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You can't over-wet: fundamentación nostálgica del diario íntimo
Escribo porque ya empecé y sigo como quien, sentado sobre una poza, no se levanta de inmediato, porque si ya está mojado no se puede mojar más.
2 de octubre 2026
Me veo especulando qué texto va en qué sitio, cuál cuento va a qué concurso, qué es lo que me conviene terminar primero, y así gasto a veces más tiempo en compartimentar o direccionar que en escribir. La solución, pienso, es volver al origen, al párrafo que comienza sin saber qué es lo que sigue. Volver a esto. A recordarme que escribo aquí para atender pensamientos pensados a medias y este es uno: ¿Podría terminar robándome a mí mismo el diario? ¿Es, acaso, pervertible este ejercicio que se supone me excede? Posibles respuestas: debo hacer que el diario se vigile a sí mismo sin necesitarme. Cultivar un mecanismo y perpetuarlo. Porque ocurre ahora más que antes que, ante el impulso de anotar el día, algo se inclina hacia lo temático, hacia lo explicable o relatable bajo esa disposición específica en la que me permito ser yo mismo pero medio traducido a lo que ya sé que funciona. Asco de concepto: lo que funciona. Posibles salidas o derivas: podría, quizá, por un lado, aumentar la ensayicidad y así alejar al diario de lo íntimo, o sea, investigar o documentarme un poquito más, no restar subjetividad sino meterla más de contrabando; o, por otro lado, diarizar aún más esto para así alejarlo de lo temático, todo esto pensando en mantener dos tipos de registros a disposición, aparentemente uno más exportable que el otro (Noto de golpe mientras escribo esto que el sello, la línea divisoria que me ayudaría no a eliminar o enjuiciar mis ánimos escriturales sino a crearles cajones a su medida, es la certeza de que aquí no me importa aburrir, asediar una misma idea, atestiguar el confuso hilo mental, gastar y gastar frases, no llegar a nada (ni a la conclusión, ni a la frase redonda, ni menos aún al exceso levreriano de este doble paréntesis, que ya cierro) y sería eso, ese tono o carácter lo que le da su independencia al diario, su lugar distinguible y preciso). Vuelvo, entonces, a la maravillosa inutilidad, al trascendental aburrimiento: zanjado el límite estratégico entre diario-puro y diario-ensayo, queda esta minucia: ¿Debería dejar de liberar mi posteo anual en el blog? ¿Aguantarlo hasta un aún ni siquiera conversado próximo libro? ¿Quizá diseccionarlo y repartirlo en los cajones que corresponda, uno de los cuales sería esto que estás leyendo en Sustrato y que en rigor sería el único cajón que extraje de la habitación entera, metáfora que calza perfecto en tanto el blog que llevo hace casi dos décadas se llama Una pieza1? Un poco eso hice y, sin querer, me demoré casi un año en hacerme cargo (releer, repasar, censurar, reordenar, etc.). Qué vergüenza todas esas preguntas igual ―como si pudieran pesar en vez de y no al mismo tiempo que todo lo otro―, pero insisto: si esto partió como el sitio de las vergüenzas y las autorreclamaciones, así debe mantenerse. Con uno que otro aderezo, pero así. Aparte, escribir sobre por qué me está costando escribir ―o, más precisamente, en torno a cómo detenerse en la destinación de cada cosa escrita puede volverse otra especie de parálisis o página en blanco― es una costumbre que tengo desde antes de descubrir a aquellos que escriben libros enteros sobre cómo no han podido escribir tal o cual cosa, lo cual, dicho sea de paso, me parece dignísimo en la medida que la prosa esté a la altura. Aclarado eso, más preguntas para enturbiar: ¿Mantenerse vigente es estar siempre escribiendo o siendo siempre leído? ¿Y estar siendo leído con cosas que uno escribió hace muchos años es lo mismo que estar siendo leído con cuestiones recién salidas del horno? ¿Y tener, por ejemplo, un libro de hace una década que ya no pesca nadie, y esforzarse por darle movimiento, es algo más o menos penoso o sencillamente parte de la labor del autor? Y, dentro de lo mismo, ¿un libro al que le han creado un Instagram para sí solo es necesariamente signo de que es un pésimo libro? ¿Y, antes que todo eso, debo sencillamente acostumbrarme a esta más o menos nueva impaciencia por necesitar saber de antemano para qué estoy iniciando tal o cual párrafo? Oscilo entre creer que dicha impaciencia es solo mía y sentirla como una niebla exterior que invade. Quizá, si no estuviera escribiendo tan poco, sería todo más sencillo. Quizá si le dijera un par de estas mismas cosas a la cámara frontal de mi celular me beneficiaría, no sé cómo, entrando sorpresivamente al juego que están jugando todos. Pero no: yo le veo altiro el carácter de prótesis a todo aquello que excede la estricta promoción de una obra, así que no. Se me notaría en la cara. En la voz. Como cuando los futbolistas tienen que recitar un parlamento publicitario en un comercial de detergente. Esto, entonces, es lo único que puedo hacer. Esto, es decir, la ficción, los dos cajones recién inventados, simular a veces no ser alguien que preferiría morirse antes que hablar en público y, envolviéndolo todo, la afirmación de cierto carácter vergonzante de todo diario, que para mí es algo que cuando se contagia hacia los géneros literarios colindantes es pura ganancia. A la horrorosa aparición del rostro del autor y su cuidada personalidad reforzada por el montaje audiovisual le opongo la mítica disposición de cuando uno escribía porque sí. Esa universalidad bruta y tan a la mano que sirve para responder todas y cada una de las preguntas que molestosamente hice. Qué a gusto, en ese sentido, me ha salido escribir esto, casi de sopetón. ¿Y si solo por escrito descansamos de lo escrito? Recostado sobre el párrafo, me sigo preguntando si pierdo, repartiendo, lo ¿No habría, quizá, a la base de estas preguntas, la suposición de que la escritura es como el agua y podría gastarse si no la usamos sabiamente? ¿Y se gasta uno más desde la ficción o desde la no ficción? Mi intuición: al fondo siempre queda un residuo indecible. Por mucho que me esfuerce nunca alcanzaré a decirme entero. El infinito que hay entre un segundo y el que le sigue no lo permite. Ni yo ni los días podrán nunca ser ajusticiados en el texto. Además, me parece que son cada vez más un puñado quienes leen blogs. Y entre quienes lo hacen, ¿quién retiene ya algo que leyó hace tres días? Si me he alargado aquí es bajo la confusa idea de que uno puede desaparecer en lo saturado. En el fondo, de todas las fundamentaciones posibles, lo único que tengo es esto: escribo porque ya empecé y sigo como quien, sentado sobre una poza, no se levanta de inmediato, porque si ya está mojado no se puede mojar más. Llevar un diario es una manera tranquila de atestiguar el fracaso ―para mí, a estas alturas, en un sentido ya más notarial que maldito2―, es decir, ni más ni menos que una estricta bitácora de la dificultad misma de vivir como uno cree que hay que vivir. La escritura se bifurca en propósitos y cajones y así es como la atajo. Reseteando. Volviendo una y otra vez al grato grado cero del mítico word mental.
1 Por cierto, este es un extracto de mi diario abierto del año pasado que puedes leer integro aquí
2 ¿Por qué no escribir un diario en un “libro de cuentas”?, se pregunta, medio en broma, Leonidas Morales en El diario íntimo en Chile.
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