__MESSAGE__
Salí de fiesta y la vida se me reveló
Una ciudad que se me va pegando a lo largo del día como un chicle.
15 de septiembre 2026 · 1 comentario
Me dijo mi abuela que en Madrid había chicos muy guapos y yo, suspicaz porque ella nunca había estado aquí, respondí que de dónde sacaba eso y que en Sevilla también había chicos muy guapos. La primera vez que salí de fiesta le di la razón. Ellos se cruzaban como en un desfile, yo asentía: “Este también es mono”, y celebraba con ella. Castañuelas. Las dos, en la distancia, conectadas por una costumbre ancestral en mi familia: aplaudir a los guapos. Un brindis por los chicos y por su manera de alzar los brazos, mover los hombros y entrecerrar los ojos. (Esto no se lo dije a la abuela, pero con el tiempo descubrí que es la cara de la droga; que los hace atractivos pero extremadamente tibios).
Entré en la noche de la ciudad radiante. Un bautismo.
Yo le tenía mucha fe a este lugar. Me habían contado cosas. Después de siete años de suplicar suerte, me ha pasado todo lo que puede ocurrir; cambié de piso, de novio, de trabajo.
Descubrí una ciudad dilatada. Tan torpe como un rollo primerizo que lame sin cuidado. Me tiene resentida porque me gustó mucho, y quizás aún me gusta. Por eso hablo de ella con tanto resquemor, porque una noche me lo prometió todo y otra se desvaneció, y ya, de tanto recordarla, no sé lo que tendría que darme. Me manipuló con expectativas.
En el garito, Anna Castillo vibra con un vestido de espalda descubierta y Rodrigo Sorogoyen se lo está pasando fenomenal. Parece una fiesta temática sobre él; hombres con pelos rizados, temple desafiante y aires nostálgicos de periódico en papel. Todo el que quiere dedicarse al cine le está rondando. Me preguntan a qué me dedico, una actriz se entera de que tengo un club de lectura y me enumera todas las novelas que ha terminado el último año. “Me encantó Han cantado bingo y Comerás flores, pero no pude acabar Oxígeno”. No respondo. “No me gusta nada cómo escribe Marta, me parece infumable”.
Me cabrea, y además estoy aburrida y no he bebido y todo esto exprime mi crueldad.
“Mira, perdona que te corte”, le toco el brazo para entrar en el papel de afectada, tiene unos ojos gigantes, azules. Es guapísima y su piel parece un paraguayo. “Es para que no sigas porque….”, señalo a mi amiga escritora: “Ella es la autora”. Todo suspendido. Pies quietos. Se le escucha tragar. “No, no lo soy”, corta Gema. La rubia puede volver a respirar y ya no quiere comentarme más sus lecturas a las cinco y media de la madrugada.
Una ciudad que se me va pegando a lo largo del día como un chicle. Al llegar a casa, hay que rociarme con aceite de oliva, frotar para que se despegue. Debo arrastrar un castigo. “El animal en mí envejece”. En Chantal Maillard, porque yo, a pesar de los timbales, continúo fresca.
Los chicos guapos invitan a copas a mis amigas guapas. Se restablece el orden con sus risas. Yo pensé que andaban tristes. Y lo están: tristes y puestos. Un tipo me dice que, con tanta vacilada, los dejamos sentados. Que metemos miedo. Le respondo, muy circunspecta: “Tú qué sabes del miedo”. No se puede charlar conmigo, tiene razón: yo le pido hablar; a cada hora me vuelvo más exigente. Nunca odiaré a nadie más que al que pregunta a las cuatro de la mañana: “¿A qué te dedicas?”. Es como despertar a un sonámbulo, y a mí me asusta el aburrimiento.
Nos despedimos con esperanza, decimos: algo saldrá. (Amantes, pisos, trabajos). La fulminante promesa que tendemos al sol. Una solución que romperá Fuencarral y dividirá el reino en dos. Y Walt Whitman con su típico: “El pasado y el presente se borran, los he colmado, los he agotado,/ Ahora me dispongo a colmar mi parte del futuro”.
Vuelvo a casa y conversamos. La ciudad y yo. A ella le cuento lo de que ahora Carabanchel es el Soho (¡de coña!), lo de los filósofos flacos que están en el after y lo de las señoras mayores envueltas en laca. Siempre que las miro pienso en cuántos pisos tienen. Que me cedan uno; no los necesitan para nada. Yo sí, para mis sueños. Una ciudad atestada de estos demonios que caminan agachados, quieren ser los últimos en recibir las lluvias. Les gustaría quedarse atrapados en ellos mismos. A todos les deseo dos cosas: ir en metro, a hora punta, cuando unos pijos se manifiestan a favor de la unidad de España (les huelen las bocas y las axilas, su rabia no es limpia), y asistir al médico del seguro privado con un esguince. “Aprovecho para recomendarte estas vitaminas, son las que receto a mis pacientes atletas. Jamás se lesionan”. Parece un vendedor, el doctor argentino de Los Simpson. Pienso tanto en él.
Camino a través de la niebla porque un humano en la noche no tiene edad. El paseo me lleva a las innumerables posibilidades de la vida adulta. A poder hacer lo que yo quiero. Notar una inquietud viva en el pecho y latirla así, con la mano. Conmoverme al estar sola. Despertar sola, poner una lavadora sola, mirar por el balcón en la más cruda soledad. Ser un caballo en mi cuadrita y esperar a que me atiendan, a que me peinen, a que me cobren.
Me tengo que recordar que lo que vivo es la extremidad de una fantasía. Que en algún momento de mi adolescencia yo anhelaba estar aquí. Es como si fuera inconcebible y, simultáneamente, no podría haber sido de otro modo. El capricho se cumple. Trato de, como dice Antonin Artaud, “añadir el cuerpo a la palabra”. Hacer algo con mi brotada ambición.
Amanece en la ciudad buena, la que me espera sentada. Te veo a través de la ventana. El amor no es tocarte, es esta escena de aproximación. Luego, también. Dices algo, y no sabes que yo he pensado eso, he querido eso. Una luz minúscula me distrae. Una caracola. Para mí, llegar aquí fue encallar. Armar una tripulación.
Esto es bueno. Esto me gusta. Me acerco.
* Las imágenes pertenecen a una serie casera de la fotógrafa Carrie Mae Weems.
¿Qué opinas?
1 comentarioUn verano te romperán el corazón
Por Claudia Vila
Es verano y eres joven, pero tienes el corazón roto, de modo que no te sirven ni el verano ni ser joven ni todas sus consecuencias (...) Te han dejado en el peor momento (siempre es el peor momento).
Te veo poco, te miro mucho
Por Claudia Vila
Estoy bien, ¿tú estás bien? Yo genial, porque no lo pienso.
Jacob Elordi, he pensado en ti
Por Claudia Vila
Tienes que taparte la boca de la emoción, sueltas una carcajada tímida, el cuerpo serpentea en la butaca del cine.
SM 26: Nos robaron el artículo
Por Álvaro Boro
Las fiestas deben de ser para todos, pero sobre todo para los niños. Y no acabo de ver esa ilusión y las ganas con las que yo vivía estos días en las caras de los niños.
SM 26: Tan poco lunes
Por Álvaro Boro
Este lunes mateíno es quizá uno de los menos lunes del año.
SM 26: Consumiciones como puñaladas
Por Álvaro Boro
No acabo de entender la querencia por la terraza y tenernos a todos bien estabulados. Las fiestas tienen que vivirse por la calle, con cierto caos y afluencia torrencial.
Abónate a sustrato.
Apoya el trabajo de Claudia Vila
Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.
VER PLANES