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La IA como muñeca hinchable
No fui capaz de imaginar que, varios años después, una mujer autoritaria me haría ver con buenos ojos la inteligencia artificial.
4 de junio 2026
No fui capaz de imaginar que, varios años después, una mujer autoritaria me haría ver con buenos ojos la inteligencia artificial.
Tras los confinamientos del COVID, y ya cuando se nos permitía salir de casa pero con pañales en la cara, procuraba usar mi mascarilla —símbolo de solidaridad y prevención pero también de sumisión— lo menos posible. Así, si iba solo en el vagón de un tren de cercanías, me la bajaba hasta la barbilla para respirar a pelo.
En uno de mis viajes en tren, una mujer que se dedicaba a recorrer todos los vagones en busca de infractores me ordenó ponerme la mascarilla. Puesto que carecía de autoridad, le dije que avisara a la policía.
Tras un momento de furia, salió airada del vagón solitario para regresar a los pocos minutos escoltada por dos seguratas que me indicaron que si no me subía la mascarilla tendría que apearme en la siguiente estación: como no era la mía, accedí cobarde y práctico ante la mirada de aquella mujer, cuyos ojos brillaban de felicidad. Ella había dado una orden a un desconocido —yo— y ese desconocido había obedecido.
Existen personas con el imperativo siempre en los labios a las que dar órdenes les produce un enorme placer. Ese placer se llama poder: el poder de decirle a alguien que haga algo y que éste obedezca. Por contraposición, están los sumisos: el grupo de los que necesitan que alguien les diga lo que tienen que hacer Así, entre unos y otros forman una sociedad armoniosa que sólo se ve interrumpida por la molesta existencia de un tercer grupo, el de quienes no gustan de dar órdenes ni de recibirlas: gente que sólo quiere que la dejen en paz.
Para los primeros, para los autoritarios, el funcionamiento de la inteligencia artificial debe ser, en líneas generales, bastante satisfactorio. Uno no para de usar el imperativo, de dar órdenes, de decirle a Claude o a ChatGPT o a Grok que haga y deshaga, que busque y que opine, que obedezca.
Se habla mucho de los peligros de la inteligencia artificial —hasta el mismísimo Papa ha expresado sus preocupaciones al respecto— pero tampoco está de más saber si podría haber alguna ventaja, alguna aportación valiosa a la sociedad aparte de las cualidades inherentes a su condición de herramienta.
Sí, el uso de la inteligencia artificial supone delegar parte de la actividad intelectual, del razonamiento. También requiere su uso una capacidad para discernir, un espíritu crítico ante la información que nos presenta que no suele ser fácil ni común. Sin embargo, a cambio promete ahorrar tiempo y tal vez dinero. Eficiencia. Pero es que también podría ser un elemento de concordia para que los que gustan de dar órdenes sean menos exigentes con quienes detestan recibirlas.
La inteligencia artificial como muñeca hinchable de los mandones, quienes descargarían sus ansias de poder sobre un siervo simulado y así, tal vez, se quedarían más tranquilos y relajarían su pulsión siempre palpitante de decirle al prójimo lo que debe hacer.
Y sin embargo, del mismo modo que la muñeca hinchable fue supuestamente un invento de los nazis para que sus soldados no se distrajeran con venéreas de burdel y violaciones a mujeres de tierra conquistada para así poder ocuparse con mayor eficiencia, a lo mejor la IA como muñeca hinchable no es más que una pequeña victoria en el marco de una guerra siniestra. Pero la verdad es otra: no parece que ese sea el origen de las muñecas hinchables y por tanto hay que descartar esta asociación entre nazis, inteligencia artificial y alivio sexual.
Lo que no puedo parar de preguntarme es si la mujer del cercanías me habría increpado de haberse pasado el día dándole órdenes a Claude. Quién sabe si los tiranos de oficina estarán más tranquilos ahora que pueden colmar sus fantasías dictatoriales con un esclavo digital. Porno para déspotas: quizás sirva para algo más que para dejarnos sin trabajo.
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