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Contra la soledad, contra España y a favor de Luis Agúndez
Siempre podremos decir que cuando ganamos el Mundial de 2026 no estuvimos solos
29 de julio 2026 · 5 comentarios
Siempre podremos decir que cuando ganamos el Mundial de 2026 no estuvimos solos
En un intento vacilante y fatigoso de hallar agrado en Luis Agúndez, le propongo un experimento: escribirnos durante quince días. Un solo mensaje cada uno. Nunca dos seguidos. Dejando que las palabras nos encontraran allí donde estuviéramos.
A primera vista, parece un acercamiento al coqueteo. Justificar desde la escritura que estoy sola y quiero hablar con alguien. Que alguien tenga que responderme obligatoriamente durante quince días. Suplir mi soledad durante quince calurosos y extraños días.
De Luis, lo que más me gusta es su disposición. Quizás esté tan solo como yo. Quizás también necesite a alguien que sepa que, si muere en estos quince días, habrá quien lo note. Yo lo notaré. Haré llegar las ambulancias a su casa. Haré llegar la noticia a su madre, que ahora sé que se llama Carmen.
A Luis lo conocí de mala manera. Todos tenemos malas noches, afirma él. Y, además, toro bravo, me dice:
—¿Por qué coño te caigo yo mal a ti, gilipollas?
Sé que me desagradó tanto como sé que en su mirada encontré una profunda desesperanza. Aún hoy, ese sentimiento atraviesa la pantalla en las fotos de Instagram desde donde lo observo: una sonrisa impuesta, demasiado relajada, y unos ojos hondos.
Así que me tiro el pisto y aprovecho esto para decirle:
—¿Qué te tiene la mirada tan triste?
El tío ni se inmuta. Dice que de triste nada. Que él es una persona bastante alegre.
Tengo que remontarme al inicio, recobrar ese sentimiento de desidia. Escribir sobre Luis con desagrado. Después de estos quince días, me costará hacerlo.
Yo empecé con dureza, afilando el cuchillo con el que le cortaría la cabeza.
Después de esto, diré que Luis se desenvolvió con soltura: me habló de morreos. Que hace falta cultura del morreo en España. Dice que él morrea poco, aunque le gusta mucho. Yo le digo que lo peor del morreo es el morreo. Que lo bonito es lo de antes.
Luego viene lo de siempre. Hablar de cine. Le pregunto por la película favorita de su madre y no lo sabe. Me pregunta la favorita de mi madre y no lo sé. Conclusión: somos malos hijos. Adivino al vuelo que su padre también se llama Luis. Esas cosas se notan. Intuyo que va todo junto: tu padre te pone su nombre y tú te intentas parecer a él en todo, incluso en lo más perverso, como ser del Real Madrid.
Por no romper la conversación de ascensor, le pregunto cómo se salva del calor. Me dice que está en huelga de Maxibons. Ahora están por 3,20 y por ahí no pasa. Que lo pague su puta madre. Pero se mantiene fiel a la horchata y al salmorejo. Yo solo espero que por separado.
Hace ya un par de días que nos texteamos. Su mensaje se me hace agradable, salta la notificación y me enderezo. Estiro los dedos para preparar una buena respuesta. A las 18:35 de cualquier día, le digo que escribiré algo bonito sobre él, pero que tampoco se confíe. Me pregunta:
—¿Te estás ablandando?
Durante los siguientes días, la conversación se desajusta. Nos escribimos un mensaje al día, si se presta. El Mundial ocupa todas las pantallas. Luis dice que no va con España. Prefiere Portugal y Brasil. Cada vez que ve a España frente a la tele, solo siente indiferencia.
No le contesto. Mi vida está volcada. El carro alado en el que iba subida se ha descarrilado.
Luis no se rinde e insiste.
—¿Eres adicta a algo?
—Soy adicta a desaparecer. Ya me ves.
Luis sabe de mis coqueteos con los Panero. Por eso sabe que acierta cuando me escribe:
Creo que Luis no es un soso. Creo que tiene pintas de soso. De chavalín de Madrid, medio hooligan, que bebe copas apoyado en la barra y tiene un grupo de amigos grande y aburrido, de los de toda la vida. Que su ropa tampoco dice nada especial. Que las chicas que se lleva a la cama también son aburridas. Pijas de La Moraleja, de pelo liso y depilación brasileña. Aun así, dentro de la presunta sosería, hay destellos. Destellos de chavalín de Madrid que se ha planteado la vida un par de veces. Leyó una vez que las personas inteligentes tienen hábitos nocturnos y se lo aplicó. Por tanto, deduzco que esta información le pareció atractiva y fue así como asesinó la idea saludable de dormir, cambiándola por algo mucho mejor: ser una persona interesante.
Vozinha contra Messi. Vozinha la para. Arriba Cabo Verde. Aquí vamos con los de abajo.
A los pocos días, retomamos el diálogo. Le digo que me gusta más escribir sobre sexo que follar. Le digo que es pervertido; es llamativo. La gente se para a leer cuando dices la palabra polla o follar o meterla. A mí me gusta metérsela a la escritura.
Todo ejercicio de escritura me parece un ejercicio sexual. Piensas en ella durante el día. Preparas la zona. Sois dos. Ella y tú. Te la puede meter ella, así como puedes metérsela tú. Depende del día. La escritura es buena pareja sexual. Casi siempre folla mejor que tú. Tiene más experiencia. Pero, a veces, le das duro. Y ella sufre.
Estoy viendo jugar a Brasil.
Ayer Luis se fue de boda. La pareja se ve que es una de esas brutales. De las que te hacen reconciliarte con la idea del amor.
Me habría gustado que Luis me escribiera en mitad de la boda. Que me dijera una gran canallada. Como que se ha besado en los baños con la dama de honor. Como que el amor es todo mentira.
Experimento algo de celos. Como si, por derecho, me hubiese tenido que llevar a esa boda. Porque ahora soy su compañera durante quince días. Tendría que habérmelo propuesto.
Abandonamos de nuevo el diálogo.
A los días, somos desconocidos. Le contesto a una historia, como si yo fuese una más. Me salva de ser cualquiera porque me confiesa que estos días sin correspondencia le resultaron extraños. Añade algo que me emociona. Es, desde luego, la gran estacada: de soso no tiene un pelo.
Vuelvo a casa de mis padres. Tengo candidiasis. El Mundial todavía sigue. España parece que pasa. Por los pelos casi siempre, pero pasa. Esa es la historia del país, ¿no? Entrar a la discoteca por los pelos. Entrar dentro de una mujer por los pelos. Presentar papeleo burocrático por los pelos.
Luis tiene 32 años. Su piel es joven, de chavalín de 27. No apostaba por su treintena. Tampoco apostaba por su fracaso amoroso. Nunca le han correspondido. No le han despreciado, eso sí. Es un pesimista y no se ve capacitado para aguantar. No puede apostar por algo a largo plazo.
Pero, Luis, apuestas por el fútbol.
Date el gusto. Apuesta por algo más bello.
Somos adolescentes aún, ¿no?
Sin saber cómo, España, nuestra España, se cuela en la final. Nos peleamos contra Argentina. Yo estoy en un bar mugriento rodeada de gente hermosa. Bebo cerveza y me zampo un bacon-queso. Al final de la barra, me miran unos ojos brillantes. Esta noche no duermo sola. Un sastre casi se corta la cabeza con un ventilador de techo. Mi hermana grita como si le pagasen por entrenar a los jugadores. Todo en el bar son dientes; nadie puede parar de sonreír. Cuando aparece Trump en pantalla, aunamos las voces y nos cagamos en su putísima madre.
Somos gente de fiar.
Es Ferrán quien culmina la noche. Un valenciano como yo. El Robert Redford contemporáneo nació en Foios.
Hemos ganado juntos, Luis.
Siempre podremos decir que cuando ganamos el Mundial de 2026 no estuvimos solos.
Ahora solo nos queda jugar un amistoso. Una cancha de barro abandonada. Yo me pido ser Maradona. Hacer trampas. Meter un gol. Quizás, dos. ¿Tú quién te pides?
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