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Re, Mi bemol, Do, Si
Shostakovich vivió con miedo toda su vida. Desde que Stalin criticó una de sus óperas, dormía con una maleta preparada junto a la cama.
16 de octubre 2026 · 1 comentario
La otra noche no podía dormir y puse el Cuarteto nº 8 de Shostakovich. Fue un error. No porque sea malo. Porque es demasiado bueno para las tres de la mañana.
A las tres de la mañana uno no necesita que le confirmen lo que siente. A las tres de la mañana uno necesita que le mientan un poco, que le pongan algo suave, algo que diga que todo va bien aunque no vaya bien. Algo que le ayude a cerrar los ojos. Y el Cuarteto nº 8 de Shostakovich no hace eso. El Cuarteto nº 8 de Shostakovich te mira a la cara y te dice lo que estás sintiendo.
Lo que tenía dentro era miedo. Pero no el miedo de las películas. No es el del susto, el del monstruo, el del pasillo oscuro. Ni arañas, ni espacios cerrados. Ni siquiera a los ascensores. Tenía el otro miedo. El que no tiene nombre en las películas porque no tiene imagen. El miedo a que las cosas no salgan. A que este mes tampoco. A que el contrato no se renueve. A que la conversación que llevas semanas aplazando acabe mal. A que tu madre tenga razón cuando te pregunta cosas en la cena del domingo que no sabes contestar. A que el año que viene sea igual que este y que el anterior y que el otro, y que esa repetición sea lo peor de todo.
Ese miedo. El de martes a las cuatro de la tarde.
Esta semana salió un dato. El 44% de los españoles de entre 25 y 34 años declara sufrir ansiedad o estrés en niveles graves. Casi la mitad de una generación entera. Lo leí, pensé joder, y seguí haciendo lo que estaba haciendo, que creo que era revisar un correo o contestar un mensaje o alguna de esas cosas que haces para no pensar en las cosas que acabas de leer. Como que Pérgamo cierre en un mes.
Luego por la noche volví a ello. Y me di cuenta de que el dato no me sorprendía. Me sorprendía no sorprenderme. Porque el 44% no es una estadística. Es la mitad de la gente que conozco. Es Cris algunas noches. Soy yo muchas otras.
Shostakovich compuso el Cuarteto nº 8 en tres días. Julio de 1960. Dresde. Había ido con una delegación soviética a ver las ruinas de la ciudad, que quince años después de los bombardeos seguían de pie como una boca abierta. El encargo era escribir música para una película sobre la guerra. Lo que escribió fue otra cosa.
Lo que escribió fue una carta a sí mismo. Lo sé porque hizo algo que los compositores casi nunca hacen. Inscribió sus propias iniciales en la música. En notación alemana, D-S-C-H son Re, Mi bemol, Do, Si. Esas cuatro notas aparecen en cada movimiento del cuarteto. Como el gesto del que graba su nombre en una pared porque no está seguro de que vaya a haber otra oportunidad. Su hijo contó después que volvió de Dresde con el cuarteto terminado y con pastillas en el bolsillo. No se sabe qué pastillas ni para qué. Pero la música lo dice bastante claro.
Hay un momento concreto del cuarteto que me tiene enganchado desde aquella noche y que es del que quiero hablar, porque creo que explica el miedo mejor que cualquier cosa que yo pueda escribir con palabras.
Es al principio. El primer movimiento. Los cuatro instrumentos entran uno detrás de otro tocando el motivo DSCH muy despacio, muy bajo, casi inaudible. Violín primero. Después violín segundo. Después viola. Después cello. La misma frase, cuatro veces, cada vez un poco más grave.
Y lo que pasa cuando lo escuchas con auriculares a las tres de la mañana es que el cuerpo reacciona antes que la cabeza. De verdad, pruébalo. Antes de que te enteres de qué está sonando, ya estás tenso. Es una especie de calor seco que sube por el pecho y se queda ahí. Tus manos se quedan quietas. La respiración cambia. Baja. Se hace más lenta. Como cuando alguien entra en una habitación y sabes que va a decirte algo que no quieres oír, y todo tu cuerpo se prepara para recibirlo antes de que la primera palabra salga.
Eso hace Shostakovich. No escribe “miedo”. Escribe el cuerpo preparándose para el miedo. Y la diferencia es enorme. Porque escribir miedo es fácil: pones un acorde fuerte y ya. Lo hicieron en “Tiburón”. Escribir la anticipación del miedo, el momento previo, esa fracción de segundo en la que todavía no ha pasado nada pero tú ya sabes que va a pasar, eso es lo difícil. Y Shostakovich lo hace con cuatro notas repetidas en pianissimo.
Re, Mi bemol, Do, Si.
Re, Mi bemol, Do, Si.
Re, Mi bemol, Do, Si.
El motivo no se resuelve. Se repite. Y esa repetición… eso es lo peor. Porque el miedo real funciona así. No es un golpe que viene y se va. Es un bucle. Una frase que tu cabeza repite sin que tú le hayas dado permiso. ¿Y si no sale bien? ¿Y si no sale bien? ¿Y si no sale bien? Eso es DSCH. Eso son las tres de la mañana. Eso es el 44% de una generación mirando el techo.
Shostakovich vivió con miedo toda su vida. Desde que Stalin criticó una de sus óperas, dormía con una maleta preparada junto a la cama. Cada noche. Por si venían a buscarlo. Y con esa maleta al lado compuso quince sinfonías. Quince cuartetos de cuerda. Conciertos, sonatas, bandas sonoras. Todo con miedo dentro. No a pesar del miedo. Con el miedo como material. La maleta al lado de la cama y la partitura en la mesa. Las dos cosas a la vez. Todos los días.
Esto me importa. Me importa especialmente esta semana, con ese dato del 44% rebotando todavía en la cabeza. Porque el discurso que nos venden sobre el miedo es que hay que superarlo. Vencerlo. Dejarlo atrás. Que el miedo es el obstáculo entre tú y tu vida y que tu trabajo consiste en quitarlo de en medio. Y ese discurso, que suena bien en un podcast de productividad o en una charla motivacional, tiene un problema: que no funciona. Que el miedo no se va. Que lleva ahí desde que tienes memoria y va a seguir ahí mañana y pasado.
Shostakovich propone otra cosa. El miedo no se supera. Se usa. Se trabaja con él puesto. Se compone con él, se escribe con él, se quiere con él, se vive con él. No porque sea bonito ni porque sea deseable. Porque a veces es lo que hay. Y lo que haces con lo que hay es, al final, lo único que cuenta.
Un señor con una maleta junto a la cama y una partitura en la mesa. Eso es lo que somos la mayoría. La maleta por si acaso. La partitura por si todavía.
La otra noche, cuando terminó el primer movimiento, cerré los ojos. No me dormí. Pero algo se aflojó. No el miedo. Eso no se aflojó. Lo que se aflojó fue la soledad del miedo. Saber que alguien, en 1960, en las ruinas de una ciudad que ya no existía, con pastillas en el bolsillo y la vida pendiendo de un hilo soviético, había sentido exactamente lo mismo. Y lo había escrito. Con cuatro notas. Para que sesenta y seis años después, en un piso de Madrid, alguien que no podía dormir pudiera reconocerlo.
No me curó de nada. La música no cura. Pero me acompañó.
Y a las tres de la mañana, con el 44% de tu generación mirando el mismo techo, a veces acompañar es lo máximo que se puede hacer.
Re, Mi bemol, Do, Si.
Buenas noches.
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