Lugares

Trio alla italiana: II - El agua que no era salada

Hay un compositor que entendió esto como nadie, y que lo entendió porque le pasó exactamente lo mismo. Se llamaba Franz Schubert

24 de septiembre 2026


Lo primero que notas cuando te metes en el Lago di Como es que el agua no es salada.


Parece una obviedad. Lo es. Pero cuando llevas veintiséis años metiéndote en el mar — en el Mediterráneo, en Menorca, en playas donde el agua tiene ese sabor denso que se te queda en los labios durante horas—, la primera vez que nadas en un lago y el agua es dulce, limpia, sin sal, sin yodo, sin ese rastro mineral que el mar te deja en la piel, algo se descoloca. No es mejor ni peor. Es distinto. Y lo distinto, cuando llevas toda la vida nadando en lo mismo, produce una especie de asombro tonto que no sabes muy bien dónde poner.


Nadé en el Lago di Como un martes de agosto a las siete de la tarde. Hacía treinta grados. El agua estaba relativamente tibia — más fría que cualquier cala de Menorca en agosto, bastante más caliente de lo que esperaba—. Y las montañas estaban ahí. Es como nadar dentro de una postal y darte cuenta de que la postal es real.


Estuvimos cuatro días. Cris, sus padres y yo. No en Como ciudad, ni en Bellagio, ni en Menaggio, ni en ninguno de los pueblos famosos donde los turistas hacen cola para sacarse una foto con George Clooney de fondo. Estuvimos en un pueblo pequeño a media hora de todo eso. Un pueblo cuyo nombre la mitad de la gente a la que se lo he contado después no ha sabido ubicar en un mapa y que por eso no voy a nombrar aquí, porque parte de su gracia es exactamente esa: que no lo conoce nadie.


Un pueblo con un muelle. Una farmacia. Una heladería. Tres restaurantes. Un hotel con terraza al lago donde pedíamos un Aperol Spritz a cuatro euros y donde el camarero, al tercer día, ya nos ponía la mesa sin preguntar.


Eso fue lo mejor.


Ni Bellagio, ni la Villa Balbianello, ni el ferry panorámico ni los jardines botánicos ni las tiendas de seda de Como ciudad. Todo eso lo vimos — cruzamos el lago en barco, caminamos por Menaggio con un calor horrible y con los quinientos turistas que caminaban por Menaggio, compramos un helado carísimo que no valía lo que costaba, y volvimos—. Estuvo muy bien. Pero no fue lo mejor.


Lo mejor fueron los días de no hacer nada. De bajar al muelle y bañarnos en el lago.


Hay un compositor que entendió esto como nadie, y que lo entendió porque le pasó exactamente lo mismo. Se llamaba Franz Schubert. Y la historia es tan perfecta que parece inventada.


En el verano de 1819, Schubert tenía veintidós años y estaba agotado. Llevaba meses en Viena componiendo sin parar — lieder, sonatas, sinfonías que nadie le iba a estrenar—, dando clases particulares que odiaba, viviendo en habitaciones prestadas por amigos porque no tenía dinero para pagar un alquiler. Un amigo suyo, el barítono Johann Michael Vogl, lo invitó a pasar el verano en Steyr, un pueblo del distrito de los lagos de la Alta Austria. Schubert dijo que sí. Y lo que hizo durante aquellas semanas fue, básicamente, esto: nadar en el lago, pasear por las montañas, beber con amigos, tocar el piano por las tardes y no preocuparse de nada.


Y allí, entre el lago y la cerveza, compuso el Quinteto en La mayor, D. 667. Conocido desde entonces como el Quinteto "La Trucha". Es una canción sobre la libertad del que nada en agua clara. Y Schubert la convirtió en el corazón de un quinteto que suena exactamente a lo que se siente cuando estás en un lago en verano sin nada que hacer.


El Quinteto "La Trucha" tiene cinco movimientos, que es un movimiento más de lo habitual. Y cada uno de ellos tiene algo que me recordó a esos cuatro días en Como.


El primero, Allegro vivace, es la energía del primer día de vacaciones, cuando todavía tienes ganas de todo y el cuerpo aún no ha entendido que no tiene que rendir. El segundo, Andante, es más lento. Es el segundo día. El día en que empiezas a aflojar de verdad en el buffet del desayuno. El día en que te das cuenta de que no tienes que ir a ningún sitio y que esa no-obligación es, en sí misma, un lujo. El tercero, Scherzo, es juguetón, como si Schubert estuviera de coña con sus amigos después de la tercera cerveza. Es la tarde del Aperol Spritz. La conversación que no va a ningún sitio. El cuarto es el de la trucha. El tema aparece en el piano y luego va pasando por los demás instrumentos, cada uno dándole un color distinto.


Yo miré el Lago di Como todos los días, no vi truchas, pero vi algo parecido: el movimiento del agua contra el muelle a media mañana, sin olas, sin corriente visible, solo ese temblor constante de la superficie que el sol convierte en mil puntos de luz. Schubert lo habría escrito exactamente como lo escribió en 1819. Porque el agua de un lago se mueve igual en Austria que en Lombardía. Y la sensación de flotar mirando montañas no ha cambiado en doscientos años.


Tres Aperol Spritz al día. Esa fue la media. Uno antes de comer, en la terraza del bar del pueblo, con las piernas todavía mojadas del baño de la mañana y el pelo secándose solo porque a treinta grados no hace falta toalla. Otro al atardecer, cuando el sol bajaba detrás de las montañas y el lago cambiaba de color. Y un tercero mientras cenábamos otra pizza o pasta en el restaurante de turno.


Tres al día. Cuatro días. Doce Aperol Spritz en total. Y ni un solo momento de culpa.


Hay algo en el ritual del Aperol Spritz en un lago italiano que es imposible de replicar fuera de contexto. He tomado Aperol Spritz en Fuengirola, en una terraza bonita, con buena luz. No es lo mismo. El Aperol Spritz necesita el lago. Necesita los treinta grados. Necesita la montaña enfrente. Necesita la ausencia total de obligación. Es una bebida que solo funciona del todo cuando tú tampoco estás funcionando del todo. Cuando estás en modo reposo. Cuando tu único plan para las próximas tres horas es no tener plan.


Schubert, en Steyr, bebía cerveza. El Aperol no existía todavía — lo inventaron en Padua en 1919, exactamente un siglo después del Quinteto—. Pero la operación era la misma. Un líquido frío en la mano. Un lago delante. Ningún sitio al que ir. Y la sensación, difícil de explicar pero inmediata cuando la vives, de que esto es suficiente. Que no hace falta más. Que la vida, reducida a sus componentes mínimos — agua, sol, bebida, compañía — funciona perfectamente sin añadidos.


No vi a George Clooney (sí su casa). No compré seda en Como (pero sí Melone). No hice todas las cosas que las guías te dicen que tienes que hacer en el Lago di Como. Hice lo que hizo Schubert en 1819. Nadar. Beber. Mirar el agua. Dejar que el tiempo pasara sin contarlo. Y volver sabiendo que el quinteto que suena dentro — ese que no sabes escribir — solo se compone en sitios así. En lagos quietos. En pueblos sin nombre. En semanas sin plan.


El quinto movimiento (porque sé que estás pensando: Aleix se ha olvidado del quinto) del Quinteto "La Trucha" es un finale allegro que suena a despedida alegre. A esa despedida de alguien que sabe que ha tenido suerte y que no la va a forzar. A alguien que hace la maleta sabiendo que lo que deja atrás ya está dentro.


El viernes cogimos el tren a Florencia. Pero eso es otro artículo.

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