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La palabra y el sexo
Me pregunto si con la acción de coger objetos y no gente he recuperado algo
13 de agosto 2026
Me gusta decir que se me pegan los acentos porque no tengo personalidad. Me gusta decir eso y que la gente me mire con un poco de lástima y otro poco de condescendencia, pero que en el fondo sepan, como yo, que eso es una exageración y que en su enunciación solo hay, como siempre, otra forma de fatal egocentrismo. Siempre me justifico así cuando llego a otro lugar y rápidamente me adapto de manera involuntaria a su musicalidad. Es que hablar tiene esa cualidad rítmica que se menciona menos: un acento siempre es una canción, y a mí me gusta afinar el oído y ver cómo suena un entorno, cómo puedo imitarlo, me gusta caminar sola por la calle y tratar de reproducir con la mayor precisión posible ese ritmo nuevo.
Pero ese ejercicio consciente de la imitación es, para mí, un gusto privado. Después está el día a día: la palabra que nomina, que necesita ser dicha con urgencia, que necesita hablar de algo. Ahora que estoy en Madrid he vuelto a coger cosas. Es raro, dejé de coger cosas durante trece años y pasé a cogerme gente, pero nunca dejé de reemplazar esa palabra como un ejercicio consciente de mi migración. Me acostumbré a decir “agarrar” en mis años en Buenos Aires. Después, cuando volvía a Colombia, me daba pereza hacer la conversión y usaba el agarrar que para efectos prácticos era lo mismo. Sin embargo ahora cojo objetos de vuelta. Cojo el móvil, cojo un vaso, cojo un taxi cojo cojo cojo cojo y nadie parece sonrojarse cada vez que lo digo. Me pregunto si con la acción de coger objetos y no gente he recuperado algo. Las similitudes entre mi acento original, el Colombiano, y el castellano, me hacen indagar sobre qué significaron los abandonos, los cambios y las mutaciones que sufrió mi lengua durante mis largos años ríoplatenses. Me entristece que el castellano se parezca más a mi lengua materna que el argentino, aunque todos sean lo mismo, porque en sus sutilezas hay una diferencia cultural, epistemológica y bella, porque ahí hay diversidad y en esa diversidad he nacido y me he transformado yo. Me hago estas preguntas, tontamente, por supuesto, pero es que este nuevo movimiento me obliga a hacerme cuestionamientos muy trascendentales sobre mi identidad a partir de disparadores muy idiotas. Porque todo movimiento, toda migración, todo habitar un nuevo espacio es, al final, preguntarse por quién uno era antes y por quien uno será después.
¿Si ahora follo, en lugar de coger, en lugar de tirar cuando era más joven y vivía en Colombia, la actividad es la misma? ¿Yo soy la misma?. Conocía la jerga española para el sexo por películas, supongo. Por algún estereotipo erótico que hay con el acento castellano, con la ese arrastrada, con la idea de follar. Del sexo y de la lengua me interesan mucho sus cualidades performáticas: la exploración de un territorio infinito e ilimitado. Hablar y coger. Hablar y follar. Hablar cogiendo, hablar de follar, follando. La primera vez que lo dije sentí que me resultaba artificial. Fóllame ahora, como la peli. Follemos ya. Sentirse como cuando eres niña y coges (jiji) un cigarrillo por primera vez con los dedos tiesos y el gesto fingido, con la ilusión de que nadie se de cuenta y te salga natural. Pero no me disgustó la palabra, suena hermosa, solo que no estaba acostumbrada. En el orden natural, esperable y deseable de las cosas, después de eso, en lugar de anunciar que iba a “acabar” (que en Colombia se dice “venirse” aunque uno no vaya a ningún lado), me gustó anoticiarle a mi amante que iba a “correrme”. Primero, me gusta correr. Segundo, me gusta correrme. Me suena extremadamente erótico el término ese para el orgasmo, debe ser por las erres, por la idea liberadora y extasiante de una carrera, porque acabar siempre es buena noticia, pero me gusta que ni siquiera desde la enunciación, llegar al orgasmo sugiera que algo vaya a concluir.
La pregunta sobre quién soy sigue abierta. Mientras sostenga la sospecha de que la lengua de alguna forma nos transforma, también me doy una licencia: puedo probar el sexo de nuevo, como si fuera la primera vez, hacer cosas que no he hecho, inventarme otras, ser otra. Follar distinto a cómo cogía, a cómo tiraba, aventurarme a una ciudad, a un país, a una población, a un acento nuevo como una adolescente curiosa y voraz. ¿Y si follando me gusta que me aten y cogiendo me gustaba atar? ¿Y si follando me gustan más las mujeres que los hombres para coger? Todo es nuevo y todo es posible. La acción y la palabra que la enuncia. El sexo y la lengua son juegos dinámicos, lúdicos, experimentales y bellos. O también, como dice Montalbetti, el idioma es un revólver (para dos).
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