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Porcus Loquens
El hombre tenía un problema hasta que se le ocurrió poner en palabras una solución estrictamente retórica.
3 de junio 2026
El hombre tenía un problema hasta que se le ocurrió poner en palabras una solución estrictamente retórica.
“Yo creo que los Golfines, aunque aparentemente venimos de maragatos, tenemos sangre inglesa en nuestras venas... Hasta nuestro apellido parece que es de pura casta sajona. Yo lo descompondría de este modo: Gold, oro... to find, hallar... Es, como si dijéramos, buscador de oro... He aquí que mientras mi hermano lo busca en las entrañas de la tierra, yo lo busco en el interior maravilloso de ese universo en abreviatura que se llama el ojo humano.”
— Marianela
Vivimos en un mundo de expertos y esto es culpa del resto del reino animal por no eliminarnos de la competencia antes de que inventáramos la sintaxis. Ahora se aguantan y se esperan a que la era de los pulgares oponibles se acabe. Sin entrar en detalles, y por no citar a Jakobson ni a G. Maestro, dos expertazos, aunque un profesor mío opine lo contrario porque “aquí tenemos todos la licenciatura, por lo menos”, voy a decir que lo divertido de las letras es su valor creativo. Ya si comunica, sensibiliza, visibiliza, I took a pill in Ibiza, eso aquí no importa.
Para prueba, un botón. Yo no sé francés, pero eso no lo digo. Y tampoco cuento que no terminé de leer Le rouge et le noir porque me ponía triste leer la palabra Grenoble. En vez de eso, cuando me es solicitada una recomendación de lectura, me gusta presentar El rojo y el negro aunque Stendhal no me haya dado permiso de hacerlo así. Igual él ya está muerto y yo todavía no y eso alguna ventaja tenía que tener. Aquí el experto es uno, pero uno no es ninguno y dos son la mitad de uno porque apenas tres son uno, y como uno no es ninguno, pues la expertiz es una palabra aguda y ya.
De todo corazón les digo que, al menos las primeras noventa páginas de la novela son excelentes, al menos en la traducción que empecé. Son acerca de un hombre que le debe algún dinero a otro y no tiene cómo pagarle. “Debo no niego, pago no puedo", cantarían Los Invasores de Nuevo León, o mi amigo Rodri, que compone excusas en el aire igual que el ex gobernador de Veracruz.
Quien fuera esposa del ingenioso Javidú (porque así le decía Karime Macías al exgobernador Duarte cuando todavía le era de valor) y quien, por cierto, se escapó a Inglaterra, fue hallada in dominio de un cuaderno de planas que rezan “merezco abundancia”. Sorprenden dos cosas: la primera; que lo haya escrito en español y no en inglés, aún a sabiendas de que la justicia azteca la estaba buscando con toda la intención sacrificarla en lo alto de una pirámide, y dos; que a su exesposo, Javier Duarte, no lo llamara Javiercito Durazno o Duraznito, de cariño.
El cerdo que habla (porcus loquens) fue detenido en dos mil diecisiete en Guatemala y, a la salida de su audiencia, de camino a ser extraditado a México, se sacó esto de la manga: “Paciencia, prudencia, verbal contingencia, dominio de ciencia, presencia o ausencia, según conveniencia”. Mejor le hubiera pedido el reportero que repitiera en voz alta: "el pueblo de Parangaricutirimícuaro se quiere desparangaricutirimicuarizar. El desparangaricutirimicuarizador que lo desparangaricutirimicuarice, buen desparangaricutirimicuarizador será”. Después, analistas expertos como Héctor Jiménez Landín encontraron en esta cantinflada una referencia a Santiago Montoto (1890-1973) cuando dijo: “En Sevilla hay que tener paciencia y prudencia, verbal continencia, no exhibir excesiva ciencia, y presencia y ausencia según conveniencia”. ¿Que por qué estamos todos incluidos en estos otrora ilógicos párrafos? Porque tenemos lengua, así de simple, in a literary manner, of course, y por eso nos la mordemos y nos besamos a lo francés entre todos.
En El rojo y el negro, luego de que el acreedor visita al padre de Julien Sorel, protagonista de uno de los títulos más famosos del realismo, para arrebatarle el fruto de su esfuerzo, este le entrega a su propio hijo como garantía de que la prole del adinerado prestamista aprenderá latín. El hombre tenía un problema hasta que se le ocurrió poner en palabras una solución estrictamente retórica.
Han pasado casi dos siglos desde que Stendhal se inventó esta historia y yo aquí sigo, en la ignorancia más negra, en el rubor más rojo, pregonando que es una novela muy divertida y muy cierta y que el tal Julien es bien simpático y ¡patrañas! El lenguaje es un experto. Ya saldrá algún día Héctor Jiménez Landín para esclarecerlo.
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