Costumbres

Mudarse: informe de incidencias

Antes, tenía que conformarme con juzgar las relaciones de pareja de los residentes en cuestión, pero ahora lo sensato es juzgar también sus decisiones decorativas domésticas.

7 de septiembre 2026


En los últimos cuatro meses he hecho dos mudanzas. La primera fue en abril, pero era temporal, de modo que pude tratarlo como una cuestión más bien ligera y no tuve que pensar demasiado. La segunda fue en julio. Esta vez, sin embargo, ha sido a una casa en la que viviré a largo plazo, y me obliga a hacerme preguntas como cuál es la firmeza ideal de un colchón o si confío en alguien lo suficiente como para entregarle el segundo juego de llaves.


Aunque el proceso de traslado sigue en curso, estas son algunas de las cosas que han ocurrido mientras tanto.


1. Introspección

En esta mudanza (la de verdad), soy dueña de un sofá que, por supuesto, es de color verde. Exactamente el mismo verde que todos los demás sofás verdes. Es de suponer que esto anula las veces en las que me convenzo de mi propia singularidad —como cuando consigo enumerar de corrido los ríos de Europa, cuando revelo que nací sin sentido del olfato, cuando mi psicóloga se ríe de algo que he dicho, cuando recuerdo mi pequeño altercado con Isabel Allende, o cuando un público ebrio aplaude la pregunta que se me ha ocurrido jugando a «¿Qué preferirías?» —.


Por el momento, solo acredita la existencia de algún resto de individualidad que el sofá no sea de pana, como el resto de los sofás verdes. Tener un sofá verde le sitúa a una en un lugar muy concreto del mundo. En el bulto, en la búsqueda de lo particular en lo general, en la uniformidad, en la pretensión, y únicamente por encima de aquellos que tienen sofás de bouclé.


2. El concepto de «urgencia»

Técnicamente, también tengo tres platos. Uno llano, uno hondo y uno de postre. Digo técnicamente porque en realidad son un préstamo de mi madre. Durante los primeros días no tuve ningún plato. Tuve WiFi pero no platos, porque mudarse también requiere ordenar las prioridades. 


No compré ninguno porque quería tener la vajilla perfecta. La primera. La que me permitiera contestar con arrogancia a «¿De dónde es este cuenco?» indicando que no lo recordaba, porque la había ido confeccionando con piezas de aquí y de allá. No aspiraba a las tazas de porcelana de Limoges ni a los cubiertos de Christofle, pero quería una vajilla que me gustara usar. Una que fuera funcional sin ser tosca y bonita sin ser demasiado delicada. Les aseguro que yo he puesto un gran empeño para encontrarla, pero siempre hay algo que estropea las piezas, como un impertinente borde dorado, así que está resultando una tarea más ardua de lo previsto. 


Mi madre insistió en dejarme más platos, pero lo rechacé por miedo a acomodarme y a tener una vajilla solo funcional o una vajilla solo bonita, y luego abandonar la búsqueda de la vajilla perfecta. Si bien debo reconocer que un plato de postre no recoge con la holgura deseada un filete de pollo, tengo la esperanza de que esta escasez (espero transitoria) merezca la pena. 


3. Mid-Century, Space Age, Minimalist, y Scandinavian Design.

Mi algoritmo está enfermo, y es porque yo lo he contagiado. Lo he obligado a acompañarme cada vez que me atravesaba algún pensamiento relacionado con decoración o trucos para conseguir que una habitación parezca más grande sin tener ningún tipo de destreza manual o habilidad práctica. En los últimos tiempos, mi «Para Ti» ha sido invadido de madera oscura, lámparas de luz tenue preciosas y abominables a partes iguales, IKEA finds, y cuadros con más paspartú que pintura, todos ellos encapsulados en una especie de música instrumental-sofisticada.


Lamentablemente, por mucho contenido de este tipo que sugiera mi obediente algoritmo, me ocurre lo mismo que en 2016 con los tutoriales de maquillaje de YouTube. Sigo de forma minuciosa el proceso para montar un mueble o para combinar colores, pero el resultado dista mucho del original. No sé dónde está el fallo, de igual modo que no lo sabía en 2016 cuando levantaba la vista al espejo y descubría mi párpado teñido con un descomunal nubarrón de tonos rojizos que no derrochaba viveza precisamente. Tampoco sé por qué siempre tienen que sobrar tornillos, y mucho menos sé qué hacer después con ellos. 


4. Exploración de límites

Sucede que en la mudanza una se ve expuesta a situaciones estimulantes e inesperadas. Se ve obligada a desviar el pedido de Zara Home a la oficina porque en su nueva ubicación no hay portero y la media jornada en verano es una falacia. A abrir el enorme paquete sobre una moqueta gris de salubridad dudosa, a encajar los objetos unos dentro de otros porque resulta imposible transportar la caja cerrada hasta casa. Se encuentra a sí misma exhibiendo, primero ante sus compañeros de trabajo y después ante los pasajeros de metro más entrometidos, los separadores de almacenaje de la ropa interior y una cesta para la ropa sucia que parecía más pequeña en foto —porque una es nueva en esto, y no se le ocurrió desplegar la pestaña de «Dimensiones» al hacer la compra desde el móvil—. Se da cuenta de que no le queda más remedio que hacer caso a su ocasionalmente risueña psicóloga y aceptar su recomendación de ser menos celosa de su intimidad.  


5. Adaptación a la infraestructura urbana

Yo antes sabía dónde estaban los contenedores de basura más cercanos y, sobre todo, cuándo estarían. Ahora he descubierto que pueden ser indisciplinados, fastidiosos, y desaparecer y reaparecer sin ningún criterio claro. 


Esta imprevisibilidad podría llegar a ser emocionante si no fuera porque mi cubo de basura es muy pequeño y tengo que vaciarlo a menudo. Al principio creí que el problema era yo. Hubo un martes por la mañana en el que salí con prisa a trabajar. Llevaba puestas unas estupendas sandalias de tacón fino que me hacen caminar más despacio, pero que estilizan la pierna lo suficiente como para que pase la incomodidad por alto. Al salir del portal, vi que el emplazamiento habitual de los contenedores amanecía vacío. Casi segura de que habían estado allí el martes anterior, al final me convencí de haber recordado mal el horario. Hasta que encontré otros, tuve que recorrer seis calles al ritmo impuesto por mis sandalias, paseando una bolsa de basura que intuyo que olía mal, y que además era lo bastante fina como para que se adivinara el delivery que había pedido la noche anterior.

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Decidí que a partir de entonces estaría más atenta para tirar mis desechos de manera que, idealmente, hubiera contenedores donde hacerlo. Empecé a llevar un registro de cuándo los veía. Han pasado varias semanas desde aquello, pero aún no he logrado identificar un patrón. Dado que mi relación con los contenedores es reciente, puede que sea pronto para exigir estabilidad y protestar por su naturaleza caprichosa. Por lo tanto, hasta que conozca a algún vecino al que pueda preguntar, seguiré anotando las apariciones, y conviviendo con la incertidumbre de si podré o no deshacerme de mi propia basura.


6. Lo de los demás

A medida que termino de mudarme, presto más atención a las casas ajenas. Hasta ahora, había infinidad de detalles que me habían pasado inadvertidos, pero que, al haber adquirido cierto conocimiento en la materia, de repente puedo escrutar. Antes de la mudanza, tenía que conformarme con juzgar las relaciones de pareja de los residentes en cuestión, pero ahora lo sensato es juzgar también sus decisiones decorativas domésticas.


Naturalmente, esta nueva posibilidad tiene el inconveniente de convertirme también a mí en objeto de observación. Tras meses sopesando qué comprar, qué conservar, qué esconder, qué tener a la vista y, en resumidas cuentas, procurando que la casa se pareciera a la que había imaginado, mi hermana se encargó de zanjar el asunto cuando la vio por primera vez y, después de recorrerla con detenimiento, amablemente sentenció: «Está mejor de lo que esperaba para ser tú».


Éxito, creo. 

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