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No sex #67: ¿Cuándo tiraste tus deseos por el desagüe?
Si no aspiramos a todo, ni siquiera rozaremos la mitad. Hay que quererlo todo.
9 de septiembre 2026 · 3 comentarios
Es este pasado mes de agosto y yo estoy viendo Love Story, la serie que repasa en nueve capítulos la celebérrima, caótica y trágica historia de amor de John Kennedy Junior y Carolyn Bessette. Mientras estoy en el sofá dispuesta a empaparme de una historia de amor de guapos y a no pensar en nada más que belleza, Nueva York y minimalismo noventero, me doy cuenta de que lo que en realidad deseo apenas pasa el primer capítulo es agarrar un cuaderno y un bolígrafo y empezar a anotar todas las veces que veo a Carolyn perderse por John.
Y ni siquiera hablo sólo de dejar su prometedora carrera como Relaciones Públicas en Calvin Klein , sino de su sensación de vacío cuando no está haciendo otra cosa que no sea amar a John. Ella pasa de ser descarada, divertida, espontánea, a vivir encerrada (en el plano físico y literal), a vivir para ese amor tan frenético y que pronto se convierte en gris.
¿De quién es la culpa? ¿Tiene nombre y apellidos?
Habrá casuísticas en las que el narcisista, sibilino y sutil irá imponiendo su manera de hacer, sus costumbres, e irá apagando la vela prendida como un viento fino al anochecer. El narcisista usará técnicas depuradas, técnicas que incluso puede que él, tan acostumbrado a salirse con la suya, no perciba que está aplicando. Su intuición sobre su propia maldad la tendrá poco afilada, vaya.
Existirá también algo ineludible que poner sobre la misma mesa: la creencia de que el amor romántico debe ser y es arrollador en todos los sentidos. Que te da la vuelta, que tú ya no sabes quién eres, que lo cambias todo, que qué más da lo que tú quisieras si ahora ya por fin lo tienes a él, ese ansiado amor que tú merecías vivir.
Habrá un centro: la pareja. Alrededor de la cual pasa a orbitar todo, tu tiempo libre, aquellos lejanos viajes que querías hacer, la vida que te imaginabas en esa ciudad, las ganas de volver a la tuya. De repente hablarás sólo en plural, dejarás atrás los días en que te ibas sola a caminar al parque o al museo. «Estamos pensando en», «no sé lo que quiero pero quiero estar con él», abrazarás que el amor lo vence todo, olvidarás que un día luchaste con garras afiladas lo que ahora tiras por el retrete con indiferencia, lo mirarás pensando «por fin lo conseguí», como si la varita mágica del amor te hubiese tocado. El euromillones de las parejitas. ¿Cómo podría Carolyn haber rechazado a John? ¿Cómo podría haberle puesto límites a su manera de influir en cada aspecto de su vida? ¿Qué culpa tenía él si ella ya sabía lo que se hacía cuando empezaron?
Ahora ya es septiembre, Gloria Steinem acaba de morirse y yo me voy a mi estantería a releerla; no puedo hacer otra cosa, la releo pensando que así se me va a contagiar algo. Ella decía que siempre nos hicieron creer que no se podía tener «el hombre» y «la carrera», que había que elegir y que era eso lo que debíamos cambiar. Llevado a hoy, parece que el amor romántico implique la renuncia a la individualidad, como si en lugar de reformar las habitaciones y hacerlas más espaciosas la única salida tuviese que pasar por cercenar el mobiliario de lo propio.
¿Cuándo tiraste tus deseos por el desagüe?
Yo, que también me perdí en el deseo del otro y también un día pensé en el euromillones de las parejitas, leí a Gloria y me pregunté qué cosas quería yo*. No para que fuesen inamovibles, sino para convertirlas en una brújula, en mi columna vertebral**. El deseo y el futuro es moldeable (¡y menos mal!) pero sí sólo se moldea para el otro una se acaba convirtiendo en el +1 de todas las fiestas.
Si no aspiramos a todo, ni siquiera rozaremos la mitad. Hay que quererlo todo, «el hombre» y la «carrera». El amor y a una misma.
*una de las cosas que quise fue mandarlo todo a la mierda.
**gracias a Claudia por decirme lo de mi «columna vertebral».
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