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No sex #63: El romance
Uno se morrea en junio y acaba enamorándose
24 de junio 2026 · 6 comentarios
El sábado salí de cenar con mis amigas y hacía tanto, tanto calor en la calle que decidimos volver andando: 45 minutos en modo sauna por el placer de poder decir que nos estábamos torrando. En mi vuelta fui antropóloga urbana: Madrid estaba repleta de citas, ¿cuántas parejas había? ¿Dónde se habían escondido hasta ahora? Parejas de todas las edades se besaban en las esquinas, se miraban embelesados, se cruzaban las manos por detrás. Que si te toco el culo, que si llego, que si te agarro la mano así medio floja, que si me recojo el pelo de forma sensual, que si me río.
¿Qué había en el aire? ¿Qué movimientos me rodeaban y me generaban tanto entusiasmo?
¿Será que estoy a favor de todo lo que huela a romance? Romance para agarrarse de las manos, para mirarse como Dua Lipa y Callum Turner y que les dé igual todo, los paparazzis, los fans, las fotos. Romance para pararse en una esquina a darse unos besos y a mirarse muy cerca y a parecer dos completos idiotas que se rozan, se insinúan. Profundizaré: el romance parte de la premisa de no dar por hecho al otro, de no adelantarse a lo que va a decir, es justo eso, aunque lo sepas, dejar que el otro invente un poquito. Como si escabullirse del raciocinio entre piruetas imposibles fuese fácil, como si pudiésemos volvernos contorsionistas del pesimismo. Que pase que yo lo evito, que pase que esta noche es la mejor de mi vida. El romance es un perfume cuando se estrena, lo que distingue a tu amigo de tu amor, lo íntimo y voraz. El romance son las canciones escritas para ti, las señales del universo, las coincidencias estúpidas.
Y por eso estas semanas previas al verano son clave para el romance: o te separas para quién-sabe volver a verte en septiembre o te agarra el amor pegajoso y te lanzas a proponer un finde en la playa y prometes prepararíamos bocadillos, nos emborracharíamos en la orilla, cenaríamos en cualquier pueblito, no haríamos nada y se nos olvidaría la contraseña del gmail' Estas semanas se pulula en una fina línea entre vamos a ver qué pasa y el necesito irme yo solo para saber qué pasaría.
El partido se decide en estos días caóticos y calientes en la ciudad, un juego finito al que le quedan unas pocas noches, noches en las que los morreos callejeros pueblan las esquinas y los portales porque nadie los ve y qué más da si alguien los está mirando.
¿Será en realidad esta columna una defensa del morreo callejero?
Algo bueno de la ciudad es que entre callejuelas uno es tan anónimo como casi desea, así que uno se lanza a dar besos como en la adolescencia sin pensar que un primo segundo pasará por detrás a comentar. El beso en la calle, el morrearse, es una actividad perfecta: da la sensación de que es inevitable, que brotó y aquí nos pilló y no puedo dejar de besarte; te genera una abstracción como pocas actividades, ¿quién no se ha morreado con un camión de la basura pasando por el lado? ¿a quién le importa que un grupo de amigas chismoree al cruzarse?; y por último y no menor: es el inicio de todo, el paso habilitador, el que dice ‘nos hemos gustado’. El morreo callejero es el vertebrador del romance, su punto más visible y su existencia es inevitable independientemente de cuál sea la decisión veraniega final.
Pero el caso es que uno se morrea en junio y acaba enamorándose.
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