, más embarrada que el Argel de Cervantes, que a juzgar por El cautivo fue una cabalgata del Orgullo LGBTQ+ tras otra. En teoría, ese decalaje atmosférico no tiene por qué ser un demérito. En Cervantes hallamos un tono festivo, una alegría vital, una gaya ciencia que brilla por su ausencia, sí, que no se encuentra en Shakespeare. Será que la felicidad lumínica del Mediterráneo no tolera tantas lluvias y brumas como Londres. Lo primero que resalta al compulsar la obra con la vida de ambos autores es el contraste entre, por un lado, un fracasado que se toma con buen humor toda derrota y, por el otro, un ganador que ve cualquier éxito nublo. En teoría, que un biopic sobre Cervantes se trufe con fantasías orientalistas, y uno sobre Shakespeare con fantasmas vikingos, no tiene por qué ser un demérito. No, si el demérito de ambas películas no es la traición al espíritu de su respectivo autor sino, por el contrario, la pacata fidelidad a lo que en cada país se estima glorioso de ellos.
En España nunca nos persuadió la lectura romántica, heroica, germánica del Quijote. Aquí siempre nos sonreiremos con y de Cervantes. Con permiso de los nazientíficos y de nuestras benditas madres, leemos el corpus cervantino como la parodia política que es. Como seguidores que nos encantaría pero no podemos dejar de ser de La gitanilla o El retablo de las maravillas, siempre al borde de la xenofobia involuntaria y del chiste cliché, no nos ofendamos ahora porque Amenábar nos muestre un cura pedófilo reprimido que denuncia a otros sodomitas al pachá y a la Inquisición, bajo la expectativa de beneficiarse él mismo, como recompensa, de los aceites perdidos por el harén. El verdadero anacronismo, la verdadera vergüenza ajena llega cuando Zoraida, la princesa mora recién conversa al Cristo, se quita el pañuelo islámico y lo arroja al viento cual manifestante feminista iraní. No le deben de haber informado de que lo necesitará para cubrirse en misa el cabello, su «seductor y excitante y perturbador cabello», según las palabras textuales de un santo que tampoco fue aliade.
Imaginarse Argel como una orgía cuir, a la par que presidio machista, hará las delicias de las terfas más conspiranoicas, pero no es la más grave de las incoherencias fílmicas de Amenábar. El secreto mejor guardado de Argel no es si Cervantes puso el culo para salvar el cuello (¿a quién coño le importa eso?), sino por qué tantos cautivos mantuvieron su fe católica cuando, según El cautivo, la libertad se regalaba, venía de serie con la conversión al islam. Incluso hoy, en medio del rearme digital de la religión, resulta incomprensible por qué alguien preferiría a Cristo en la derrota antes que a Alá en la victoria. Nuestra religión del éxito nos veda de comprender a Cristo y —aún peor, pues a Dios se le presupone a priori incomprensible— nos veda de comprender a Cervantes, el escritor de las derrotas por antonomasia; el que, hasta en la victoria más imperdible, más incontestable, tuvo que perder algo. Algo tuvo que perder, Cervantes: una mano, ¡nada menos!
Hamnet dramatiza mejor los sinsabores del triunfo shakespeariano. Aunque sea a costa de otro anacronismo flagrante, no lo notamos porque para nosotros nada parece peor a perder un hijo. Hasta hemos puesto en circulación un neologismo: huérfilo, donde antes solo había una falta sin nombre de higiene atroz. Nuestro delirio de vencer a la muerte, de aumentar la esperanza de vida indefinidamente, apenas se sostiene en precario sobre la contabilidad creativa de no restar, históricamente, a los muertos antes de los cinco años. Nos horrorizan las declaraciones de aquel psiquiatra español que, a inicios de este milenio, confesó que la pérdida de una cátedra le dolió más en lo hondo, más a lo vivo que la muerte prematura de sus hijos; cinco hijos prácticamente adolescentes, de los cuales una se suicidó, dos contrajeron el sida por la heroína, otra renunció a tratarse un cáncer de colon y el último se mató ebrio en moto: «Nada más doloroso que perder una cátedra», nos horroriza el psiquiatra, pero ese debió de ser también el desapego de nuestros tatarabuelos, so pena de perder la chaveta en una época sin anticonceptivos ni antibióticos, en la cual dar a luz y criar eran guerras sin fin contra los microbios.
Los hermanos de Shakespeare, sin irnos más lejos, se contaban por algo más de media docena; de los cuales, solo la mitad cruzó el umbral de la supervivencia infantil; entre los cuales, una hermana que ha sido pasto de inquietantes ucronías feministas. Inquietantes e inquisitoriales, toda ucronía plantea el antecedente de un condicional bajo la simpática máscara de una pregunta.
¿Y si la hermana de Shakespeare hubiese querido ser escritora?, nos inquiría, hace un siglo, Un cuarto propio. ¿Y si a la esposa de Shakespeare le hubiese traumatizado ser víctima de la muerte de un hijo?, nos inquiere hoy Hamnet, antes libro y luego peli (¿primero como farsa y después…?).
La distancia insalvable entre ambas inquisiciones y disquisiciones marca lo lejos que queda el feminismo ucrónico de Virginia Woolf del de Maggie O’Farrell. Las feministas de hace cien años soñaban con dedicarse a su vocación profesional en un futuro no muy lejano, no. Las feministas de ahora padecen de pesadillas traumáticas y victimistas en retrospectiva. ¿Qué demonios ha pasado, amigas?
¿Qué no ha pasado? No ha pasado, no ha pasado de moda, no, el melodrama. ¡Ay del melodrama! Ese creen los anglosajones que es el punto más fuerte de Shakespeare, toda vez que su vocabulario y referencias histórico-mitológicas, sus genuinos puntos fuertes, se nos alejan y escapan. Pero las obras de Shakespeare no son melodramáticas, sino «honestas e indiferentes». En las obras de Shakespeare se practica una indiferencia ignaciana frente a la muerte, los personajes se muestran honestamente, sin tapujos en sus soliloquios al espectador, y las relaciones de parentesco no se tienen en altísima estima; justo lo contrario que en O’Farrell, donde nuestra condición finita resulta traumática y revictimizante y no se revela la identidad del personaje central y la familia se pone por delante. Qué placer puede extraer de Hamnet quien no conoce ni pretende conocer Hamlet (a las cifras de venta, préstamo y adaptación de ambas obras me remito); qué placer pueda extraerse de esta fanfic en toda regla, en la que apenas aparece el personaje del que supuestamente somos fans nosotros, los ayunos de clásicos, es algo inexplicable salvo por la proliferación de paratextos egocéntricos, del selfi con la cubierta en redes a la entrevista a la autora en el periódico, que no destripan el argumento porque no hay nada que destripar, porque no hay tripas ni corazón, ni hablar de argumentos más allá del gancho neoclásico de «invitar a releer y deconstruir el canon».
Nada que objetar. Fue altamente prudente O’Farrell al limitar la presencia fantasmal de Shakespeare en su novela a cuatro cameos anónimos como «el marido» o «el padre» de personajes que, de no ser por él, nos darían igual. Cualquier interferencia entre el estilo de Hamlet y el de Hamnet habría sido demoledor para esta «relectura y deconstrucción», a la que solo cabría objetar su sobredosis de lecturas victorianas y lo mucho de melodrama familiar burgués que deja en pie. Pero ¿esto es el siglo XIX o el XVI?
Fue altamente prudente O’Farrell, insisto, al no citar Hamlet en Hamnet, porque donde hable Ofelia, ¿qué dirá O’Farrell? Donde hable Ofelia, ¿callará O’Farrell? ¿O qué, si no?
Lamentablemente, algún productor de la película debió de sospechar que al público —nunca lo bastante deconstruido, siempre en vías de deconstrucción, progresando adecuadamente en deconstruirse— le apetecería ver a Shakespeare, le apetecería oír el tu-bi-or-not-tu-bi (bis), así que toma dos cucharadas de Hamlet en Hamnet.
Algún productor. Repaso la lista y solo conozco a dos: Steven Spielberg y Sam Mendes, responsables sospechosos de las escenas más cursis del metraje (cuando la madre se toca el pecho, cual futbolista jurando fidelidad al escudo, ante el fantasma de su hijo sobre un fondo de violines in crescendo: Hollywood, forzando la lagrimilla de nuevo), fijo que son también responsables de esas dos cucharadas de clasicismo shakespeariano. Así que toma, por ejemplo:
Get thee to a nunnery: why wouldst thou be a
breeder of sinners? I am myself indifferent honest;
but yet I could accuse me of such things that it
were better my mother had not borne me: I am very
proud, revengeful, ambitious, with more offences at
my beck than I have thoughts to put them in,
imagination to give them shape, or time to act them
in.
Esto replica Hamlet a Ofelia cuando ella declara que es honesta y hermosa y que, además, le ama. Que se meta a un convento, le replica, que no quiera ser «procreadora de pecadores» (suena más rotundo en castellano, se confirma una vez más aquella vieja broma de que el mejor estilista vivo en cualquier lengua es la última traducción de Shakespeare a dicha lengua) y que él mismo, Hamlet, es indifferent honest (intraducible y perfecto, pero digamos: «tengo una indiferencia honesta y, sin embargo, podría acusarme de cosas tales que habría sido mejor que mi madre no me hubiese concebido»).
Indiferencia y honestidad son vicios que echamos en falta en Hamnet. Allí se opta por un melodrama desprovisto de palabras. ¿Sus madres tampoco deberían haberlo concebido tan «orgulloso, vengativo y ambicioso, con más ofensas a mis espaldas que palabras en que ponerlas»? De eso nada. Dando por sentado que jamás se rozará, siquiera con las yemas, aquella altura verbal shakespeariana, no me parece mala estrategia hacer que los actores lloren, se agiten, babeen, balbuceen, las venas se les hinchen y los ojos se les salgan de las cuencas ante cualquier inconveniente vital, de la falta de inspiración literaria a la muerte de un hijo. Normal que el actor que interpreta a Hamlet en Hamnet tenga que ensayar tropecientas veces el recitativo de «Get thee a nunnery»; normal que se trabe y se coma letras y se equivoque de palabras y saque de quicio a Shakespeare en esta película, en la cual nadie se expresa como en el teatro, pues el mundo está desquiciado, ¿quién lo desdesquiciará? El desdesquiciador que lo desdesquicie, ¡buen desdesquiciador será!
Ninguno de nosotros estuvo allí para oírle, pero los filólogos nos prometen que sí, que Cervantes escribía más o menos como hablaba. Quizá por eso fracasó tan estrepitosamente, también en el teatro. ¿Escribía Shakespeare como hablaba? Ni idea, pero no suena plausible. Tengo, como todo bachiller que se precie, una teoría: si ahora consumimos ficciones a cascoporro para vernos reflejados y sentirnos identificados, confirmar puntos de vista y ahorrarnos sesiones con el psiquiatra o tener temas para charlar frívolamente con gente guay, entonces, hacia 1600, juraría que el público buscaba en la ficción lo más alienígena, lo más distante de cualquier realidad posible. Pero ¿eso no es la misma evasión de siempre, solo que en otras palabras, con más retórica si eso?
No del todo. Si algo se muestra hermosamente en El cautivo es esa transición del viejo gusto por los cuentos orientales fabulosos, en que la apuesta por lo increíble se dobla y triplica en cada giro de trama, y el nuevo gusto por la novela realista occidental, donde ser verosímil es la única regla impepinable de juego. Para que haya juego. Cervantes ha de improvisar su historia del cautivo en vivo y en directo; menos Mil y una noches y más Decameron, no tanto una muñeca rusa de cuentos perpetuamente ampliables, para no dormir ni morir jamás de los jamases, cuanto un relato con arco y final y moraleja; Cervantes suscita esperanzas y expectativas fantasiosas que, al fin y al cabo, se disuelven deflacionariamente, como un suflé, a la baja. Lo que lleva siglos entusiasmándonos del Quijote es cuán airosamente se las arregla para decepcionarnos, lo impune y tranquilo que sale de los jardines argumentales en los que se aventura sin mapa ni brújula, sin plan ni programa, cómo basta con darle una paliza a los protas para pasar de página y capítulo. Y colorín colorado…
Shakespeare y O’Farrell son más arcaicos, más anglosajones, más fantasiosos: en sus obras hay más magia, más ciencia, mayores continuidades causa-efecto. No en vano, la etnología ha analizado cómo los científicos postulan conexiones causales exactamente igual que los magos; la diferencia entre ambos grupos de vendehumos es cuestión de eficacia, no de método; cuestión de resultados, vaya. Lo que la ciencia no avala, hasta que lo avale, son las causas retroactivas. Causas posteriores a sus efectos. Causas como la que causa que el cotilleo de Hamnet y Hamlet, el cadáver del hijo en la vida y el fantasma del padre en la obra, tenga interés filosófico más allá de la criba de fuentes, correlatos objetivos y motivos para inspirarse en vida. El melodrama de O’Farrell, contar la relación entre la vida fallida y la obra cumplida desde la perspectiva de una madre doliente, medio bruja medio loca, es un paso atrás —un paso a Ibsen, un paso a Freud— ante la causalidad artística retroactiva que postula James Joyce… Porque sí, porque es el Ulises, y no Hamlet, el clásico que pretende «releer y deconstruir» la norirlandesa de O’Farrell (el apellido canta).
Remember? Es en el capítulo nueve, «Escila y Caribdis», donde Joyce demuele —deconstruir se quedaba corto para él— los extremos más frecuentes en la interpretación literaria: la lectura metafísica, que todo lo traduce a términos conceptuales, y lectura biográfica, a la cual da ánimos y alas, sopla y empuja O’Farrell. Ambos extremos se tocan en el decidido escamoteo de la palabra, de la letra escrita, en la sustitución de la obra por otra cosa, por algún sucedáneo iletrado, ya sean las causas ultrabstractas de la metafísica o las hiperconcretas de la biografía. Causas preferentes, previas, privilegiadas. Causas primeras, no retrospectivas.
Pero si algo quería Joyce era quedarse en la inmanencia del verbo, en el verbatim y ad litteram, ir a las palabras mismas y permanecer en la experiencia radical de leer, que es escribir, donde no hay, o no sentimos el antes ni el después, donde todo sucede a la vez, ahora, y los niños pueden enseñar, si quieren, a hacer hijos a sus padres. «El viejo que ahora eres ha sido hijo del joven que una vez fuiste»: así resumiría yo, en una frase, de lo que va el Ulises… y, ya que estamos, la historia de la literatura: ese campo mágico de causas retroactivas, donde la demanda de lecturas presentes regenera la oferta de escrituras pasadas, donde el hoy lector reinventa al ayer escritor, donde Leopold Bloom resulta ser hijo y no padre de Stephen Dedalus.
¿Fue Cervantes quien se inventó a don Quijote o fue al revés?, se preguntaba don Miguel de Unamuno. Y a ese, a ese tal Unamuno, ¿quién se lo inventó? Y a O’Farrell, ¿fue Shakespeare quien se la inventó o fue al revés?
Aquí no cuelan con brindis pedagógico-publicitarios del tipo: «Qué bien, que gracias a O’Farrell más gente lea a Shakespeare». El hiato estilístico entre una y otro es tan insalvable, da tanto vértigo que lo que inicialmente se presentaba como una invitación a «releer Hamlet» haya terminado siendo un pretexto, un salvoconducto para «darlo por leído». En cuanto a la deconstrucción, mejor dejarlo a Derrida y los michelines (los restaurantes, quiero decir). Lo bueno es que ahora, tras la adaptación cinematográfica, también podemos dar Hamnet, la novela, por leída. Ya leída por nuestra época en su rancia creencia de que «detrás de todo gran hombre hay un gran etcétera», no perdemos nada por leerla, frente a los clásicos que nunca se dejan de leer, siempre saliéndose de las lecturas obligadas y autorizadas, más que releerse se desleen. Si quisiéramos, podríamos desleer Hamlet como el manual de buenas prácticas para una empresa de pompas fúnebres; Hamnet, ni como la autora quisiera se puede leer, no digamos ya releer. Es un bonito melodrama, uno de tantos. Este no se olvida porque trata de un «marido», un «padre», claro. Una peli de helado, pijama y pañuelos. En el cine oí muchos snif snif, muchos huérfilos empatizando muy serios. Casi tantos como manitas en el aire al final de la función.
El resto es… ¿el resto es qué? El resto es una naziencia, un molinopolio.
El libro mejor del año 202… ¿Cuál fue el mejor libro del año 1603, que no me acuerdo?
Pero bueno, ¿acaso no era el cine la literatura ilustrada para ricos y modernos y ajetreados? No me opongo, pues, a que Amenábar y O’Farrell nos enriquezcan, modernicen, ajetreen y enseñen cómo deberían haber narrado sus biografías Shakespeare y Cervantes. Qué remedio, si ambos nos hicieron el favorazo de dejarlas sin escribir, vía libre para nosotros, como los padres generosos y descuidados que son, nos regalaron el cuaderno de sus vidas en blanco para que pintarrajeemos, arranquemos, mordamos, arruguemos y malgastemos hojas a placer. Ya puestos a ensuciar, pues, ¿a quién le preocupa que, de tanto pretender «meninas» (el Sr. Cerv Gay, el Mr. Shak in Love, la Mrs. Shak in Grief), solo nos salgan «churros»? A mí me es honestamente indiferente, y a mi abuela también.