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Este otoño dejarás de besar a tus amigos
No sé si deberíamos volver a hacerlo (habrá que repetir) y nada es tan grave.
5 de noviembre 2026 · 1 comentario
Para Antonio y para los que cayeron en los peligros del tonteo lúdico
Comienza con un destello verde que le ilumina la cara. Luego es azul. Rojo. When we are dancing and you're dangerously close to me. Peligrosamente cerca. El cambio de su mirada, imperceptible para cualquiera, te resulta desproporcionado. Ha mutado del cariño estático a una temblorosa curiosidad. I get ideas, I get ideas. Se te ocurren algunas cosas y tu pelo suelta llamas. Él te lo aparta de la frente. Sus dedos. Recuerdas a tu excompañera de piso, a cuando dijo: “En una primera cita siempre me fijo en las manos del chico. No puedo evitar pensar en que pronto me tocarán”.
El momento dista muchísimo de ser un tanteo con un desconocido. Es tu amigo. Ya has tenido cerca toda parte de su cuerpo, pero ahora te fijas en sus venas, sus fórmulas, su contextura. Sabías que era mono y sabías que nunca-iba-a-pasar-nada. Una solemne amistad ganó. ¿Qué te está contando en esa inusual forma de ojearte? El cambio de estación en su cara, la profundidad del otoño.
La posibilidad te desconcierta, te corrompe, te vuelve poco fiable. Los amigos son supuestamente intocables. Eunucos. Con ellos dormimos la siesta, compartimos vaso y nos quejamos de vicio. Consiguen interpretarnos lo que los amantes no pronuncian, dan respuesta a todas nuestras dudas. “El napolitano con el que estás de rollo hace contorsionismo cada vez que abre Instagram porque habla con otras. Se lía con otras”, te aclaró, inmutable. Vaya. ¿Qué hago entonces? “Liarte con otros”, sugirió, sin prever su candidatura.
Las formas de su cara, tan conocidas que te pertenecen, sueltan brillos. Quizás retuvo las luces. Se te caen los ojos a su boca y, una vez que la ves, no puedes dejar de mirarla; como un efecto óptico abrasivo. Un disparate que te tintinea como unas copas. Chinchín. Se te ha antojado un besito. Joder, si se lo puedes dar a un italiano, ¿por qué no a él? Que te escribe una felicitación sobria (y bella) en tu cumple, comparte tu sarcasmo sutil y solo abusa de su infantil transparencia. Le sobrecoge la corrupción. Él, que alguna vez te ha mandado un consejo inteligente, uno que te ha dejado hundida en el sofá. “Qué bonito”, pensaste. “Va en línea recta hacia mí”. Supo qué decirte porque te contempla.
And when you touch me with a fire in every finger. Él te cuenta algo y tú tomas el comentario y lo extiendes, sus palabras te las acercas al cuerpo y se las devuelves con otro olor. Compartís una bebida y en un momento se acerca y doblas la cara, dubitativa. Te dice que no con la cabeza, se ha molestado.
Anda ya, ¿has estado a las cinco de la mañana en un salón mugriento, por un sí diminuto, y le vas a decir que no a esto? Te acercas. Empiezas un beso inagotable, uno que dura doce horas. Ayuno. Vivís una delicada tortura.
Al principio, todo son jajas y qué noche, qué bueno, cómo me divertí y nunca imaginé que fuera así de simple y todos deberían probarlo y estamos por encima del bien y el mal y no sé si deberíamos volver a hacerlo (habrá que repetir) y nada es tan grave y se ha diluido aquel amor y este amor (todos son el mismo).
Los besos se dilatan. Son papeles desordenados, aparecen por todas partes; en las estanterías, esparcidos sobre la mesa, debajo de la cama. Tantos, inclasificables. Besar así te traslada a antes de la preocupación de los contratos, la cocina y la crema solar. Cada vez que te gusta alguien, retomas la adolescencia en el mismo punto que la dejaste, te salen braquets. La desesperación. Se te irrita la linde de la boca, su poca barba se te ha clavado.
Cuando os separáis, piensas en qué estará haciendo. Tu imaginación funciona como un binóculo; lo ves en una cafetería, colocándose la bufanda, distraído. A estas alturas ya te atravesó el efecto campamento de verano. Una lupa que lo distorsiona y engrandece. Él parece más enigmático que hace un mes, irresistible. Transformado por tu percepción de miopía emocionada.
Pero sigamos: Ha oscurecido, todos charlan dentro y él ha salido solo, lo suele hacer (últimamente más). Te cuenta una historia sin importancia y desliza: “¿Sabes que te quiero?”. Sí lo sabes, y no te sorprende que te lo comente, porque su boca es un músculo con memoria y te lo ha dicho ya muchas veces. Es imposible distinguir esa expresión de la otra. Al tiempo le da un llanto infantil que nadie comprende. Ni tú entonces. Alguien resuelve: “No es nada, está borracho”.
Lo más cerca que ha estado de confirmar que fue importante es siempre en pasado. Durante, atraviesas la vacilación. (Margaritas mentales: me quiere > no me quiere). Te desespera su letargo. Ese estado inconcluso. Te enfadas y le provocas para que surja la oportunidad de una verdad. Que te diga algo despreciable, que sea visceral, sincero. Esa situación rígida se va tensando, más y más, se va extendiendo.
Paráis. Estuvisteis a punto de agotar la incertidumbre, de rebasarla. Vosotros tenéis otro pacto, no el de los novios. Alargarlo más lo quebraría: lo habéis salvado. Un día descubres cómo busca a otra con el mismo gesto que hacía contigo. Alguna vez te suelta un injusto “no lo quiero hacer delante de ti”, que te tomas como una forma de desprecio. Peor, de pena. “Nosotros no hablamos de esto”, se blinda cuando emerge el tema. Quieres decir que te da igual. Llega un momento en que te alegra que disfrute. Le alientas, sabes que lo recibirá. Que le llegará al cuello y, desde ahí, a todo el cuerpo. Con una alegría de niña le deseas lo mejor.
Lo esterilizas y lo devuelves a las conversaciones sesudas, al vacile blando, a la atracción puramente amistosa. La que debemos mantener con todos toda la vida. La de querer escuchar al otro, tenerlo cerca. Los besos han terminado, te liberaste. Le preguntas: “¿Seguiremos siendo amigos para siempre?”. Tarda poco en responder. “Hay que negociar el contrato, pero todo apunta a que sí”.
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