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Jacob Elordi, he pensado en ti
Es injusto ser exigente con el deseo, lo divertido es mirarlo y dejarte deslumbrar.
23 de febrero 2026
Tienes que taparte la boca de la emoción, sueltas una carcajada tímida, el cuerpo serpentea en la butaca del cine. Te dan ganas de pedirle al de al lado que no mastique, que no te distraiga. Todo el mundo grita a la vez, como un estadio volcado. Pero solo es él. Él con el pelo corto. Jacob Elordi en Cumbres borrascosas. Nah, un guapo.
He estado pensando en su cara de chucho triste. Él mismo lo admite: “Te seguiré como un perro hasta el fin del mundo”. Lo cumple de rodillas, con la boca abierta para atrapar la mano de Margot Robbie. Una mirada leal, desde abajo. O en otro momento, cuando ella se pone de puntillas para abrazarlo y él cierra los ojos, abrumado.
Es un búfalo, gigantesco y manso. Lo intuyo cuando le rozan la cabeza, y él dirige el rostro hacia la caricia, en cómo recibe el gesto y lo alarga. También cuando aprieta la boca debajo de la cama. Hace un puchero, un hombre inmenso que se frunce como un niño.
He estado pensando en la marca de varicela de su mejilla y en la mancha marrón junto a su pecho.
Aparece alcanzado por luces rojas y derretido por la lluvia. Saca mucho la lengua al besar. Vacila con una pipa y suelta el humo, lanza mensajes ocultos. Insinúa que podrías ser tú el cacharro y que él logrará contigo lo que hace cuando fuma. Te volverá transparente y ágil.
Él es un páramo, lo que una busca entre las nieblas. Dice no sé qué de que no has roto su corazón, sino tu corazón, y que rompiendo tu corazón has roto su corazón, un trabalenguas que ni Margot Robbie estará escuchando. Nos hemos distraído con sus dientes.
Se agradece volver a una belleza bruta. Ya nos habíamos acomodado a un Timothée Chalamet venido a menos, uno que cree que puede tomar el camino de Justin Bieber; el de obviar nuestra libido y convertirse en un referente para los tíos. Un tramposo. De los que tonteaban contigo y luego se hacían amigos de tu novio.
Cada vez que alguien menciona al chico del momento, ya saltan los tipos diciendo que es gay. Ridiculizando a Pedro Pascal por reconocer su ansiedad en un photocall, la totebag de Paul Mescal con la teoría del hombre performativo o a Josh O’Connor, al que directamente comparan con el protagonista de Ratónpolis. Si te parece, me van a gustar Jason Momoa, Chris Hemsworth y Chris Evans (joder, pensaba que estos dos eran la misma persona). Venga ya. Y Cristiano Ronaldo.
Me he encontrado con cientos de vídeos que critican diferencias con la novela —aunque no tienen nada que ver, yo tampoco esperaba a Joseph con su dialecto de Yorkshire—, un artículo titulado The problem with hot, white Heathcliff in ‘Wuthering Heights’ y un análisis que valora si las facciones de Jacob Elordi son atractivas o no.
He estado pensando en su cara de vasco. En su pendiente, sus anillos y sus bolsos. En su pelo de futbolista aliado. Ya no sé si me gusta porque es guapo, porque mide casi dos metros o porque agrupa todo lo que hoy está de moda; porque es un producto glorioso.
La ovación retumba en la sala cuando él reaparece. El alboroto es el eco que escuché en High School Musical o Crepúsculo; el del ansia y el asombro, el de asociarse en una alucinación. Ya no soy una adolescente, y por eso no chillé, pero me ilusiona.
Con los famosos atractivos siempre ocurre: que nos gustan porque se parecen a los chicos que nos gustan, pero son mejores que ellos porque nunca los conoceremos. Las protagonistas somos nosotras. Por eso las espectadoras también se ponen de puntillas y besan a los Jacobs Elordis en los pósters.
Decir que te atrae este cóctel de gestos sexis es decir nada, pero estás expuesta al mundo y te lo bebes. Sobre todo, hay que procurar no amargarse. Yo propongo abrazar la evidencia y preguntarle qué quiere anunciar. Es injusto ser exigente con el deseo, lo divertido es mirarlo y dejarte deslumbrar.
He estado pensando en seguir fantaseando. He estado pensando en todas vosotras. He estado pensando en que me gusta Jacob Elordi.
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