__MESSAGE__
Borracho seco III: Los viajes
Siempre me asaltan las dudas. Siento que engullo un refrito de algo que se me está ofreciendo empaquetado para mi consumo.
3 de septiembre 2026
Cuando llegamos a Helsinki caían chuzos de punta y el cielo estaba cubierto por una masa amenazante de nubes púrpura. Ahí nos teníais, a mi pareja y a mí, a mediados de agosto, buscando cobijo, mojados y maldiciendo nuestra suerte. Nos perdemos el eclipse, nos gastamos una pasta, y ahora esto. Como siga toda la semana así, me mato. Pero qué le vas a hacer, si eran las únicas fechas que nos permitían nuestros respectivos trabajos. Al menos, me dije, podremos dormir con edredón.
Por suerte, al día siguiente, las nubes escamparon y la ciudad, bañada por un suave y fresco resplandor, nos reveló otra cara. Más amable, bastante Kaurismaki. Escandinava de una manera muy particular, con barrios que recuerdan más a una versión limpísima (y muy cara) de Berlín. Al final la semana nos cundió mucho. Estuvimos conduciendo por el interior del país, vimos algunos edificios flipantes, y descubrimos la maravilla que son las saunas directamente conectadas con el agua helada del Báltico. Puedo decir que, a ratos, me la gocé.
Aún así, pasé todo el viaje de vuelta a casa, desde la larguísima cola del control de seguridad, hasta el bus que nos llevó, reventados, desde el Prat hasta el centro de Barcelona, preguntándome qué sentido había tenido todo aquello. Si es que algo tan aparentemente simple como un viaje debe tenerlo.
Me pasa siempre, de un tiempo a esta parte. La verdad que no salgo tanto de mi ciudad, ni me voy muy lejos. Pero cuando lo hago, al menos un par de veces al día me asalta una sensación desagradable. La impresión de que una fuerza ajena a mí ha tomado el control de mis pasos y de pronto soy solo un turista en un mundo de turistas, un autómata moviéndome por raíles. Alienado. Mirando al exterior sin acabar de conectar.
En parte, creo que esa sensación tiene que ver con la manera en la que ahora viajamos. Durante esa semana finlandesa, en ninguno de nuestros alojamientos nos encontramos con nadie que nos diera la bienvenida. Una puerta, un código, otro código. Llegabas a un hotel, nadie en recepción. Lugares fantasma, impolutos y con excelente hilo musical, por los que solo de vez en cuando te cruzabas con algún otro huésped o un empleado de limpieza. Una de las habitaciones en las que dormimos era literalmente un cajón de madera, en el que apenas cabía una cama doble. Maximización del beneficio, abolición de la aventura.
Suele decirse que viajando se aprende y uno expande sus horizontes, pero a mí me cuesta no sentir que, si todo a mi alrededor está diseñado para evitar toda experiencia real, algo se pierde irremediablemente por el camino. Cuando aun así, de verdad SUCEDE algo, siempre porque te sales del camino marcado, a veces por pura casualidad o porque te cruzas con la persona adecuada, se te llena el espíritu. Se abre por un momento la posibilidad real de ser otra persona, de bajar la guardia y conocer otras vidas. “Para ESTO viajamos”, piensas.
Pero el suceso es fugaz, la experiencia nunca permanece. Cuando al volver a casa miro atrás, siempre me asaltan las dudas. Siento que al final no visito un país, sino que engullo un refrito de algo que se me está ofreciendo empaquetado para mi consumo. Que igual viajar no me gusta tanto como debería. Pero, ¿debería? ¿Por qué? ¿Eres tú o soy yo? ¿La maquinaria está rota, o es a mí al que le falta alguna pieza? ¿Qué me pasa, doctor?
En julio de 2023, por cosas de la vida, me encontré dando vueltas por Manhattan, más solo que la una. Hacía pocos meses que había dejado la bebida, y todavía menos que había salido de una relación. Días confusos, en los que me dediqué a merodear por aquellas calles eternas, sintiéndome minúsculo. A estar tirado en Central Park mirando las ardillas, matando el rato y tratando de no malgastar el poco dinero que tenía, misión casi imposible en una ciudad en la que te cobran por respirar, las desigualdades son brutales y todo el mundo parece querer venderte algo.
Acabé haciendo muchísimo el guiri. Fui a todos los lugares a los que se supone que hay que ir. Comí perritos y pizzas. Vi el skyline desde el ferry de Staten Island, que al menos es gratis. Casi todo el tiempo tuve la extraña sensación de estar inmerso en un decorado de cine. De que ya había estado allí, aunque fuera en películas, libros, canciones. No podía parar de preguntarme qué pintaba yo en ese lugar, si es que aquello era real. Por qué me sentía así, en lugar de estar flipando, rendido ante una ciudad a la que siempre había soñado ir.
Algo en esa experiencia, por otro lado fascinante, me afectó. Acabé teniendo unas ganas locas de volver a casa, tirarme en el sofá, acariciar a mi gato. ¿Tendría ese deseo de replegarme sobre mí mismo y hacerme un ovillo, algo que ver con mi recién estrenada sobriedad? ¿Con estar solo con mi sombra al otro lado del Atlántico? ¿O es que de repente había ganado una nueva lucidez, y estaba viendo las cosas como realmente son? “Qué puto horror la lucidez entonces”, me dije.
No quiero lloriquear. Soy consciente de la suerte que tengo de poder salir por ahí a corretear y ver otros países. De tener siquiera vacaciones. Vivimos en la que Marco d’Eramo ha llamado “la edad del turismo” (leeros su libro “El selfie del mundo”, que está fetén) y, aunque me joda, me entiendo parte de un sistema industrial. No me interesa pontificar, ni aspiro a ser nada que no soy. Todos sabemos ya que la sala de espera del Infierno debe de parecerse mucho a un aeropuerto, y que nuestras ciudades cada vez son menos nuestras. No hace falta dar más chapa con el tema.
Aun así, necesito desbrozar mi incomodidad. La impresión de que, cuando viajo, estoy haciendo lo que creo que toca hacer, y no lo que de verdad querría. Yo, que estaría tan a gusto pasando el verano (y la vida) en una casa soleada sin hacer nada más que leer y abanicarme. Que a veces me invade, y con razón, una ecoansiedad de tres pares de narices. Pero ahí me tenéis, dando vueltas. Porque es lo que mola, me dicen mi pareja, mis padres. Porque mis amigos siempre están por ahí de grand tour, y parecen felices. Y yo al final trago, porque en el fondo siempre he sido un people pleaser. Yo solo quiero que me quieran. Si me tengo que ir a la otra punta del mundo para conseguirlo, que así sea.
Desde aquella semana en Nueva York y el momento en que escribo esto, han pasado más de tres años y algunos viajes. En Alcohólicos Anónimos denominan “síndrome de la nube rosa” al periodo más o menos breve en el cual un adicto, cuando consigue abandonar el consumo, se siente eufórico, capaz de todo. Llevas un mes, o seis, sin beber después de haberte puesto como las Grecas durante años, y te crees un superhéroe. Yo pasé por eso hace tiempo. Ahora me encuentro más bien en ese estado mesetario y árido que Javier Calvo llamó una vez “aguas tóxicas de la vida adulta”. Todo se vuelve un tanto beige, y la desconexión con tu alrededor a veces pesa como un muerto. Da igual entonces dónde vayas. No son los lugares, sino tu sistema nervioso descompensado, atravesándolos.
¿Está todo perdido para mi yo viajero, entonces? ¿O tutto passa, como decía aquel? ¿Hay un señor gris viviendo en mi cabeza de gratis para siempre (pregunta que me obsesiona ahora, como sabrán quienes leyeran mis anteriores textos), o es la mía una reacción normal ante un mundo cada vez más desnaturalizado? ¿Puede uno sobreponerse a las exigencias del turismo contemporáneo y recuperar, ni que sea de manera fugaz, algo del sentido de la maravilla que debió de tener alguna vez descubrir al Otro? Did Vueling kill the romantic traveler?
Como también apunta Marco d’Eramo en su libro, es probable que este sea solo un estado pasajero de la sociedad humana, y dentro de un tiempo, cuando los vuelos baratos sean cosa del pasado, la sola idea de hacer turismo parezca una rareza. Entonces ninguna de estas preguntas tendrá ya sentido. Mientras tanto, sé que a mí no me vale sucumbir a la pulsión que me lleva, una y otra vez, al aislamiento, esa misma que me mantuvo durante tantos años pegado a una botella, absorto en mi pequeño mundo interior. Paradójicamente, todo apunta a que habrá que vivir (y viajar) un poco más, si quiero alcanzar algún día los límites del desierto.
¿Qué opinas?
Sin comentariosBorracho seco II: La Mala Leche
Por Natxo Medina
En una nueva entrega de Borracho seco: ¿Se puede mantener el espíritu crítico y los ojos abiertos al mundo sin acabar pudriéndote por el camino?
Borracho seco I: El pilates
Por Natxo Medina
Soy lo que se conoce como un borracho seco. Eso significa que no bebo, pero todavía arrastro cantidad de taras
Por más lejos que vayas no vas a recuperar el sueño
Por María del Mar Ramón
Tengo una fantasía recurrente (...) La crueldad de esta fantasía es que está al alcance de mi mano. No necesito ser millonaria, ni tener otro cuerpo, ni tener otra vida, ni haber nacido heredera, ni ser más inteligente. No. Solo hace falta que deje el teléfono afuera del cuarto y me entregue a la noche de descanso como supe hacer durante tantos años. Dormir como dormía antes de que perdiera la capacidad
Ya no hay verano
Por Álvaro González
Me gusta la finitud para así poder saborear más las cosas.
Mi diario no es como el de F. A. Pizarnik. Acto II
Por Rocío Collins
Prometí contar una historia. Punto. Algo que sucedió el último viernes de julio. Desmalezar los conceptos turbios. Un salto para evitar el boquete. Un viernes de julio. Antes de estos diarios, antes de Flora Alejandra
Abónate a sustrato.
Apoya el trabajo de Natxo Medina
Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.
VER PLANES