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El esfuerzo colectivo
Te mueves, me muevo, te vas, te cubro
15 de julio 2026
(Esta carta responde a otra buenísima de Luis)
Estimado Luis:
Regreso al clásico apelativo de la estima. Primero, porque es cierto. Segundo, porque se aproxima el final de este formato mundialista (aunque seguro que no del carteo). Y, tercero, porque es un día para sentir estima por el otro. Que gusto da leer siempre tus columnas, y con qué tranquilidad y alborozo se responde tras esta inesperadísima final. Al menos por mi parte.
El Mundial me ha colocado en mi sitio, y la Roja me ha puesto la carita idem. Mi pesimismo de la razón se imponía sobre su optimismo de la voluntad. Qué manera de jugar. Que forma de callarme la boca. Y qué orgasmo ver cómo se impone un modelo, una máquina organizada y orgánica que parece que anda sola, que solo necesitaba lubricante y cuerda, a los super talentos, a la super genética, a las hiper cifras.
La victoria de ayer, si me permites, es una oda al esfuerzo colectivo, común. Que es una cosa muy distinta, por cierto, a la cultura del esfuerzo. La cultura del esfuerzo que nos venden defiende a capa y espada que para ganar a un mastodonte como Francia se requiere de gestas individuales, de dejarse hasta la última gota de sudor, de servir la rótula, el menisco y el ligamento cruzado al servicio de la épica viril y sangrienta. Y no quiero decir con eso que Cucurrella o Baena no se dejasen la piel, o que Olmo, Rodri o Laporte sean meros peones sustituibles al servicio de la Causa. Pero el partido legendario que se cascaron anoche no es fruto de un arrebato, ni de la furia española: es fruto de muchas cabezas, de muchos entrenamientos y de mucho conocimiento mancomunado. La eficacia al servicio de la victoria, todos corriendo para que todos tengan que correr un poco menos. Te mueves, me muevo, te vas, te cubro. I’ll be there for you, parecían decirse los unos a los otros. Te la toco de primera, vos si querés la agarrás. Lo ha dicho su alteza Henry: lo llevan haciendo toda la vida.
Soy muy de Messi, y no sé si el domingo nos tocará que nos aterrice, pero la diferencia entre nosotros, los blanquirrotos (la belleza de la segunda equipación quizá merezca el debate) y la albiceleste es que ellos giran alrededor de su estrella y nosotros en torno a un modelo. Somos un modelo. Jugamos con calma burocrática, de entrenamiento, como si nos hubieramos fumado un Pedro. Y sí, la rutina relaja, perfecciona y precisa. Pero esto no es taylorismo. Esto es otra cosa. Es la fuerza de un común. El común protege, el común tranquiliza, el común libera.
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