Te veo poco, te miro mucho
Te echo de menos. No sé si se me pasará, no sé cómo hacerlo.
14 de abril 2026 · 2 comentarios
Por Claudia Vila
14 de abril 2026 · 2 comentariosTe echo de menos. No sé si se me pasará, no sé cómo hacerlo.
Nada se iguala a estar con alguien siendo nadie. A compartir juntas aquella nada y que ninguna la interrumpa con palabras de babas, las que se dicen cuando se teme al silencio. Ahora, como vivimos lejos, andamos condenadas a otra cosa: al calendario, al plan, al propósito. Salimos de esa locura en la que estábamos, la de llevarte a las comidas con mi familia, la de quedar por defecto: ¿qué plan?, la de ser tu copiloto sin mirar cómo se llega al destino. Solo subía el volumen, te gritaba. Sit me down, shut me up, I'll calm down… And I'll get along with you.
El delirio de esperar como un animal, sentada en un pivote fuera de la discoteca, a que terminaras de liarte con un chico. Venía la gente a preguntarme si estaba triste y no, yo era feliz en esa espera. Me habría gustado ser fumadora y encenderme un cigarro para que se viera cómo me sentía. Estaba celebrando.
La gracia de ver a una amiga a diario, que sepas cuál es su ropa, que todo lo que haga lo hagáis juntas.
Es tan hermoso no tener que mantenerme donde nací; me ha permitido experimentarlo todo. Lo he probado y, al fin, estoy donde siempre quise. He escuchado conversaciones que me han hecho volver a casa sonriendo a los desconocidos, como una majara. Como una optimista diabólica. Soy agradecida con esta vida hecha para mí. Me he topado con la silla de mi tamaño, la sopa a mi temperatura y la cama más cómoda. Tengo hasta un edredón blanco de hotel.
Es profunda, es alentadora y es dolorosa esta vida fragmentada.
Pero he llorado con un vídeo de dibujos en el que salen dos chicas haciendo lo que eran nuestros mayores placeres. Miran el móvil en la cama, cocinan juntas, comen pizza en un coche y juegan a videojuegos —esto no lo haríamos—. Al final, aparecen separadas. Por eso me emocioné, porque se escriben por teléfono. Y porque la canción termina diciendo que se sienten lejos de su hogar. Su hogar era estar la una con la otra.
Hemos aprendido a desenvolvernos en ese casi, en mandar un audio de vez en cuando. Uno largo para contarlo todo. “Ya lo escucharás cuando puedas”. Si es que te acuerdas.
Ver a algunas amigas tiene el olor a urgencia y a celebración. Un encuentro que precede a la despedida. La sensación de campamento de verano. Nos da menos tiempo a enfadarnos —aun así lo conseguimos, todas tenemos carácter—. Me falta lo de antes, los momentos de compañía delirantes.
Escuché tus gritos cuando te hicieron depilación brasileña con cera, mentí a tu madre para encubrir y no me tembló la voz, te recogí en casa cuando cortaste con tu ex —era estúpido ese tío; cuando le veo en alguna foto de Instagram, se me para el corazón como si se parara el tuyo—. Hablo de varias personas, claro.
Cuando nos miramos, instintivamente buscamos algo nuevo. Un hobby como la escalada, el síndrome de ovario poliquístico, la arruga que se extiende imperceptible en tu frente, una falda blanca de Desigual que, perdona que te diga, no te habrías comprado hace cinco años.
Estoy bien, ¿tú estás bien? Yo genial, porque no lo pienso. Me enredo con las maravillosas personas que hoy me rodean. ¿Te he dicho que son fantásticas? Tenemos tanto en común. Hablamos de libros, algo que contigo no podía hacer porque te aburrían. Vamos a los mismos conciertos, probamos gildas, nos vamos a tatuar juntas. Las adoro. He aprendido que nadie es imprescindible. Imagino que te ocurrirá lo mismo.
Te recuerdo bruta y malhumorada porque eres la única que me para los pies cuando deliro. A veces te pasas, y tú lo sabes. Pero yo te respondo, siempre tengo una navaja en la lengua. Somos las dos efervescentes y exageradas. Me encanta cuando te salen tantas carcajadas que te entra una extraña desesperación, se te caen las lágrimas, te quedas muda. Me dices: “No puedo”.
Te echo de menos. No sé si se me pasará, no sé cómo hacerlo. Por eso escribo esto, para que me ayuden a reunir toda mi bisutería de amor. Fue divertido tenerla por ahí, desperdigada y disfrutando. Me gustaría tenerla unida, en una misma residencia. Empadronar a mis amigas conmigo.
Como Blanca Valera, te digo: querida mía, “te recuerdo como la mejor canción/ esa apoteosis de gallos y estrellas que ya no eres/ que ya no soy que ya no seremos”. Yo te miro a la cara y te conozco. Sé que eso también les ocurre a tus nuevas amigas; yo, además, veo a la que fuiste. Hasta que yo muera, alguien rememorará tu flequillo de camomila, tu mano llena de pulseras titilantes y tu camiseta horrorosa, la que parecía de I love NY, pero se leía I love my boy.
“Lo siento por ti”, me dices a veces: “Sé que solo te puedes reír como te ríes conmigo dos veces al año”. Lo que más me afecta no es eso, es saber que me quisiste cada una de las veces que sentí que era difícil quererme. Eso no se me olvida, eso no se me olvidará nunca.
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