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Ya no hay verano
Ya no hay dieces, ya no hay diversión
14 de julio 2026
(Esta carta responde a otra de Luis que podéis leer aquí)
Nostálgico Miguel,
Ya no hay verano como afirmaba el amigo Markusiano, y no lo hay porque ya no hay dieces. Mediapuntitas finos y vagos. Zurdos aunque sean diestros, zurdos filosóficamente. Su jurisdicción la parecelita por detrás del delantero, resguardados por un doble pivote en traje y con pinganillo. El terreno de juego no tiene escritura de propiedad pero esos 30 metros cuadrados pertenecen a los dieces. Terratenientes de la pelota parada, alérgicos a la cobertura. El universal 4-3-3 les mató. Ni suficientemente rápidos para caer a banda ni suficientemente físicos para exiliarse en posiciones de volante o en la base de la jugada. Sobreviven los buenísimos como Modric o Pedri. Ya no hay verano, Miguel, ya no hay dieces. Queda uno y juega en Argentina, pero ese no cuenta. Nosotros tenemos a Dani Olmo, un anacronismo, como bien dices. Francia tiene a Olise. Enrique Ballester lo definió como un Guti con batidos de proteínas. Inglaterra tiene a Bellingham. Señal de los tiempos.
La vida evoluciona, Markusiano evoluciona, el fútbol evoluciona. No pienso sentir nostalgia por las posiciones perdidas. Me imagino a mi abuelo Lázaro, el primer futbolero de la familia, departiendo con los amigos del casino en los años 60, tal y como nosotros lo hacemos ahora. Ya no hay entrenadores que pongan cinco delanteros. Qué lástima. Ya sabes que milito en la convicción de no conceder ni media victoria a la nostalgia. Casi siempre pierdo la batalla. Mis actos gritan tan fuerte que no me dejan escuchar mis convicciones.
Ya no hay verano, ya no hay dieces, ya no hay diversión. No pienso caer en el tópico de que los niños ya no juegan en la calle. A mi eso me suena un poco a lo de madre mía los chavales de hoy en día, como vienen las nuevas generaciones. Que es una cosa que, según los registros, ya se decía en la Grecia clásica. Como lo dijeron nuestros mayores al vernos y como lo diremos nosotros de los que vendrán. Cuando paseo por la plaza de Felipe II, y veo a unos niños jugando al fútbol, improvisando del dolmen de Dalí una portería, rezo para mis adentros para que me llegue esa pelota y pueda dar unos toquecitos antes de devolvérsela, antes de que me reconozcan como uno de los suyos y piensen este ha sido futbolista. Oye señor, páseme el balón.
Me cuentas una anécdota de Riquelme. Veo tu apuesta y envido con una de Maradona. Cuentan que en México 86 unos periodistas argentinos se encontraban en la recepción del hotel del equipo, hablando de sus cosas. Maradona, que también andaba por allí, les miró de reojo y comentó a los cercanos: a estos no les gusta el fútbol. Para comprobarlo les tiró un balón y esperó a que se lo devolviesen. Sucedió justo lo que el Diego pensaba. ¿Ves? Les tirás un balón y te lo devuelven con la mano. Quién necesita más pruebas. Sospecho que de haber sido los de la Kings League también lo hubiesen devuelto con la mano.
Hace unas semanas pasé por una plaza con una placa que me llamó la atención. Prohibido jugar a la pelota, se podía leer. En Madrid hay varias así, cada vez que descubro una le hago una foto. Entonces nos drogamos, decía aquella genial pintada con rotulador justo debajo de una de esas placas. Y luego nos quejamos de que ya no hay dieces. Ya no hay verano, ya no hay diversión.
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