Costumbres

Carta a mi bigote

Entré al Bernabéu y parecía que allí regalaban bigotes. Dejé de sentir que éramos algo especial.

10 de septiembre 2026


Querido bigote:


Escribo esto desde la seguridad de lo que estoy haciendo, pero con ese miedo que da despedirse de alguien que te ha importado tanto. Nos conocemos de sobra, así que no me voy a ir por las ramas, pero quería que entendieras mi decisión.


Recuerdo perfectamente la primera vez que nos conocimos. Fue un noviembre en Milán, ¿te acuerdas? Yo estaba de Erasmus, y lejos de casa —pensé— ¿a quién le va a molestar que me deje bigote? Encima, acuérdate, tenía la excusa del Movember. Así empezaste a asomar, tímido, casi perezoso. Yo te miraba cada mañana y tú, todavía vergonzoso, no querías mostrar todas tus cartas. Qué bien lo pasamos aquel mes. Podría contar los pelos que tenías con los dedos de una mano, y ahora mírate. Deberías sentirte orgulloso de en qué te has convertido. 


Deberías sentirte orgulloso, y a la vez… ¡No! No quiero entrar en reproches. Me niego a que esta amargura que siento tiña todo lo que hemos vivido juntos. Pasaron los años, cuatro si no me fallan los cálculos. Yo a veces me acordaba de ti. Cada vez que veía una imagen de Dalí, o de Hitler, o de Aznar. Cada vez que coincidía con un hombre con mulet y bigote en la barra de un festival. Cada mañana en que te veía saludarme y yo te guiñaba el ojo antes de rasurarte, y de pedirte disculpas porque todavía no estaba preparado para ti. Pero el verano pasado todo cambió. Fue un simple despiste, un error. Se me olvidó llevarme la maquinilla de afeitar al viaje que hicimos con amigos y ahí encontraste tu momento. Pensé en acercarme a un supermercado a comprar una maquinilla de afeitar, pero te vi tan decidido, tan maduro después de años en barbecho en los que te dejé crecer, madurar, aprender lo que es el mundo real. Aquel verano tuviste compañía: la barba. El personaje secundario perfecto de esta historia. Fíjate, bigote, cómo es la memoria, que todavía recuerdo lo primero que pensé el día que fui a matricularme en la universidad. Cuando salgas de aquí tendrás barba, pensé. Qué ingenuo, qué idealista, qué estúpido. ¿Cómo no iba a pensarlo? O al menos, ¿cómo no iba a quererlo? Xabi Alonso todavía jugaba al fútbol, mi padre se la había dejado crecer, Jon Kortajarena también.


Así, fruto del azar, creciste durante un mes, sin hacer mucho ruido y sin haberlo planeado, y es que, bigote, muchas veces las mejores cosas ocurren sin una intención. El caso es que llegó septiembre, llegó el domingo antes de volver al trabajo. Me planté frente al espejo, me deshice de la barba, y ahí te vi. Tú y yo solos en un cuarto de baño un domingo a las siete de la tarde. Escribía Javier Marías: «No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó en seguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato; y cuando por fin se alzó y corrió hacia el cuarto de baño, los que lo siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro de la boca, sin saber todavía qué hacer con él»


Lo hice, bigote, te volví a traicionar. Te busqué con el filo de la cuchilla y me despedí de ti en nuestro verano del amor. ¿Qué fueron? ¿Cinco minutos juntos? Cinco minutos mirándonos, acariciándote, valorando qué hacer juntos, pensando en si iba a funcionar, en si era demasiado pronto o nos habíamos hecho demasiado mayores. Nos tomamos un selfie. Y cuántas veces habré visto esa foto juntos, cuántas veces he recordado lo felices que fuimos esos cinco minutos, cuántas veces he pensado que aquello fue demasiado breve. Cuando te fuiste me sentí como ese padre de Marías, cambiando la cuchilla de mano a mano, sin saber muy bien qué hacer con ella.


Septiembre, la rutina, ya sabes, todas esas cosas me tuvieron entretenido y no volví a pensar en ti. Pero volvió agosto, y volví a hacer la maleta para volver a viajar con amigos. ¿Y por qué no? Pensé. ¿Por qué no darnos una tercera oportunidad? Y así fue. Fuimos felices. Aguantamos desprecios e insultos. Bromas y sonrisas irónicas. ¿Qué te voy a contar? De todo te han llamado; que si parecías una mancha del Colacao, que si eras un bigote anti-miopes porque solo se te veía de cerca. Y yo, querido, también he aguantado lo mío. Que si parecía el maestro de Kung Fu Panda, que si de verdad no me lo estaba dejando por una apuesta. Todo lo hemos aguantado. Todo. Y podría haber aguantado mucho más, pero el 26 de agosto todo cambió. Lo sabes tan bien tú como yo. Entré al Bernabéu y parecía que allí regalaban bigotes. Dejé de sentir que éramos algo especial. Únicos. Irrepetibles. Entendí que mi subconsciente me había jugado una mala pasada y lo que yo pensaba como original era una simple moda. Podía aguantar a unos cuantos tipos con mullet y bigote. ¿Pero centenares de jóvenes en el Bernabéu? ¿Lamine Yamal? ¿Raphinha? Aquel día todo se torció.


Aguanté unas semanas más. Te aseguro que los últimos días me levantaba convencido, dispuesto a sacrificarme durante un tiempo porque pensaba que si forzaba volvería a aparecer la magia. Era demasiado tarde. Qué rabia da escribir un tópico, bigote, pero qué bien funcionan y cuánta razón tienen, por desgracia, la mayoría de veces. No es por ti, es por mí. Y solo pienso, bigote, que ojalá seamos como Jennifer Lopez y Ben Affleck, o como Morata y Alice Campello. Que volvamos en algún momento. Que nos volvamos a encontrar. 


Un fuerte abrazo,

Javier.

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