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Juan Cruz: «No hay entrevista sin curiosidad»
«María Zambrano fue siempre María y Zambrano al mismo tiempo, una exiliada que jamás dejó España del todo»
27 de mayo 2026
Con ‘Inolvidables. La pasión de entrevistar’, el periodista y escritor Juan Cruz Ruiz revisita medio siglo de conversaciones con algunas de las figuras esenciales de la literatura y la cultura: de Gabriel García Márquez a Mario Vargas Llosa, de Doris Lessing a Javier Marías. Pero el libro es a la vez el mapa sentimental del niño asmático del Puerto de la Cruz que aprendió a leer entre la radio y las historias de su madre y convirtió la curiosidad en su oficio. A sus 80 años, Juan Cruz sigue hablando de las entrevistas como quien habla de una forma de estar en el mundo. Escuchar, mirar, esperar, preguntar.
En ‘Inolvidables’, además de recopilar algunas de sus mejores entrevistas, hay también un mapa sentimental de su vida. ¿Puede leerse incluso como un manual para aprender a entrevistar?
No me siento un gran periodista, ni mucho menos. Soy alguien que pregunta porque necesita saber, porque quiere terminar de entender algo. El oficio consiste en escuchar y volver a preguntar. Una entrevista es siempre el resultado de un encuentro. Si el libro sirve para algo, quizá sea porque muestra que no hay entrevista sin curiosidad auténtica. Yo sigo siendo, como digo muchas veces: “un periodista joven de mucha edad”.
Su madre aparece constantemente en el origen de todo: la curiosidad, los periódicos, las preguntas. Una figura decisiva en su vida.
Si no hubiera tenido la madre que tuve, quizá habría sido durante mucho tiempo un niño analfabeto. Era de las pocas personas del barrio que sabía leer y escribir. Como yo era asmático, me tenía mucho en casa y me contaba historias. Aprendí de ella y de la radio casi al mismo tiempo a leer y escribir, hacia los diez años. Mi madre me enseñó el lenguaje y a distinguir qué merecía atención, dónde estaba lo importante.
Suele fijarse mucho en la infancia de los escritores. ¿Ahí empieza realmente toda literatura?
La infancia es el tiempo más interesante, porque es el tiempo de las preguntas. De niño me mandaban a comprar pan y yo me detenía a escuchar conversaciones ajenas. Una vez un hombre me dijo: “Niño, no se escuchan las conversaciones de los mayores”. Y entonces descubrí algo tan importante como que los mayores dicen tonterías. La infancia es el lugar donde nacen la curiosidad, el asombro y, también, las heridas. De ahí sale mucho de lo que uno escribe.
¿Sin curiosidad no existe el periodismo?
La curiosidad es el camino hacia la información. Si no eres curioso, eres una persona descuidada. El periodista tiene que sentir siempre que hay algo más que todavía no sabe.
Ha entrevistado a escritores gigantescos, pero en sus textos casi nunca pesa el mito.
¿Cómo se desmonta una leyenda para encontrar a la persona?
Sentado frente a ti tienes siempre a la persona. Los ídolos existen antes o después, no durante la conversación. Lo primero que hago cuando me encuentro con alguien es preguntarme quién es por dentro y quién fue antes. Intento escuchar sin interrumpir el clima de la conversación.
¿Es peligroso conocer a nuestros ídolos?
Cuando los tienes delante dejan de ser ídolos, son seres humanos contándote algo de su vida; y tu obligación es prestar atención.
Susan Sontag le resultó dificilísima; Marsé, entrañable; Semprún, fascinante. ¿Quién le ha dejado más huella?
Quizá María Zambrano. Fue siempre María y Zambrano al mismo tiempo, una exiliada que jamás dejó España del todo. Me impresionó su capacidad de atención y de pensamiento. La entrevista fue casi un encuentro consigo misma. Y recuerdo muchísimo a Semprún, su conversación tenía el peso de alguien que intuía el final y hablaba desde el dolor y la memoria.
¿El talento suele venir acompañado de narcisismo?
El narcisismo está en todos nosotros. En mi caso, muchas veces convive con la inseguridad. He cometido muchísimos errores, muchos por no saber preguntar o preguntar mal. Soy una persona falible y lo sé.
En sus entrevistas hay mucha escucha y muy poca exhibición del periodista. ¿Se ha perdido esa forma de conversar?
El periodismo actual ha generado demasiado rumor, y el rumor es peligrosísimo. “Me dijeron” es una de las peores fórmulas del oficio. A veces parece que se escucha menos y se opina más. Para entrevistar hay que estar pendiente del otro, no de uno mismo.
Frente a la velocidad de hoy, ‘Inolvidables’ reivindica otro ritmo. ¿Todavía puede hacerse periodismo cultural con tiempo y profundidad?
Nunca es tarde para el periodismo. Leo hoy textos de hace décadas y siguen hablando del presente porque estaban bien contados. Cuando alguien sabe narrar el instante, el instante permanece.
Muchas entrevistas del libro siguen pareciendo actuales décadas después.
Las preocupaciones humanas cambian menos de lo que creemos. Hace poco releía lo que me decía Gabriel García Márquez sobre Cuba en los años ochenta y encontré un eco evidente del presente. Cambian los matices, no siempre las heridas.
Algunos de los mejores momentos nacen de detalles mínimos. ¿Todo es importante al entrevistar?
Una entrevista debe avanzar desde lo que acabas de escuchar. Si ignoras lo que el otro acaba de decir y cambias de dirección sin motivo, ya no estás entrevistando, estás imponiendo tu discurso.
¿Dónde está el equilibrio entre la cercanía y la honestidad periodística?
En escuchar sin dejar de preguntar lo necesario. El periodista necesita curiosidad, pasión, entrega y honestidad para no acomodarse. Hay que estar cerca sin dejar de ser periodista.
¿Qué tiene que tener una gran entrevista?
Curiosidad genuina, escucha, paciencia y una pregunta que nazca de la anterior. Una entrevista no es un interrogatorio ni una exhibición del entrevistador, es una conversación atenta.
¿Y los atributos de un buen entrevistador?
Humildad, atención, capacidad para desaparecer sin ausentarse. El entrevistador debe estar ahí, muy presente, pero sin ocupar el centro.
Fue editor y acompañó a muchos escritores desde dentro. ¿Se entiende mejor a un escritor editándolo o entrevistándolo?
Son lugares distintos. Cuando entrevisto, soy sólo entrevistador. Aunque haya sido editor de alguien, intento olvidar ese papel y estar completamente al servicio de la conversación.
Hay personajes que estaban olvidados y vuelven aquí a la actualidad.
Ese era uno de los impulsos del libro: recordar. Ahí están Miguel Delibes, Günter Grass, Emilio Lledó, Orhan Pamuk, Javier Marías, Octavio Paz o Doris Lessing. Muchos podrían ser víctimas del olvido, e ‘Inolvidables’ quiere traerlos otra vez a la conversación pública.
“He trabajado el periodismo como si no me fuera a morir”. ¿El trabajo ha sido una forma de vencer al tiempo?
El periodismo ha sido mi forma de estar en el mundo, de seguir preguntando.
Después de toda una vida escuchando, ¿ha descubierto algo del ser humano?
Que cada persona es distinta. Cada una responde desde un lugar diferente y uno tiene que estar muy pendiente de cuándo está realmente presente y cuándo se ha ido mentalmente de la conversación, y el entrevistador tiene que saber traerla de vuelta.
¿Cuál ha sido su mejor entrevista?
Suelo decir la de Jorge Semprún, porque refleja el dolor de alguien que sabe que el tiempo se acorta. La cercanía de la muerte, a veces, abre una forma de verdad.
¿La peor?
Las difíciles forman parte del aprendizaje. He entrevistado a personas muy complejas y con el tiempo entiendes que incluso una mala entrevista te enseña algo.
¿Le queda algo o a alguien por preguntar?
Me habría gustado entrevistar a Juan Cueto. Fue una de las personas más importantes de mi vida. Lo siento como uno de mis inolvidables.
Después de tantas conversaciones memorables, ¿qué le sigue emocionando todavía al sentarse frente a alguien?
Estar cara a cara y que me escuche preguntar. Esa posibilidad sigue emocionándome.
¿Dónde termina el periodismo y empieza la literatura?
La literatura empieza con el dolor. El periodista no debe exhibirlo durante la entrevista, el escritor sí puede escribir desde él.
¿Siente nostalgia al releer hoy conversaciones con tantos genios que ya no están?
No me releo demasiado, pero sí siento nostalgia de muchas cosas.
¿Qué se pregunta Juan Cruz a sí mismo?
“¿Y mañana?”. Siempre mañana. Porque el periodismo, en el fondo, consiste en seguir preguntando.
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