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Tercermundistas y norteamericanos
Solo lo mejor de nuestra cosecha nacional se puede permitir que otros mexicanos, pero de segunda generación, les griten en la oreja ¡Vamos México! pronunciando vamos como si el predicado de la oración fuera a la playa
2 de julio 2026
Solo lo mejor de nuestra cosecha nacional se puede permitir que otros mexicanos, pero de segunda generación, les griten en la oreja ¡Vamos México! pronunciando vamos como si el predicado de la oración fuera a la playa
Otra vez los aliens visitan Norteamérica, if they ever ceased to. Tal y como lo anunciaron en el cine, el fin del mundo ya tiene fecha y es en julio, en el MetLife Stadium y de calceta larga. La tan improbable como irremediable CUM (Canadá, USA, México) se ha vuelto a unir, más metafóricamente que nunca, para atracar a extranjeros, y ya no solo para pedirles dinero a cambio de un asiento en el mundial. Graciosamente, durante la fiesta grande, solo los gringos se sientan. También resulta gracioso el chiste texano de no poder excel at soccer en stolen land. Lo que preocupa es ver a nuestro villano favorito jugar a la pelota como lo hacen los países que solo cargan con el peso de su camiseta y no con la culpa de haber detonado bombas atómicas, en plural.
Crecí escuchando que somos tercermundistas y norteamericanos, que nuestra selección nacional es el gigante de CONCACAF, que podemos vengar Churubusco y Chapultepec en cualquier pasto que sea verde, que el clásico está para hacer patria, siempre en la final de la Copa Oro (un torneo como la Eurocopa pero con Cuba invitada), y que nuestro país está muy lejos de Dios pero al ladito de los Estados Unidos. Ahora cabe la posibilidad, inédita, de que las barras y las estrellas se vayan a bordar un campeonato arriba del escudo antes que los otros coanfitriones de esta copa, pero, bueno, el otro es Canadá. Qué vergüenza. Perdónanos, Hugo Sánchez.
El territorio arrebatado, primero a los benditos nativos y luego a los pobrecitos europeos, vuelve a atraer la mirada del mundo porque siempre sí hay oro en California. La autoría angloamericana podrá decir lo que quiera en el idioma que Borges aprendió incluso antes que el español, pero a Bruno Díaz le consta que Ciudad Gótica se encuentra en el sur del subcontinente. La muy noble y heróica Ciudad de México, la región más transparente del aire, el ombligo de la luna, es todo lo que Nueva York quiere ser y no puede; the place to be pero con más días de sol. Personalmente elijo los vientos de una cumbia antes que a cualquier jazzista sudando con una trompeta entre las manos, pero esta entrada no se trata de mí, yo ni siquiera estoy allá.
El cuadro del “Vasco” Aguirre y la máquina de guerra de Mauricio Pochettino no han sido enfocados por la kiss cam como sí que lo han sido los no sabo que ganan en dólares cuando le quieren invitar una michelada, vía pasarela de pago contactless desde su iPhone diseñado en Cupertino, a la crema y nata de la sociedad mexicana en un fan zone de la FIFA rodeados de toda la extranjería que sí se puede costear una borrachera en Guadalajara pero no en Seattle. Absolutamente nadie que sabe gastar su dinero lo hace en una terraza veraniega en Toronto. Allá se va a invertir.
El internet, sobre todo en motores de búsqueda académicos, está a un paper más que explore el fenómeno antropológico y sociológico de los mexican-american de empezar a abogar por su estatus como etnia reconocida en los Estados Unidos de América. De los whitexicans, nuestros connacionales caucásicos y su privilegio, podría decirse lo mismo, solo que en hispanoamérica el tema de las etnias y las supuestas razas lo llevamos con relativamente mayor dignidad que la policía de Chicago, será porque el sistema de castas es herencia orgullosamente novohispana, lo mismo que llamarse José, apellidarse Pérez, y pensar en pesos en la ciudad de Los Ángeles. Solo lo mejor de nuestra cosecha nacional (me refiero a nuestra clase pudiente, no a Guillermo Ochoa et al) se puede permitir que otros mexicanos, pero de segunda generación (que no es lo mismo que paisanos de segunda, a secas, ni que fuera yo cónsul), les griten en la oreja ¡Vamos México! pronunciando vamos como si el predicado de la oración fuera a la playa y, la palabra Méjico con una fricativa velar sorda que dejaría al militante promedio de VOX (o sea todos) confundido con respecto a la opinión que le merecen esta suerte de panchitos blue. El mexicano de a pie, no puede codearse con otras articulaciones superiores prietas, aunque sean primos hermanos, y no por tacaños. El mexicano promedio, el que vota a Morena pero extraña al PRI desde el clóset, se queda en casa del compadre a ver el juego o se va a festejar al Paseo de la Reforma para no endeudarse y terminar, así, en una zanja. El ciudadano local seguirá emitiendo juicios de valor, indiscriminadamente, en contra de sus explotadores locales y sus apellidos exóticos con el mismo desprecio que trata a los emisores de remesas que vienen a visitar a sus abuelos para, de paso, comprarles una casa “allá en el rancho” que muchas veces es una milpa sin sombra en medio de Jalisco, sede mundialista por tercera ocasión. New York ain’t got nothing. No milpa, no shade. Nothing.
El canal de entrevistas callejeras @proyectoescolar, en su video “Inauguración Mundial 2026: ¿Mundial para ricos?” en YouTube, recopila los testimonios de los impresentables que representaron al Anáhuac en la tribuna del Estadio Azteca de cara al silbatazo inicial de la justa más justa en junio del mismo año. Las entradas al juego en un par de cientos de miles de pesos solo se las pueden permitir: los malos, los que hacen cosas buenas que parecen malas, y las nuevas generaciones de mexicanos que se tuvieron que pasar al otro lado por culpa de los anteriormente mencionados. Naturalmente, el resto del espectro demográfico no está contento. ¿Y qué hace la raza cósmica cuando se siente despojada?
Los hermanos Martinez, de Washington, integrantes de la banda Yahritza y Su Esencia, lo tienen claro. De acuerdo con un artículo escrito por Brenda Hernández para Telemundo, que es el Televisa de Miami, la vocalista, casi una quinceañera todavía en 2023, año en que “pagaron” una visita al aztlán de sus padres, se expresó de la siguiente manera luego de haber sido acosada junto a sus hermanos por haber exteriorizado su opinión respecto a unos tacos: “Era como estar mirando los videos de él [Mando Martínez] y cómo le están deseando de muerte y pues es mi hermano, ya no era como payaseando, era más como ‘si vienen a México, si los miro…’ Yo ya ni quiera salir por el miedo de que me miraran y me iban a hacer algo”. Por su parte, Jairo Martínez intentó aplacar los embates del público así: “No sé, soy delicado, nomás no me gustan las salsas y eso, pero sí me gusta la comida mexicana”. Esto luego de que acuñara el leitmotiv “puro chicken” cuando dijo que solo comía eso en su lugar de origen.
Recuerdo que a mí también me dio risa aquello del “puro chicken” en su momento, y eso que yo, por ejemplo, ni siquiera como huevo si no sé quién lo preparó. Ciento ochenta millones de cabezas, cada cual un mundo, ¿y esperan que a todos nos sepa igual el pollo? De la totalidad de esas ciento ochenta millones de personas, ciento treinta y cuatro millones viven en un país cuya tasa de pobreza extrema es del cinco por ciento, que equivale a, más o menos, siete millones de gentes que, por las buenas, no pueden comprar carne a menudo. Pienso que si nuestros no reconocidos mexicanos de segunda pudieran, no se conformarían con una orden de tacos de pollo para ver el futból –con la tilde en donde va–, sino que disfrutarían una barbacoa de res con cantidades copiosas de salsa verde encima, y más cuando el pase al quinto partido está en juego. Lo de ir al estadio ya será en otra vida porque la movilidad social en Norteamérica se quedó atorada en el tráfico entre Monterrey y McAllen. Hay gabachos y home boys, Yahritzas y Ana Sofis, fresas, ricos, pobres, mexicanos y panistas, como ya lo dijo Natalia Lafourcade, pero hay tallas para todos en el catálogo de jerseys de la piratería china, no hace falta rasgarse las vestiduras para ponerse la verde. Vamos Mexico!
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