Cómo no escribir una novela
Me asomé al bar que estaba junto al restaurante donde nos habíamos citado y vi una camiseta de Oyarzábal cuidadosamente planchada y enmarcada en la pared.
23 de abril 2026
Me asomé al bar que estaba junto al restaurante donde nos habíamos citado y vi una camiseta de Oyarzábal cuidadosamente planchada y enmarcada en la pared.
Hay textos que se escriben de forma sistemática, previa planificación, delineándolos con precisión; hay textos que, sin embargo, se escapan de las yemas de los dedos sin saber muy bien de dónde vienen. El que ha escrito lo sabe: se entrega al trance de rasgar la pluma o de repicar las teclas y no sabe muy bien el origen de algunas cosas. Por más que uno planifique, si se deja llevar llega un momento en el que no es capaz de entender quién está escribiendo, quién está hablando, a quién pertenece esa voz.
Yo mismo no sabía muy bien qué escribir cuando me senté a teclear estas palabras, y aquí estoy, pariendo cada frase con dificultad a la espera de que la siguiente pueda darle forma a todo esto. No sé si lo conseguiré. Mientras tanto, reflexiono sobre el extraño título que le he puesto a este texto y que ha salido, también, de la nada: Cómo no escribir una novela. A lo mejor como no se escribe es planificando, tomando notas, no dejando nada al azar. A lo mejor simplemente hay que sentarse a teclear y toda preparación es, al final, accesoria. A lo mejor los textos ya están escritos y nos limitamos a pescarlos de no se sabe qué pozo oscuro.
Y si paramos de escribir, entonces nos bloqueamos y ya no sale nada. Como si dejáramos de tirar la caña. Como si nos quedáramos sin cebo. Pero de dónde viene ese cebo. No lo sé. Pero esta necesidad de seguir pescando es como la atracción hacia el vacío. Un magnetismo ridículo.
Anoche, mientras esperaba a alguien para cenar, me asomé al bar que estaba junto al restaurante donde nos habíamos citado y vi una camiseta de Oyarzábal cuidadosamente planchada y enmarcada en la pared. La camiseta ni siquiera estaba firmada, como suele suceder en estos casos. Entonces me vino una sinestesia que no sabría explicar. Recordé los cromos de la liga que alguna vez coleccioné de niño y me vino a la vez una especie de sabor u olor de infancia que era las dos cosas a la vez y ninguna: la sensación de tener un cromo, de abrir un sobre de cromos, de poseer un álbum de Panini, de oler sus páginas. A la vez me llegó el crujido de la arena del recreo bajo los zapatos, mi profesora de infantil repartiendo cromos entre los niños, el tacto de la plantilla que usábamos para perforar hojas con el punzón. Cómo se llama cuando recuerdas dos o tres sentidos a la vez. Lo más parecido es el olor, pero no es exactamente —no es solamente— un olor.
He escrito este último párrafo, que nada tiene que ver con lo anterior, porque no quería parar de escribir y es lo primero que me ha venido a la cabeza para no parar de escribir, porque si paro de escribir entonces este texto sin pies ni cabeza no va a terminarse: lo leeré inconcluso, decidiré que es descabellado y lo borraré o lo guardaré en una carpeta en mi disco duro y me olvidaré de él hasta que pasen ocho años. Tengo el disco duro lleno de esos documentos de Word con menos de mil palabras en los que desarrollo la primera idea que me viene para luego abandonarla.
A lo mejor está bien así. Algunas ideas no tienen mucho recorrido, pero otras quizás merezcan una segunda oportunidad. No sé si es así como se escribe una novela, porque nunca lo he hecho de esa manera. Siempre con la planificación, dando forma a la idea durante años, tomando notas. Pero luego a la hora de ponerme a escribir tengo que lanzarme un poco así, a lo loco, y hablar de sinestesias y de cromos y de peces. No echar la vista atrás para organizar los párrafos. No editar hasta que tenga un cuerpo robusto de texto, un pequeño bosque de palabras que esculpir. Porque si rompo el ritmo, lo rompo todo.
Y entonces me detengo, como me está pasando ahora, y se desaceleran las palabras que brotan de mis manos, y el tableteo del teclado es cada vez más espaciado, y el texto se acaba.
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