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Trio alla italiana: I - Será perché ti amo
Detrás de aquella fachada se estrenó Nabucco, de Verdi, en 1842.
17 de septiembre 2026
Hay ciudades que se ofrecen nada más llegar. Milán no es una de ellas. En la ciudad de Verdi, del diseño y de las fachadas discretas, lo importante suele estar un poco más adentro.
Milán no es la Italia que te imaginas.
No es la Italia de las postales. No es la de las terrazas eternas con vino tinto y mantel de cuadros. No es la del camarero que te llama caro y te sirve sin prisa. Esperas una ciudad que se deje fotografiar fácilmente: una plaza, una fuente, una iglesia, una mesa al sol.
Pero Milán es otra cosa. Es rápida. Industrial. Elegante de una manera que no parece necesitar que la admiremos. Hay hombres con traje entrando en edificios de oficinas, estudiantes cargando carpetas y dibujando su iglesia favorita, bicicletas que pasan demasiado cerca y tranvías que parecen conocer la ciudad mejor que tú. Y en medio de todo eso estás tú, turista con mochila y zapatillas, intentando descubrir dónde empieza la Italia que habías venido a buscar.
Llegamos una mañana de agosto. Cris, sus padres (aka, mis suegros) y yo. Era la primera parada de un viaje que seguiría por el Lago di Como y terminaría en Florencia. Milán eran, en realidad, una escala. Un día y una noche. Una noche y un día. Lo justo para ver el Duomo, caminar un poco, comer bien y coger el tren al norte a la mañana siguiente. Lo justo, pensábamos, para ver Milán. Y quizá ese fue nuestro primer error.
Lo primero que aprendes en Milán es que no vas a ver todo lo que creías que ibas a ver. Descubrí que La última cena de Leonardo estaba allí. En Santa Maria delle Grazie, a unos veinte minutos andando del Duomo. Una de las pinturas más importantes de la historia del arte, prácticamente al final de nuestro paseo.
No quedaban entradas.
No quedaban para esa semana. Ni para la siguiente. Ni para el mes entero. El turista que no lo sabe -que fui yo- se queda delante de la iglesia mirando la fachada con la misma expresión del que llega a un restaurante sin reserva y descubre que está todo completo. ¿Quién no ha intentado conseguir mesa en Los 33 sin resultado? No hay enfado. Ni drama. Solo esa pequeña sensación de haber llegado tarde.
Milán hace eso. No parece interesada en que puedas verlo todo. La ciudad no necesita que la veas. Lleva siglos ahí. Y si quieres entrar, te organizas. Hay algo casi elegante en esa indiferencia. Mientras otras ciudades parecen haberse diseñado para recibir al visitante, Milán da la impresión de haber construido su identidad al margen de él. Tú llegas, miras y decides cuánto quieres esforzarte. Y si no te esfuerzas, la ciudad seguirá exactamente igual.
Hay un edificio en Milán que resume todo esto mejor que cualquier cosa que yo pueda escribir. Se llama Teatro alla Scala. Y pasé por delante casi sin mirar. Lo vi de refilón, caminando por la Via Manzoni hacia el Duomo. Desde fuera, La Scala es casi decepcionante. Una fachada neoclásica de color crema, discreta, sin demasiadas concesiones al espectáculo. No hay una gran marquesina que anuncie lo que ocurre dentro. Ninguna monumentalidad especialmente evidente. No es Sidney. Ni el Real. Este, podría ser cualquier edificio. Pero no lo es.
Detrás de aquella fachada se estrenó Nabucco, de Verdi, en 1842. Allí nació una de las melodías más reconocibles de la música italiana. Allí se estrenó Otello. Allí llegó Falstaff, cuando Verdi tenía setenta y nueve años y ya parecía que no tenía nada que demostrar. Por allí pasaron Toscanini y Callas. Durante décadas, el público de La Scala escuchó las óperas con una mezcla de devoción y exigencia que hoy nos resulta difícil imaginar. En su momento era el Santiago Bernabéu de la ópera. Aunque todo haya ido a menos…
Todo eso estaba detrás de aquella fachada. Y yo pasé por delante con mis suegros y con Cris, un día de agosto a las dos de la tarde, caminando demasiado rápido para un calor de treinta y cinco grados. Giré la cabeza. Ahí es. Y seguí caminando. No entramos. Como no entramos a ver La última cena. Como tampoco me dio tiempo a conocer la Pinacoteca de Brera ni muchas de las cosas que Milán guarda detrás de sus fachadas correctas.
Quizá Milán sea precisamente eso: una ciudad que parece que puedes despachar en un día y que, cuando empiezas a mirar, te demuestra que no. Una ciudad no necesita parecer monumental para serlo. Exactamente como La Scala.
A veces pienso que no sé si tiene mucho sentido seguir escribiendo de música clásica. ¿Quién sigue escuchando música clásica? (Chalamet nos diría que nadie). Mola mucho más leer La turra de los lunes. Eso son discos de verdad, te dirían otros. Es complicado relacionarlo todo con un tipo de música que hace 100 años podríamos considerar como “desaparecido” (ahora mismo tengo a 100 profes de conservatorio que me matarían). Sin embargo, ocurre lo mismo que con Verdi.
Hay algo extraño en ese hombre: parece sencillo. Sus melodías son tan cantables como el último disco de Taylor Swift. Sus melodías son tan conocidas que durante mucho tiempo se le ha mirado desde cierta distancia cuando se le compara con otros grandes compositores de su tiempo. Pero basta con escuchar un poco más allá de la melodía para descubrir todo lo que ocurre debajo.
Verdi es La Scala vista desde fuera. Una fachada sencilla. Y detrás, un mundo entero. Quizá por eso resulta tan fácil pensar en él cuando caminas por Milán. La ciudad tampoco parece necesitar explicarse.
Lo que sí hicimos en Milán fue comer. Y comer bien. La primera pasta del viaje la comimos al lado de Osteria da Fortunata, en un restaurante cuyo nombre no recuerdo. Pero que no tenía nada que envidiar a su vecino, cuya cola llegaba a la esquina posterior. Pedí una carbonara. Cuatro ingredientes. Ningún adorno. Una de esas cosas que parecen fáciles hasta que alguien consigue hacerlas exactamente como tienen que ser.
Después salimos a caminar. Navigli por la tarde, cuando el sol caía de pleno, no fue la mejor elección. Hay veces que uno está mejor en una terraza tomándose un Aperol. Caminamos sin rumbo. Los padres de Cris delante. Cris y yo detrás. Y pensé que quizá las ciudades también se conocen así: no cuando intentas verlas, sino cuando dejas de hacerlo. Cuando desaparece el monumento y aparece la vida alrededor.
Por la noche, la recepcionista del hotel nos recomendó una pizzería a cinco minutos andando. Una de esas recomendaciones que pueden convertirse en el mejor recuerdo del viaje o en una historia que contar después para reírse. Fue lo primero. Un local pequeño. Una terraza todavía más pequeña. Treinta y cinco grados todavía a las nueva de la noche. Una Peroni fría que llegó casi antes de que nos sentáramos. Y una pizza con no recuerdo qué ingredientes tan buena que Cris le hizo una foto antes de probarla. En nuestra relación, eso es un certificado de calidad.
De postre llegó un tiramisú servido dentro de una pequeña cafetera italiana de metal, como si alguien en la cocina hubiera decidido que una moka podía convertirse también en un plato. Y ahí, en ese momento exacto -treinta y cinco grados, una Peroni en la mano, tiramisú dentro de una cafetera, los padres de Cris riéndose de algo que ella había dicho, las farolas encendiéndose en la calle- pensé otra vez en Verdi.
No en el Verdi de los teatros. En el otro. En el que también debía de existir fuera de los escenarios: el hombre que vivía en una ciudad, que cenaba, caminaba, escuchaba a la gente y veía pasar las estaciones. Pensé en que quizá la grandeza funciona así. No siempre necesita anunciarse. Puede estar en una pizza. Puede esconderse detrás de una fachada de color crema. Puede estar en una ciudad que, desde fuera, parece rápida y un poco distante y que, cuando te sientas el tiempo suficiente, empieza a enseñarte otra cosa.
Milán no es una ciudad que se entregue en la primera mirada. Quizá por eso me gusta pensar que no llegamos realmente a verla. Vimos el Duomo. Pasamos delante de La Scala. Nos quedamos sin La última cena. Comimos bien. Y al día siguiente nos fuimos hacia el norte. Pero mientras llegábamos al hotel aquella noche, pensé en el Va, pensiero. Yo no había perdido ninguna patria. No podía sentir nostalgia. Y, sin embargo, allí estaba esa sensación. La de haber estado en un lugar al que todavía no había llegado del todo. Quizá algunas ciudades funcionan así. No te dan todo cuando llegas. Te dejan una puerta entreabierta. Milán no espera. Por eso habrá que volver.
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