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Volver a fumar
Siendo escribir una actividad tan solitaria, que en mi caso debe realizarse en silencio, el tabaco es la única compañía que tolero
8 de octubre 2026
Por fin ha terminado el verano. El recuerdo de las piscinas en la ciudad empieza a quedar atrás y el primer rayo de sol se anuncia a las ocho de la mañana. Los días parecen más cortos, la vida parece más ordenada y la calle se ve menos vacía. No me molestaba el calor. Me angustiaba, debo decirlo, la soledad. Los largos meses de temperatura altísima en Madrid me pasaron en una ciudad deshabitada, donde la mayoría de la gente que conocía estaba en otros lugares, y la cantidad de factores que me llevaron a quedarme por momentos se sintieron como una decisión espartana. En agosto, por ejemplo, tuve la certeza de que quedarme en Madrid era una especie de tributo que tenía que pagarle a la ciudad por vivir acá. Y yo lo soporté con estoicismo. Asumí la soledad pegajosa de aquellos días sumida en la escritura de una novela, con el silencio de la calle, mirando a los otros desafortunados como yo, que teníamos que quedarnos inmóviles en medio del calor.
Las terrazas han vuelto a llenarse, las calles han vuelto a tener tráfico, los turistas han vuelto a caminar por todas partes y el ritmo frenético de capital se siente de vuelta en el cuerpo y en el sonido. Hay afán. Hay prisa por llegar. Hay planes. Hay agendas. Hay menos tiempo para escribir. Hay más tiempo para hablar. Me siento aliviada de que así sea. Pero del verano he traído conmigo un viejo vicio: he vuelto a fumar.
Nunca he sido una fumadora comprometida. Quizás lo era de adolescente, pero rápidamente el cigarrillo fue sustituido (o más bien combinado) por el alcohol, con el que sí tuve un problema y cuyo abandono me tomó años y un cambio de vida de moderada radicalidad. En cambio fumar, para mí, es un hábito accesorio. Podría dejarlo, si quisiera, y he pasado meses, incluso años, sin tocar un cigarrillo. No tengo con el tabaco un problema, pero lo disfruto, y la razón por la que volvió en el verano es bastante concreta. Una vez, hace años, hablaba con una amiga que no fumaba y decía que el cigarrillo le parecía el vicio más ridículo de todos: fumar no te altera visiblemente la conciencia, no te vuelve híper verbal, no te hace más amoroso, no te hace disfrutar de la música, no te hace alucinar. Entonces estuve de acuerdo con la hipótesis de que era una adicción sin ninguna retribución más que paliar ansiedad (que no es poco, por estos días), sin embargo, hay algo que se dejaba afuera en esa observación: fumar te acompaña. Fumar, el humo, la contemplación, la actividad que representa, el tiempo en pausa que supone, te hace una compañía que no necesita nada más.
He fumado durante la escritura de todas mis novelas. Siempre creí que era por la fuerza de la costumbre: armar el ritual, enrollar el cigarrillo, leer con una bocanada y escribir con el humo saliendo del cenicero. Pero ahora creo que lo hacía porque, siendo escribir una actividad tan solitaria, que en mi caso debe realizarse en silencio, el tabaco es la única compañía que tolero, la única que soporta mi silencio, que lo engrandece, que me hace consciente del paso del tiempo.
Volví a fumar a principio del verano. Primero, en situaciones sociales, pero después en mi casa. Escribiendo, por supuesto, pero también cuando no lo hacía. Volví a fumar cigarrillos armados porque estuve brevemente enganchada con el poco poético vaporizador, que con su olor sintético a melón podía consumirse a cualquier hora, en cualquier lugar, y que me empezó a hacer sentir mal. El consumo de ese humillo dulzón, que no está del todo regulado y tampoco está mal visto, no me acompañaba sino que reemplazaba el aire gran parte del día. La imagen de estar chupando una batería de teléfono todo el tiempo me entristeció. Además, es caro. Además, el efecto de congestión en el pecho y lo poco que sabemos de sus daños me preocupó.
De manera que, siguiendo el viejo principio de “mejor malo por conocido que bueno por conocer”, volví de lleno al tabaco de armar; más lento, más meditado, más artesanal. Los hago con calma, en el escritorio, en la mesa de algún bar, en el banco de algún parque. Y después, fumo. Con tiempo, con paciencia, contemplando el humo que abandona mi cuerpo y desaparece en el clima cada vez más frío de la ciudad. Si estoy en la calle, miro a lo alto de los edificios, si estoy en mi casa, me detengo a mirar la calle desde la ventana. Fumar y contemplar maridan con una perfección poética, casi anticapitalista.
Hace muchos años leí que gran parte del encanto del tabaquismo radicaba en el espectáculo del humo saliendo del cuerpo y perdiéndose en la inmensidad del cielo, que para quienes no podían ver, la gracia de fumar perdía casi todo el sentido.
Mirar el humo, inhalar y exhalar otra forma de aire, sentirse acompañado por un cigarrillo mientras se espera, mientras se mira, mientras se escribe. Sentirme menos sola. Sentirme más a gusto con esa soledad. Sentirme acompañada aunque no haya nadie. Ya habrá tiempo para dejarlo, me digo, mientras armo otro “piti” con ganas de contemplar los balcones altos de esta nueva ciudad y ver el cigarrillo consumirse entre mis dedos.
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