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Vender la moto
Tener una en Estonia, eso es optimismo.
2 de julio 2026
Las hélices del avión se detienen. He aterrizado en el aeropuerto de Tallin por un viaje de trabajo y me pregunto de dónde voy a sacar tiempo para escribir el texto que le he prometido a Fer. Me ha enviado algunos temas sobre los que podría hablar —temas de actualidad, temas incendiarios—, pero pasaré los próximos días rodeado de compañeros de trabajo, compartiendo habitaciones de hotel y actividades con ellos, y no sé si sacaré tiempo para sentarme a escribir.
El avión, un pequeño ATR72 que nos ha llevado desde Helsinki, ha cruzado en veinte minutos el golfo de Finlandia —un charco constelado de pequeñas islas como sarpullidos en la mar— y me he preguntado cuántos barcos rusos lo surcarán, si habrá una base militar en las inmediaciones de San Petersburgo monitorizando mi vuelo y todo el tráfico de la región.
Mirando el azul báltico desde la ventanilla intento pensar en el lapsus de Pedro Sánchez cuando dijo el otro día que Extremadura era una de las regiones con menos inmigración para acto seguido decir que es de las más seguras y con la vivienda más asequible. Un asesor despedido. Tal vez un corte de vídeo capcioso, hecho a mala idea, es todo lo que nos ha llegado del discurso del Presidente, junto con otro corte en el que habla de lo mucho que bajaría el PIB de no haber recibido la ola de migrantes que hemos recibido en los últimos años.
La socialdemocracia como forma de inflar los datos económicos a golpe de carne humana. La solidaridad era esto: te damos un visado para que maquilles el producto interior bruto. ¿Se referirá al PIB per cápita? No parece, y no estoy para analizar esas pequeñeces porque tengo que pensar en sacar mi equipaje del compartimento —cuidado: puede haberse desplazado durante el vuelo— y tomar un autobús que me lleve al hotel.
En el autobús pienso en otro tema que me ha pasado Fer: el exceso de muertes durante la ola de calor. Han subido mucho las temperaturas y cada vez que el clima oscila de forma notoria el fantasma del cambio climático recorre Europa. Los bots de la nueva derecha y quién sabe qué otros actores oscuros empujan a mi feed de Twitter que las autoridades de la UE y de UK afean a los ciudadanos que usan el aire acondicionado e incluso les imponen sanciones. Será verdad. Cadáveres apilados a los pies de la pirámide climática. Unos yayos que mueren sofocados son poca cosa si a cambio se salva el mundo. Pero desde el avión el mundo se veía demasiado grande como para pensar que los humanos seríamos capaces de destrozarlo emitiendo gases.
La teoría de que el clima es capaz de cambiar con nuestra actividad es en el fondo un canto optimista, una fe inquebrantable en las capacidades del ser humano para doblegar la naturaleza. Ojalá tuviésemos tanto poder sobre los planetas y las estrellas.
Llego al hotel, dejo la maleta y paseo por la zona portuaria de Tallin, donde las fábricas han sido reconvertidas en restaurantes, no hay un solo papel tirado por la calle y las aceras huelen a nuevo: paseos agradables llenos de gente joven y rubia, bicicletas. Tallin debe doler mucho a los rusos. Pasa un anciano bien vestido y me pregunto qué habrán visto sus ojos: cómo era esto hace cincuenta años y cómo lo siente ahora.
Pasa una moto a todo gas: un chaval de veinte años con sudadera negra en una Kawasaki Ninja. Tener una moto en Estonia, eso es optimismo. Cuántos días al año podrá usarla. Pienso en mi moto, que he dejado en Madrid y me doy cuenta de que este último año apenas he pensado en otra cosa: sacarme el carnet, vender la moto de 125 y comprar una más potente, planear viajes. Cada vez menos atento a las declaraciones del presidente o a las emergencias climáticas. La cabeza llena de nada: el ruido del viento colándose por el casco mientras tomo una curva en el puerto de Galapagar. Eso ha sido lo más importante para mí durante los últimos meses.
Regreso al hotel, duermo. Por la mañana despierto pronto y bajo a desayunar. Bebo rápido el café infame y cuando subo a la habitación mi compañero ya no está. Al fin tengo la habitación sola. Al fin puedo juntar unas pocas palabras.
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