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Qué fue de los revolucionarios
Historia de Mayta está entre lo mejor que jamás escribió el Nobel peruano.
28 de mayo 2026
Historia de Mayta está entre lo mejor que jamás escribió el Nobel peruano.
Con Mario Vargas Llosa aprendimos que al abandonar la izquierda uno no solo se convierte en mala persona, sino que además puede dejar de ser un buen escritor. Es un lugar común juzgar que lo mejor de su obra —con algunas excepciones como La guerra del fin del mundo o La fiesta del chivo— lo produjo antes de pasarse a la derecha política, cuando publicó una serie de novelas que no solo estaban temática y formalmente a la altura de sus altas ambiciones, sino que además eran impropias de un autor tan joven. Sin embargo, ese cambio de perspectiva —las nuevas gafas a través de las cuales vería el mundo al abrazar el credo liberal— trastocaría su capacidad para analizar la realidad, plasmándola en sus novelas de forma menos satisfactoria.
Por ello, es natural que una novela como Historia de Mayta pase más o menos desapercibida entre su catálogo, ya que es la novela en la que más se ensaña con el marxismo y los proyectos revolucionarios de izquierdas. No es difícil imaginar la antipatía con la que los círculos literarios de entonces recibirían una obra dedicada a desmontar el mito de la revolución al que tanto cariño tenían —y todavía tienen— muchos intelectuales. Sin embargo, un comentario elogioso de Jeremías Gamboa en una reciente entrevista —en la que afirmaba con rotundidad que Historia de Mayta era una de las cuatro o cinco obras maestras de Vargas Llosa— y el descubrimiento de que era una de las favoritas de Bolaño, me animaron a darle una oportunidad a la novela, y no puedo estar más de acuerdo con Gamboa y Bolaño: Historia de Mayta está entre lo mejor que jamás escribió el Nobel peruano.
El propio Vargas Llosa se refería a esta novela como la obra «de mayor complejidad técnica que había escrito (...) la más refinada y audaz», y tal vez sea cierto: es deslumbrante desde la primera hasta la última página. En ella, Vargas Llosa lleva al límite la técnica narrativa de los vasos comunicantes para una historia que transcurre como una novela en marcha que parece escrita por un Carrère antes de Carrère, en pleno boom hispanoamericano. Historia de Mayta nos cuenta, obvio, la historia de Mayta, un trotskista peruano de poca monta que en los años cincuenta protagonizó una intentona revolucionaria en una ciudad andina —Jauja— y cuyas peripecias intentará reconstruir un trasunto de Vargas Llosa entrevistándose con los distintos personajes relacionados con los eventos.
Así, la novela va saltando entre la época del Mayta revolucionario y la de la redacción de la misma —comienzos de los años ochenta—, dibujando en esta segunda línea temporal un Perú ucrónico en el que la revolución ha arraigado y el país se encuentra al borde de un cambio de régimen. Nos encontramos ante dos escenarios verdaderamente cochambrosos: por un lado el de la miseria rampante de los años cincuenta, en el que nuestro protagonista Mayta se conmoverá hasta el punto de prestarse a dar su vida por un cambio de régimen, y por otro el del imaginario Perú prerrevolucionario de extrema violencia, con el ejército patrullando las calles y las milicias de socialistas barbudos a las puertas de Lima usados como peones de los intereses geopolíticos de soviéticos y estadounidenses. Toda una maraña de eventos, personajes y tiempos en la que los cambios de lugar, narrador y época podrían haber dado forma a un texto confuso e impenetrable pero que gracias al oficio del autor transcurre de forma fluida y trepidante.
He escuchado en más de una ocasión que Vargas Llosa escribía como el primero de la clase, que carecía del genio literario de otros coetáneos suyos pero que lo compensaba a base de tesón. Esta obra encaja perfectamente con la descripción: formalmente perfecta, temáticamente apasionante, un ejemplo de lo más alto que se puede llegar a base de trabajo duro. Es verdad que no descubre nada: los recursos que emplea ya habían sido empleados por otros de forma mucho más ambiciosa y creativa —pienso en el Carlos Fuentes de Terra nostra—, pero lo que hace aquí es ofrecer un texto pulido como un diamante sobre el fanatismo y los problemas de la revolución.
Resulta comprensible el rechazo que sufrió inicialmente la Historia de Mayta, en la que los paralelismos entre el religioso intransigente y el trotskista convencido son evidentes, la envidia se revela como motor esencial del izquierdista y hasta se asocia el deseo de revolución del protagonista con su homosexualidad —algo que no pocos revolucionarios de antaño, bien machos, no podían tolerar al considerarlo una desviación propia de burgueses afeminados—. Sin embargo, no me extrañaría ver que con el tiempo esta novela se gane un hueco entre La ciudad y los perros o Conversación en la catedral. Tras el revuelo político, queda una obra de factura impecable con valiosas reflexiones sobre las formas y justificaciones de hacer justicia mediante el ejercicio de la violencia y la admiración que pese a todo suscita la integridad y el valor aquellos hombres que, equivocados o no, deciden echarse al monte a pelear por lo que consideran justo. Más allá del cutrerío de la intentona revolucionaria de Mayta —que culmina con una frenética persecución andina en la que los revolucionarios corren por su vida mientras son rodeados por las autoridades—, queda el sorprendente capítulo final, en el que se rompe la lógica de la novela para descubrirnos de forma inesperada el destino de Mayta, cuya humildad y coherencia resultan absolutamente conmovedoras.
Uno se pregunta qué fue de esos revolucionarios violentos, fanáticos, infantiles e insensatos pero a pesar de todo imbuidos de una determinación capaz de inspirar respeto hasta en sus más recalcitrantes detractores. ¿Verá la historia con los mismos ojos las travesías mediterráneas de las flotillas por Gaza o los alucinantes levantamientos de Bolivia? ¿Por qué tenemos la sensación de que no son comparables, como si algo se hubiera perdido por el camino?
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