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Colgar los votos
Ni la escritura, ni el fútbol, podrían sobrevivir si no militamos en la causa del derecho a ser aburridos
10 de julio 2026
Ni la escritura, ni el fútbol, podrían sobrevivir si no militamos en la causa del derecho a ser aburridos
(Esta carta responde a otra de Luis que podéis leer aquí)
Carteado Luis:
No son tiempos fáciles para ser argentinófilo. Entre Milei y Nehetanyahu dan ganas de colgar los votos. Sobre todo para los que nos hemos autoinvitado a la fiesta, jamás hemos pisado su territorio, y nos defendemos su memoria sentimental, sobre todo, en base a que de pequeños queríamos ser como Héctor Alterio, y cuidar de viejitos a Norma aunque no se acordara de nosotros, o como Ricardo Darín, que siempre parecía un poco desquiciado pero que se comía el tiramisú más rico y acababa con Natalia Verbeke. Con la Natalia Verbeke de acento argentino, quiero aclarar.
Sin embargo, y sin entrar a discutir mucho con Martín H si acaso importa demasiado que la patria y sus estereotipos son un invento (¿qué no lo es?), lo que desde luego voy a defender es el derecho a ser un coñazo. Y no lo digo por la evidente connotación machista del término, sino porque en un mundo hiperacelerado e hiperestimulado lo que toca proteger es, precisamente, a quienes optan por no ser presas del ritmo ragatanga. Soy el primero que me afano porque mis textos corran ligeros, rápidos, con el tempo de un anuncio de atún Calvo. Pero también afirmo que ni la escritura, ni el fútbol, ni, desde luego, Sustrato, podrían sobrevivir si no militamos en la causa del derecho a ser aburridos, a ser lentos, a ser complejos, a ser intensos, a ser pedantes. Sobre todo por el peligro que acarrean niñatos como Marck Zuckerberg, que se ha tomado demasiado su propio lema, ese de que hay que moverse rápido y romper cosas.
Así que, con tu perdón y el de Michi Panero, no puedo (si el cargo es tomarse en serio a sí mismos o ser un coñazo) sino ponerme de parte de los argentinos. De hecho, Sustrato en general y estas misivas en particular me están sirviendo para expiar de mí la culpa por explayarme, por apasionarme por un detalle que otros considerarían menor o intrascendente (de ahí nacen las crónicas, señala Martín Caparrós). A veces me levanto barroco. Y aunque te compro que el barroco cansa, y que cuando deviene en rococó ombliguista, ensimismado y recontraexclusivo, es simplemente infumable; no puedo sino gozarme este formatín. No sé si te has fijado que yo, que suelo der dado a compartir todo lo que hago en mis redes, apenas lo estoy moviendo. Es verano, y necesitaba esta libertad que para los inseguros solo otorga la falsa humildad, el escondite relativo. Escribir así es una pasada. Sé que al menos tu y Fer me leéis, no me siento solo ni hablando con la pared, y, al mismo tiempo, me siento con derecho a equivocarme, a cagarla, a recrearme.
La FIFA, por supuesto, está en las antípodas. Ha decidido sumarse a la era del malismo a cara perro, del porno de la inmundicia en pantalla gigante. Y aun así, con sus vergüenzas al aire, va a ganar Francia. No es muy osado afirmarlo, ahora que ya están en semifinales y han superado a Marruecos con el pie levantado. Sin barroquismo y con brutalismo. Y aunque no pasa nada y es del todo justo (sus jugadores llegan disparados y son, en sus dos acepciones, ofensivamente mejores), como narrativa es una mierda. Es un bostezo. Así que, cuando levanten la copa, espero que nos acordemos de todas las historias, que por suerte han sido muchas, que nos ha dejado este evento. No hay Historia sin historias. Los que viven por y para enriquecerse con nuestra pasión, los que desean americanizar el fútbol, no entienden, o hacen como que no entienden, que este deporte sin ellas está condenado a ser un vulgar, uno más, un antiguo imperio languideciente.
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