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Eduardo Ruiz Sosa: El paisaje es un grito
«La literatura no te saca del mundo, te devuelve a él de una manera más profunda»
25 de mayo 2026
«La literatura no te saca del mundo, te devuelve a él de una manera más profunda»
Eduardo Ruiz Sosa se plantó en Oviedo con la segunda edición de El paisaje es un grito (Ed. Candaya) debajo del brazo. Sorprendido y agradecido por la acogida que está teniendo una novela tan exigente y fragmentaria, llenó la librería KAFKA & CO en su presentación al público asturiano.
Un rato antes, sentados al sol en una terraza del centro de la ciudad, el escritor mexicano habló sobre migración, memoria, violencia y literatura; sobre los lugares que habitamos y los que seguimos cargando dentro incluso cuando ya no existen. También sobre esa sensación de vivir permanentemente en tránsito que atraviesa su novela.
‘El paisaje es un grito’ es una novela compleja, fragmentaria y muy exigente para el lector, pero está teniendo una acogida enorme. ¿Le sorprendió esa reacción?
Había gente esperando el libro, eso lo intuíamos, pero nos sorprendió muchísimo que en apenas quince días se agotara la primera edición. Ya estamos con la segunda y sigue moviéndose muy bien. La respuesta en librerías, en prensa y en las presentaciones ha sido muy emocionante. Uno escribe siempre un poco a ciegas, así que encontrar lectores ahí, acompañando algo tan intenso, es una fortuna enorme.
¿Qué necesidad personal le llevó a escribirla?
Yo tenía otros planes de escritura, muy organizados, pero esta historia se atravesó. La migración, la distancia con México, la violencia en Sinaloa, los años viviendo aquí sin papeles; todo eso me fue torciendo el camino. No quería escribir autoficción ni un libro confesional, pero sí necesitaba escribir desde esa intensidad emocional.
El mapa que acompaña al libro se ha convertido casi en un objeto de culto entre los lectores. ¿Cómo nació?
Yo escribo mucho a mano, lleno cuadernos, paredes, pizarras. Tenía un mapa enorme de esa región minera del norte de Sinaloa colgado en casa y ahí iba anotando personajes, símbolos, conexiones, frases sueltas. Cuando terminé la novela hice una versión más limpia como regalo para Olga, la editora de Candaya. Luego empezamos a regalar algunas copias y la gente comenzó a pedirlo muchísimo. Al final terminó entrando en la segunda edición. Para mí es casi el subconsciente del libro.
Aunque no sea autoficción, hay mucho de experiencia personal.
Es inevitable que la experiencia propia se filtre. Llevo muchos años viviendo fuera de México, hace ocho años que no vuelvo, y todo eso afecta la manera en que uno piensa el desarraigo, la memoria o la violencia. No quería contar mi vida, pero sí escribir desde ciertas heridas y ciertas preguntas que me atraviesan.
Los personajes cruzan fronteras constantemente, pero las fronteras también parecen atravesarlos a ellos.
Me interesaba pensar cómo el desplazamiento transforma a las personas. Uno cree que vuelve al origen, pero ni el origen sigue siendo el mismo ni uno vuelve igual. El viaje modifica la relación con el mundo y también con uno mismo.
En el libro aparece una idea muy dura, que es la de terminar siendo extranjero incluso en tu propia lengua, en tu hogar.
Creo que irse durante mucho tiempo implica eso. El origen cambia mientras tú no estás y tú también cambias lejos de él. Entonces ya no existe un regreso completo. Nunca vuelves exactamente al sitio del que saliste.
Usted escribe que “todos los lugares existen dos o tres veces”. ¿La memoria cambia más un lugar que la propia historia?
Sí, porque los lugares nunca son una sola cosa. Igual que las personas, tienen capas, tiempos distintos, memorias distintas. Habitamos un espacio de una manera a los veinte años y de otra completamente distinta diez años después. Los lugares también se transforman dentro de nosotros.
Los lugares cambian de nombre y parecen reinventarse constantemente. ¿Nombrar un sitio también es una forma de transformarlo?
Los lugares se reinventan continuamente porque las personas los reinterpretan todo el tiempo. En la novela las ruinas sirven incluso para imaginar futuros. Alguien mira una ruina y decide empezar ahí una nueva vida. Nombrar también es imaginar.
¿Uno deja de pertenecer a algún sitio cuando migra?
Hay una fractura muy fuerte, uno deja de pertenecer del todo a un lugar, pero tampoco pertenece completamente al nuevo. Por eso en la novela aparece mucho la idea de que las personas terminan convirtiéndose en refugio unas para otras.
La muerte parece más una presencia que una ausencia. ¿Por qué le interesaba trabajarla así?
Los muertos siguen hablándonos. Yo todavía escucho la voz de mi madre o de mis abuelas cuando pienso en ellas. Escuchamos música de gente que murió, leemos libros de personas que ya no están. La muerte nunca desaparece del todo.
Los fantasmas no vienen sólo del pasado, también del futuro. ¿Dan más miedo esos fantasmas que todavía no han llegado?
Vivimos un momento político muy oscuro, con guerras, extremas derechas, racismo, violencia; y todo eso funciona como un fantasma que viene hacia nosotros desde el futuro. Algo que todavía no termina de ocurrir, pero que sentimos acercarse.
¿Por qué le interesaba tanto la idea de que los recuerdos pertenecen también a otros cuerpos?
La memoria nunca es individual. Mi recuerdo de algo siempre está incompleto y necesita la memoria de los otros, nuestras vidas ocurren también dentro de otras personas. La memoria no es un monólogo, es algo coral.
El territorio tiene muchísimo peso. ¿Cuándo decidió que debía funcionar casi como un personaje?
Quería escribir sobre los espacios y sobre cómo nos transforman. La frontera, la mina, los túneles o las casas no son escenarios pasivos; afectan a los personajes y condicionan su forma de vivir y de mirar el mundo.
El texto está muy fragmentado y cada capítulo parece distinto al anterior. ¿Lo tuvo claro desde el principio?
No. Hubo momentos en los que pensé que la novela iba a convertirse en algo gigantesco, casi imposible. La estructura fragmentaria apareció más al final, cuando entendí que cada capítulo necesitaba una respiración distinta. Quería que el lector sintiera que entraba cada vez en un paisaje diferente.
¿Cree que el discurso político extremista sobre migración está deshumanizando a quienes migran?
Completamente. Hay mucho racismo, mucha xenofobia y mucho miedo alimentado políticamente. Se olvida algo tan básico como que todos hemos sido migrantes en algún momento. Buscar refugio debería ser una de las cosas más humanas del mundo.
Frente a toda esa violencia, la amistad y el cuidado parecen fundamentales en su relato. ¿Es eso lo único que queda cuando todo se derrumba?
Mis personajes sobreviven porque permanecen juntos. Nunca me han interesado los personajes completamente solitarios. La comunidad, el cuidado mutuo y la fraternidad son lo único que permite resistir cuando todo alrededor empieza a romperse.
Aunque la historia ocurre en México y la frontera norteamericana, la novela dialoga mucho con el mundo actual. ¿Era algo buscado?
La precariedad migratoria, la explotación laboral o el rechazo al extranjero están ocurriendo en muchísimos lugares, también aquí. El libro habla de México, pero también habla de un problema global.
Cada capítulo filtra una sensación constante de ruina.
Me interesaba pensar la ruina no como destrucción y punto de partida. Muchas veces el futuro nace precisamente de aquello que se derrumbó. Vivimos intentando reconstruirnos todo el tiempo.
¿La cultura mexicana ha tenido que pelear demasiado tiempo contra cierta fascinación estética por el narco?
Sí, aunque creo que eso ha cambiado mucho. La violencia se volvió tan brutal y tan cotidiana que esa estética perdió parte de su atractivo. Ahora el narcotráfico se percibe más claramente como explotación, devastación y muerte.
Sus personajes están siempre moviéndose, pero casi nunca llegando a ningún sitio. ¿Vivimos en una época de tránsito permanente?
Mucha gente vive buscando una promesa de futuro que nunca termina de llegar. El sueño migratorio muchas veces acaba convirtiéndose en otra forma de precariedad.
Después de un trabajo tan intenso, ¿está ya escribiendo algo nuevo?
Soy un escritor lento, pero a los pocos días de terminar ya estaba imaginando otra historia. Necesito tiempo para desarrollarla, pero las ideas ya están ahí, moviéndose.
¿Disfruta más leyendo o escribiendo?
Disfruto más investigando. Leer, tomar notas, descubrir cosas nuevas, conectar ideas. Todo ese proceso de aprendizaje es lo que más me interesa de la escritura.
¿La mejor forma de entender algo sigue siendo escribir sobre ello?
Incluso aunque el libro nunca llegue a existir, el proceso de investigación ya transforma tu manera de mirar el mundo. Escribir también es una forma de pensar.
¿Se puede vivir sin literatura?
No. Más allá de ganarse la vida escribiendo o no, la literatura nos permite entender a los otros y entendernos mejor a nosotros mismos. La literatura no te saca del mundo, te devuelve a él de una manera más profunda.
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